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Alma De Esmeralda

Alma De Esmeralda

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Mujer poderosa
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Delenis Valdés Cabrera

"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?

NovelToon tiene autorización de Delenis Valdés Cabrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Justo cuando la tensión en la habitación roja estaba a punto de romper el último hilo de cordura de Renzo, el suelo vibró. Una explosión sorda, proveniente de los muelles de la mansión, hizo que el polvo cayera del techo de piedra. Segundos después, las alarmas de alta frecuencia empezaron a aullar, cortando el aire como cuchillas y bañando la escena con una luz estroboscópica blanca y roja.

Renzo se congeló. Su rostro pasó de la lujuria más pura a una frialdad asesina en menos de un parpadeo.

—¿En serio? —Mía soltó una carcajada ronca, todavía con las muñecas encadenadas al poste de madera y el cabello revuelto sobre su rostro sudado—. ¿Tus amigos del cartel han venido por la garantía, Cavalli ?. ¡Parece que no están conformes con el pago! O tal vez se enteraron de que tratas a tus "compras" como si fueran un juguete de exhibición.

Renzo no respondió al sarcasmo. Se dirigió a una caja de seguridad oculta tras un panel de mármol negro y sacó una Glock 17 con silenciador y varios cargadores adicionales. Su espalda, desnuda y marcada por los arañazos que Mía le había hecho en el garaje, se tensó como un arco.

—Nadie entra en mi casa sin invitación —gruñó él, revisando el arma con una destreza mecánica—. Y mucho menos para llevarse lo que me pertenece.

—¡Eh, no me dejes aquí como un jamón colgado! —gritó Mía mientras él caminaba hacia la puerta—. ¡Si me matan, vas a perder tus diez millones y te vas a quedar sin nadie a quien torturar con tu aceite de menta! ¡Es una mala inversión, genio!

Renzo se detuvo en el umbral y la miró por encima del hombro. El sudor le corría por el torso, y sus ojos estaban inyectados en una determinación letal.

—Nadie va a tocarte —sentenció con una calma que daba más miedo que los gritos de afuera—. Eres mi obsesión privada, Mía. Y prefiero quemar esta isla entera contigo dentro antes de que un solo dedo de esos cerdos roce tu piel. Quédate quieta. Si intentas forzar las cerraduras, el sistema de seguridad bloqueará las puertas y te quedarás sin aire antes de que yo vuelva.

—¡Eres un encanto, de verdad! ¡Muérete un poco, Cavalli! —le gritó ella mientras él cerraba la puerta blindada con un chasquido metálico.

Renzo salió al pasillo convertido en una máquina de guerra. Los hombres del Alacrán habían logrado infiltrarse por el muelle secundario usando explosivos plásticos. Los disparos empezaron a resonar por los pasillos de mármol, mezclándose con los gritos de los guardias de Renzo. Cavalli se movía con una eficiencia aterradora, despachando a los mercenarios con una puntería quirúrgica. No era solo defensa; era una limpieza territorial.

Mientras tanto, en la habitación roja, Mía forcejeaba como un animal enjaulado.

—¡Vamos, maldita chatarra! —insultaba a las cadenas mientras usaba un trozo de lentejuela de su vestido para intentar manipular el mecanismo—. He abierto cerraduras de cajas fuertes con un tenedor, no me voy a quedar aquí esperando a que me usen de trofeo de caza.

De repente, la puerta de la habitación sufrió un impacto. Un narco de rostro curtido por el sol y aliento fétido entró con un rifle de asalto. Al ver a Mía encadenada, con el vestido verde desgarrado y bañada en esa luz carmesí, soltó un silbido de admiración asquerosa.

—Vaya, vaya... el jefe dijo que te recuperáramos, pero no dijo que no pudiéramos probar la mercancía antes de entregarte —dijo el hombre, dejando el rifle apoyado en la pared y sacando un cuchillo para cortar la seda de sus manos.

—Lo siento, cariño —dijo Mía, con una sonrisa gélida—. Pero el psicópata que me compró es muy, muy celoso. Y yo... yo soy muy selectiva con quién me ensucia las manos.

En un movimiento desesperado, Mía encogió las piernas y, usando el poste como palanca, le lanzó una patada doble directamente a la tráquea con la fuerza de su desesperación. El hombre cayó hacia atrás, asfixiándose y forcejeando por aire. En ese preciso momento, Renzo entró en la habitación como una sombra. Vio al hombre en el suelo y a Mía jadeando, todavía encadenada.

Sin mediar palabra, Renzo le pegó un tiro de gracia al narco en la sien. El estruendo fue ensordecedor.

—Te dije que no te movieras —dijo Renzo, caminando hacia ella, ignorando los cuerpos que dejaba atrás.

—¡Me iba a violar, pedazo de imbécil! ¿Querías que le diera las gracias? —gritó Mía, temblando por la adrenalina pura—. ¡Suéltame de una maldita vez!

Renzo sacó la llave de su bolsillo, pero antes de liberarla, la acorraló contra la madera, pegando su cuerpo caliente y manchado de pólvora al de ella. Estaba agitado, su corazón latía con una violencia rítmica que ella sentía contra su propio pecho.

—Acabas de atacar a un hombre por mí —susurró él, rozando su nariz con la de ella en un gesto posesivo.

—Lo ataqué por MÍ, Cavalli. No te confundas. Si pudiera, el siguiente ataque sería para ti —escupió ella, aunque no pudo evitar que su cuerpo reaccionara a la cercanía del hombre.

Renzo soltó una carcajada oscura y, finalmente, la liberó. Mía se desplomó, pero él la atrapó antes de que tocara el suelo. La cargó con una fuerza bruta que no dejaba espacio para la discusión, apretándola contra su pecho mientras caminaba hacia el helipuerto secreto en la azotea.

—La isla ya no es segura —dijo Renzo mientras subía al helicóptero de asalto negro mate—. Nos vamos a la Fortaleza de Ébano. En el corazón del Amazonas. Allí descubrirás por qué los Cavalli nunca pierden lo que poseen.

—¿El Amazonas? —Mía apoyó la cabeza en su hombro, demasiado agotada para pelear por un segundo—. Genial. Odio los mosquitos y la humedad. Espero que tu otra casa tenga mejores bocadillos, porque este secuestro está siendo una decepción gastronómica total.

Renzo sonrió, besando su frente manchada de ceniza y sangre mientras el helicóptero se elevaba, dejando atrás la mansión rodeada de humo.

—En la selva, Mía, el calor te hará suplicar por mi tacto. Estaremos rodeados de miles de kilómetros de vegetación impenetrable. Nadie te encontrará, y tú no tendrás a dónde correr. Allí, no habrá alarmas que nos interrumpan.

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Elena Yobany Santacruz Alejandria
jjjajaja te desafía cavalli ...🤭🤭es una pequeña diablilla..
Elena Yobany Santacruz Alejandria
waooo una guerra de seducción..hermosa... excelente escritora.
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