Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.
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Capítulo 18: Una noche inesperada
Ya eran como las ocho y media de la noche y la verdad la estábamos pasando demasiado bien.
Llevábamos rato hablando en el restaurante y honestamente yo ya ni sentía los nervios del principio.
Todo fluía demasiado natural con Aracely.
Ella se reía por cualquier cosa, hacía gestos cuando contaba historias y cada vez que sonreía yo sentía algo raro en el pecho.
Estábamos terminando de comer cuando ella me quedó mirando fijo.
—“¿Qué?” pregunté riéndome.
Ella sonrió nerviosa.
—“Nada… todavía me parece raro verlo aquí conmigo.”
Solté una risa.
—“¿Por qué?”
—“Porque antes era ‘el profe Rafael’.”
Cuando dijo “profe” sentí algo raro.
No sé por qué.
Pero escucharla decirme eso fuera del liceo me dejó pensando unos segundos.
Ella se dio cuenta y empezó a reírse.
—“¿Qué pasó?”
Negué con la cabeza sonriendo.
—“Nada… solo que todavía me cuesta acostumbrarme.”
—“¿A qué?”
—“A verte así.”
Ella levantó una ceja divertida.
—“¿Así cómo?”
La miré unos segundos.
—“Ya no como estudiante.”
Ella bajó la mirada sonriendo suave.
Y honestamente verla así me parecía demasiado linda.
Seguimos hablando un rato más hasta que ella tomó un poquito de jugo y después me miró otra vez.
—“¿Puedo decirle algo?”
—“Claro.”
Se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—“No quiero que se acabe todavía la salida.”
Sentí el corazón acelerarse.
—“¿Ah no?”
Ella negó con la cabeza.
—“No.”
Hubo unos segundos de silencio.
Y después dijo:
—“Quiero ir a bailar.”
Solté una risa.
—“¿A bailar?”
—“Sí.”
—“¿A esta hora?”
Ella se empezó a reír.
—“Ay, profe…”
Y otra vez dijo “profe”.
Eso hizo que yo también me riera.
—“No me diga así.”
—“¿Entonces cómo le digo?”
La miré divertido.
—“Rafael.”
Ella sonrió.
—“Bueno… Rafael.”
Juemadre.
Cómo dijo mi nombre casi me deja sin ideas.
Después volvió a hablar.
—“Quiero ir a una discoteca… con usted, claro, si usted lo permite.”
Solté una carcajada.
—“¿Si yo lo permito?”
—“Pues sí.”
Negué riéndome.
—“Usted sí habla raro.”
Ella me señaló.
—“¿Entonces sí o no?”
La pensé unos segundos.
La verdad hacía muchísimo tiempo que no iba a una discoteca.
Demasiado.
Pero verla tan emocionada me dio risa.
Así que terminé diciendo:
—“Bueno… está bien, vamos.”
Ella abrió los ojos emocionada.
—“¿En serio?”
—“Sí.”
—“Ay nooo, qué emoción.”
Y empezó a reírse toda feliz.
Pagamos la cuenta y salimos del restaurante.
El aire de la noche estaba fresco y mientras caminábamos hacia el carro ella iba pegada a mi lado hablando de canciones, fiestas y cosas de la universidad.
Yo solo la escuchaba sonriendo.
Porque honestamente verla feliz me gustaba demasiado.
Cuando llegamos a la discoteca había música durísima desde afuera.
Luces.
Gente entrando y saliendo.
Y apenas nos bajamos del carro Aracely me miró emocionada.
—“¿Seguro que sí quiere entrar?”
Me reí.
—“Ya llegamos hasta acá.”
Ella agarró mi brazo sonriendo.
Y ese simple gesto me puso nervioso otra vez.
Entramos y enseguida nos golpeó el ruido de la música.
Había demasiada gente bailando, luces de colores y el ambiente estaba súper prendido.
Aracely empezó a mirar todo emocionada.
—“Hace rato no venía a una así.”
Yo me acerqué un poquito para que pudiera escucharme.
—“Yo hace años.”
Ella soltó una risa.
—“Entonces hoy le toca desatrasarse.”
Buscamos una mesa y nos sentamos.
Un mesero se acercó.
Aracely me miró divertida.
—“¿Qué vamos a pedir?”
—“No sé, usted diga.”
Ella sonrió.
—“Tequila.”
Abrí los ojos.
—“¿Tequila?”
—“Sí.”
Me reí negando con la cabeza.
—“Usted sí viene peligrosa.”
Ella soltó una carcajada.
—“Una noche es una noche.”
Al final terminamos pidiendo algunos tragos y empezamos a hablar mientras sonaba la música de fondo.
Al principio todo tranquilo.
Nos reíamos muchísimo.
Ella contaba historias locas de la universidad y yo le contaba anécdotas del colegio.
Después de un rato ella me agarró la mano.
—“Vamos a bailar.”
La miré sorprendido.
—“Nooo.”
—“Sí.”
—“Hace años no bailo.”
—“No importa.”
Y prácticamente me arrastró hasta la pista.
Empezamos a bailar entre risas porque honestamente yo estaba oxidado.
Ella se burlaba.
—“Ay no, Rafael, muévase.”
—“Estoy haciendo el intento.”
Ella no paraba de reírse.
Y escucharla reír así me hacía olvidarme de todo.
La noche siguió avanzando.
La música estaba cada vez más fuerte.
Nos reíamos de cualquier cosa.
Bailábamos.
Volvíamos a la mesa.
Hablábamos otra vez.
Y poco a poco ambos terminamos mareados de tanto ambiente y cansancio.
En un momento Aracely se quedó mirándome fijo y empezó a reírse sola.
—“¿Qué pasó?”
—“Nada… solo estoy feliz.”
Eso me dejó callado unos segundos.
Porque honestamente yo también lo estaba.
Muchísimo.
Hacía demasiado tiempo no me sentía tan vivo.
Tan tranquilo.
Tan conectado con alguien.
Y mientras ella seguía sonriendo bajo las luces de la discoteca…
Yo no podía dejar de pensar en que esa noche estaba saliendo muchísimo mejor de lo que imaginé.