✅️🔞Zane amó a Noah en silencio durante una década, protegiéndolo desde las sombras con una devoción obsesiva. Cuando el pasado regresa encarnado en Jessica, Zane decide romper todas las reglas. Entre las paredes de un estrecho monoambiente, la amistad se transforma en un deseo eléctrico que cambiará sus destinos para siempre.🔞✅️
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Eres mío, Noah Brooks
Cuando el eco de las risas de Mauro y Luke se desvaneció tras la puerta, el aire en el monoambiente cambió de inmediato. El desorden de la cena quedó en el olvido, como si perteneciera a otra dimensión. Ya no eran los hermanos de la secundaria ni los compañeros de facultad; eran simplemente dos hombres que habían esperado una década para respirar el mismo aire sin secretos.
Zane se dio la vuelta desde la barra de la cocina. Sus ojos azules, usualmente gélidos y calculadores, ahora ardían con una intensidad que hizo que Noah retrocediera un paso, hasta que sus pantorrillas chocaron contra el borde de la cama.
—Se fueron —susurró Zane. Su voz no fue un comentario, fue un trueno bajo que reverberó directamente en el pecho de Noah.
Noah tragó saliva, pero no apartó la mirada. Sintió una oleada de calor recorriéndole la piel morena, un hormigueo que nacía en la base de su nuca. Ya no había miedo a lo desconocido, solo una anticipación eléctrica que le hacía temblar las manos.
—Se fueron —repitió Noah, en un hilo de voz que era, en realidad, una invitación.
Zane no solo se acercó; invadió su espacio con la confianza de quien reclama un territorio que siempre le perteneció. Sus manos en las mejillas de Noah no eran solo un gesto, eran un anclaje.
—¿Estás seguro? —preguntó Zane, su voz apenas un roce contra los labios de Noah—. Si sigo, Noah... no habrá vuelta atrás. No voy a poder soltarte después.
Noah sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La posesividad en la voz de Zane era el combustible que su propio deseo necesitaba.
—No te atrevas a soltarme —respondió Noah, cerrando la distancia que quedaba. El beso no fue solo una exploración; fue un reclamo. Noah saboreó el café que Zane había tomado antes y el sabor metálico de la urgencia compartida.
Sus pulgares acariciaron los pómulos de Noah con una lentitud tortuosa, obligándolo a levantar el rostro. Zane recorrió con su lengua el labio inferior de Noah, saboreándolo, antes de profundizar el contacto nuevamente. Noah soltó un gemido ahogado, enredando sus dedos en el cabello negro y corto de Zane, tirando de él con la urgencia de quien finalmente encuentra agua en el desierto.
—Te amo, Noah —susurró Zane contra sus labios, su respiración mezclándose con la de él—. He soñado con este momento tantas veces que despertarme siempre me dolía.
Zane bajó sus besos hacia la mandíbula, luego al cuello, dejando rastros de un calor húmedo a su paso. Noah echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, cerrando los ojos mientras el aroma de Zane lo envolvía como una droga.
—Yo también... siempre fuiste tú —logró decir Noah entre jadeos—. Zane, por favor... no te detengas. No esta vez.
Zane lo guio hacia el centro de la cama con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su agarre. Se tomaron su tiempo, deshaciéndose de la ropa como si estuvieran quitando capas de una antigua armadura que ya no necesitaban para protegerse el uno del otro. Bajo la luz tenue de la única lámpara encendida, sus cuerpos, forjados en años de básquet, brillaban con una fina capa de sudor que hacía que sus pieles se deslizaran con una suavidad magnética.
Zane se detuvo un momento, apoyado sobre sus brazos, para mirar a Noah. La tez canela de Noah resaltaba contra las sábanas blancas, sus ojos oscuros nublados por el deseo. En ese momento, Noah lo aceptó todo: aceptó el cuidado posesivo de Zane y aceptó que, en esa habitación, él era el puerto donde Zane finalmente echaba anclas tras años a la deriva.
El aire se sentía más pesado, cargado de la electricidad de lo prohibido volviéndose real. Zane se tomó un segundo para recorrerlo nuevamente con la mirada, como si estuviera memorizando cada línea de su cuerpo bajo la luz ámbar.
—Te ves... increíble —susurró Zane, su mano bajando por el torso de Noah, delineando sus abdominales—. He pasado años imaginando este contraste. Tu piel contra la mía... es mucho mejor de lo que recordaba en mis sueños.
Noah soltó un jadeo cuando la mano de Zane rozó su cadera.
—Zane... menos hablar y más... —se interrumpió cuando los labios de Zane atraparon un pezón, succionando con una intensidad que le hizo arquear la espalda—. ¡Ah! Dios, Zane...
—Eres hermoso, Noah —dijo Zane con la voz rota—. Mírate... eres perfecto.
Zane se posicionó entre sus piernas, pero no se apresuró. Su mirada azul buscaba constantemente la de Noah, asegurándose de que cada paso fuera mutuo.
—Mírame, Noah. Quiero ver qué me haces sentir —dijo Zane mientras sus dedos comenzaban a preparar el camino. Noah escondió el rostro en el cuello de Zane, abrumado por la sensación de plenitud—. No, no te escondas. Eres tú, Noah. Soy yo. No hay nada de qué avergonzarse aquí.
—Es que... es demasiado —logró articular Noah, con la respiración entrecortada—. Me vas a romper, Zane. Estás en todas partes.
—No te voy a romper. Te voy a cuidar —prometió Zane al oído, su voz vibrando directamente en sus nervios—. Solo relájate para mí. Tranquilo, mírame... estoy aquí —le decía Zane, su voz era un bálsamo—. No te voy a soltar. Solo confía en mí, Noah. Dame todo de ti.
Cuando finalmente se unieron en uno solo, el mundo exterior dejó de existir. El ruido de la ciudad desapareció. Noah apretó los párpados, mordiéndose el labio para contener un grito que amenazaba con salir desde lo más profundo de sus pulmones. El peso de Zane sobre él era la realidad más sólida que había sentido en su vida. Zane lo sostuvo por las caderas, hundiendo su rostro en el hueco del hombro de Noah, respirando de forma errática.
—Mírame, Noah... necesito ver tus ojos —pidió Zane con una urgencia casi desesperada.
Noah abrió los ojos, empañados por el éxtasis. Vio la devoción pura, casi religiosa, en la mirada de Zane. El sonido de los fluidos, el aroma a deseo y la vista de Noah entregándose por completo hicieron que la cordura de Zane pendiera de un hilo. En ese clímax de sensaciones, Noah se aferró a los hombros, de su amante, hundiendo sus uñas en su piel mientras el ritmo se volvía una danza salvaje de necesidad y alivio. Los gemidos llenaron el cuarto, rebotando en las paredes del monoambiente que ahora era testigo de su verdad más cruda.
El colchón parecía arder. Fue una marea de sudor y jadeos, donde Noah finalmente se perdió en el placer absoluto, derramando toda la frustración y el amor acumulado durante una década, mientras Zane lo mantenía anclado a la tierra con besos profundos y manos que no lo soltaban.
—Noah... —Zane pronunció su nombre como una oración, deteniéndose—. Eres tan estrecho... tan perfecto para mí.
Noah envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Zane, queriendo más, queriendo todo.
—Muévete... por favor, Zane... no me hagas esperar más.
El ritmo que siguió fue una conversación sin palabras. Cada embestida era un "te quiero", cada roce de uñas en la espalda de Zane era un "no te vayas nunca". Zane lo sostenía con una fuerza que bordeaba la desesperación, besando sus hombros, sus mejillas húmedas de sudor, marcándolo como suyo en cada centímetro. Noah en un grito ahogado, mojó su abdomen y el Zane con su propio semen y Zane no tardó en derramarse dentro de Noah.
El silencio que siguió fue la paz de los que finalmente han llegado a casa. Se quedaron abrazados, con los corazones latiendo al unísono, las respiraciones tratando de recuperar un ritmo normal.
Zane besó la frente sudada de Noah, todavía jadeando, envolviéndolo con sus brazos como si temiera que se desvaneciera si aflojaba el agarre.
—Eres mío, Noah Brooks. Por fin.
Noah sonrió entre el cansancio y la plenitud, acomodando su cabeza en el pecho de Zane.
—Y tú eres mío, Handrix —susurró, sintiendo el peso reconfortante de Zane sobre él—. Siempre lo fuiste, aunque nos tomó mucho tiempo darnos cuenta.
Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente, ajena a que dentro de ese pequeño apartamento, dos hombres habían reescrito su destino para siempre.