Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 2: El origen de la oscuridad
Sabina lo miró largamente. La luz de la tarde le daba de lleno en el rostro, y por un instante se sintió desnuda, como si esas paredes que había construido con tanto cuidado se hubieran vuelto de cristal.
—¿Y qué espera encontrar? —preguntó en voz baja.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—La verdad. De una vez por todas. Porque aquí hay algo que no encaja, señora Montenegro. Usted llegó a este pueblo siendo nadie, con un niño de siete años al que llama hermano, se casó con un hombre treinta años mayor tres días antes de que él muriera en un viaje, y ahora vive aquí sola, defendiendo una fortuna con uñas y dientes. Eso no es normal. Eso es sospechoso. Y yo necesito saber si estoy peleando del lado correcto o si, sin saberlo, estoy defendiendo a una… —
Se detuvo. No dijo la palabra. No hizo falta.
Sabina se puso de pie con una dignidad que le dolía en los huesos.
—Si ha terminado de insultarme en mi propia casa, señor Montenegro, puede retirarse. El camino es largo y la noche se acerca.
Él no se movió. Al contrario, se recostó en el sillón y cruzó una pierna sobre la otra.
—No me voy. He alquilado una habitación en la posada del pueblo. Me quedaré el tiempo que sea necesario.
Ella lo miró con odio. Con un odio puro, cristalino, que era la única emoción que podía permitirse frente a él. Pero debajo, muy adentro, algo más se movía. Algo que ella no estaba dispuesta a reconocer.
—Haga lo que quiera —dijo, y salió de la biblioteca sin mirar atrás.
Subió las escaleras a toda prisa y entró a la habitación de Abel.
ABEL ROCA
El niño estaba sentado en la cama, con un libro de cuentos abierto sobre las piernas, pero sus ojos no leían. La esperaban.
—¿Quién era? —preguntó.
—Nadie —respondió Sabina, sentándose a su lado y abrazándolo con una fuerza que a él le resultó extraña—. Solo otro buitre.
Pero mientras acariciaba el cabello oscuro de Abel, idéntico al suyo, idéntico al de su padre… ese padre… supo que Ernesto Montenegro no era un buitre cualquiera. Era el más peligroso de todos: el que no venía a pedir dinero, sino verdades.
Y ella cargaba con una verdad capaz de matar.
Sabina Montenegro no podía dormir. Desde la habitación contigua llegaba la respiración pausada de Abel, ese sonido suave que normalmente la calmaba, pero esa noche las imágenes regresaban como un látigo.
La visita de Ernesto Montenegro había removido algo que ella creía enterrado para siempre: su propio origen.
Cerró los ojos y el pasado la devoró.
Ocho años atrás. Pueblo de Santa María.
A los doce años, Sabina Roca era una criatura hermosa de una manera casi incómoda. Sus ojos celestes —herederos de su padre, Anselmo Roca— parecían mirar más allá de lo visible, y su cabello oscuro, largo y rizado, caía sobre sus hombros como una maldición.
En el pueblo decían que sería la mujer más bella de la comarca, y lo decían con envidia, porque la belleza en una familia pobre era una condena.
Sus hermanos mayores no tenían esos ojos. Isidro, el varón, había heredado el marrón terroso de su madre, Dominga. Mercedes, la hermana mayor, ya casada y fuera de casa, tenía la mirada opaca de quien nunca aspiró a nada.
Solo Sabina cargaba con ese azul imposible, el mismo que su padre presumía en su juventud antes de que los negocios se torcieran y el licor comenzara a gobernar sus días.
—Eres igualita a mí —le decía Anselmo cuando estaba borracho, acariciándole el cabello con dedos que temblaban—. Mis ojos, mi sangre. Lo más puro que tengo.
Sabina aprendió pronto a alejarse cuando él bebía. Pero no siempre podía.
La abuela materna enfermó ese invierno. Dominga viajaba cada quince días a la sierra para cuidarla, un viaje de tres días de ida y tres de vuelta.
Sabina se quedaba al cuidado de la casa junto a sus hermanos menores —Julián, de diez años, y la pequeña Clara, de ocho—, pero Isidro trabajaba en el campo desde el amanecer y regresaba rendido. Las noches eran largas y frías.
La primera vez fue una noche sin luna.
Dominga había partido esa mañana. Anselmo llegó al atardecer más borracho de lo habitual, con los ojos vidriosos y un hedor a caña fermentada que llenó toda la cocina. Sabina estaba lavando los platos cuando sintió sus manos en sus hombros.
Al principio creyó que era un gesto torpe de cariño.
—Papá, me aprietas —dijo, intentando soltarse.
Él no respondió. La giró bruscamente y la miró con una expresión que ella nunca había visto en nadie. No era amor. No era enojo. Era hambre.
—Eres tan bonita —susurró—. Mi niña bonita.
Sabina intentó correr, pero él la sujetó del brazo con una fuerza que la dejó sin aire. La arrastró hasta el cuarto de la trastienda, donde se guardaban los costales de maíz. Nadie la oyó.
Los niños pequeños ya dormían e Isidro no llegaría hasta pasada la medianoche.
Cuando terminó, ella quedó en el suelo, temblando, con las rodillas raspadas y un dolor que no sabía nombrar. Anselmo se incorporó como si nada hubiera pasado, se ajustó el cinturón y dijo:
—Si le dices algo a tu madre, te mato.
Sabina no dijo nada. No pudo. El llanto se le quedó atorado en la garganta, y esa noche aprendió que el miedo sabía a sangre y a tierra mojada.
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