¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 2: Huésped de honor en mi propio calvario
Caminar con un vestido que pesa más que mis ganas de vivir debería ser considerado un deporte extremo. Para cuando logré salir de aquel bosque maldito, arrastrando tres metros de encaje cubierto de lodo y con restos de hojas secas en el pelo, estaba lista para venderle mi alma a cualquiera que me ofreciera un par de pantuflas y un vaso de agua.
A lo lejos, al final de un sendero de piedra perfectamente pulido, se alzaba una estructura que me dejó con la boca abierta. No era una casa. Era un maldito castillo gótico, con torres empinadas, gárgolas de piedra que parecían juzgarme con la mirada y un jardín de rosas negras que gritaba: "Aquí vive alguien que odia la Navidad".
—Bueno, al menos el hotel tiene categoría —murmuré, limpiándome un manchón de hollín de la frente con la manga—. Si tengo que ser una villana exiliada, qué mejor que hacerlo con estilo cinematográfico.
Al acercarme a la gigantesca puerta de roble y hierro, dos guardias armados hasta los dientes con armaduras negras se pusieron rígidos como estatuas. Sus rostros se volvieron del color de una hoja de papel para impresora. Uno de ellos, un chico joven cuyo bigote temblaba visiblemente, tragó saliva con tanta fuerza que lo escuché desde tres metros de distancia.
—¡B-Bienvenida de regreso, Excelentísima Duquesa Cassandra! —tartamudeó el muchacho, golpeando su lanza contra el suelo con un estruendo metálico—. ¡Lamentamos no haber enviado el carruaje de oro! ¡Por favor, perdone nuestras miserables vidas!
Me detuve un segundo, parpadeando con pesadez. El sueño empezaba a nublarme las pocas neuronas que me quedaban activas.
—A ver, tranquilo, Terminator —dije, arrastrando las palabras por el cansancio—. No quiero el carruaje, ni el oro, ni tu vida. Solo quiero una cama donde pueda dormir las próximas doce horas y algo de comer que no tenga purpurina ni intente hablarme. Muévanse, que me pesa la existencia.
Los guardias se miraron entre sí, aterrorizados. Para ellos, mi tono plano y aburrido sonaba como la frialdad absoluta de una tirana que desprecia los lujos terrenales. Abrieron las puertas de par en par en menos de un segundo, como si sus vidas dependieran de la velocidad de sus bíceps.
El interior del palacio era ridículamente lujoso. Alfombras rojas que absorbían el sonido de mis pasos, lámparas de cristal que colgaban del techo y una fila de sirvientes formados en perfecta línea recta, todos con la cabeza gacha y conteniendo la respiración. En la oficina, cuando el jefe entraba de mal humor, el ambiente se ponía tenso; pero esto era otro nivel. Aquí parecía que si alguien estornudaba, terminaría colgado del muro de los lamentos.
Una mujer mayor, vestida con un uniforme negro impecable y un peinado tan apretado que le estiraba los ojos, dio un paso al frente. Era el ama de llaves.
—Duquesa... hemos preparado el salón principal tal como solicitó para sus... meditaciones oscuras —dijo con la voz temblorosa, sin atreverse a mirarme—. Y los cocineros están preparando el banquete de carne cruda... si es que aún mantiene ese gusto.
Me horroricé internamente. ¿Carne cruda? ¿Qué clase de parásitos estomacales tenía la Cassandra original?
—Cancela la carne cruda. Traigan un pan, queso, fruta o lo que sea que esté cocinado —ordené, haciendo un gesto con la mano para que se dispersaran—. Y avísenle a todo el mundo que estoy oficialmente en modo 'no molestar'. El que toque mi puerta antes de mañana al mediodía, se las verá conmigo.
Subí las escaleras de mármol de forma automática, guiada por el puro instinto de supervivencia que te lleva a la cama cuando estás destruida. Por suerte, encontré la habitación principal casi por descarte: era la puerta más grande, con grabados de dragones y un cartel invisible que decía "Aléjate si aprecias tu vida".
Al entrar, me tiré de cabeza sobre una cama con dosel que era tan grande que requería su propio código postal. Era gloriosa. Me quité los zapatos de tacón a patadas y me acurruqué entre las sábanas de seda. Sin embargo, mi estómago decidió sabotear mi paz emitiendo un rugido digno de un león hambriento.
Miré la mesa de noche. Los sirvientes habían dejado una bandeja con un trozo de pan rústico, un poco de queso y una jarra de agua. El problema era que el pan estaba más frío que un témpano de hielo y el queso parecía un trozo de tiza.
—Ay, no... yo no como comida fría. Bastante tuve con los sándwiches de máquina de la oficina —protesté, sentándome en la cama.
Recordé la pequeña explosión del bosque. Si tenía magia en las manos, debía ser capaz de usarla para algo útil, como calentar comida. Solo necesitaba un porcentaje mínimo de energía. Algo microscópico. Una chispa.
Estiré el dedo índice hacia el pan, cerré los ojos y me concentré en la imagen de un microondas de oficina. Solo un toque, Yamila. Un segundito a potencia baja.
Sentí un chispazo en la punta del dedo.
¡FIIIIIIUUUUU... PAM!
Una llamarada de fuego de color violeta neón salió disparada de mi mano. No calentó el pan; lo desintegró por completo, transformándolo en un montón de ceniza negra instantánea. Pero el fuego no se detuvo ahí. El rayo mágico continuó su camino en línea recta, atravesó la mesa de noche, prendió fuego a las pesadas cortinas de terciopelo de la ventana y terminó perforando la pared de piedra, dejando un agujero perfecto por donde entraba el aire de la tarde.
Las alarmas de incendio (o su equivalente mágico, que eran unas campanas ruidosas en el patio) empezaron a sonar con fuerza.
—¡La madre que me parió! —grité, saltando de la cama y usando una almohada cara para golpear las cortinas en llamas—. ¡Apágate, trapo viejo! ¡Solo quería un tostado! ¡Un maldito tostado!
Los sirvientes entraron derribando la puerta, armados con cubos de agua y hechizos de hielo, liderados por el ama de llaves. Al ver el desastre —las cortinas humeantes, el agujero en la pared y a mí, de pie en medio de la habitación con la almohada destrozada y plumas flotando a mi alrededor—, todos se congelaron.
El ama de llaves cayó de rodillas, sollozando.
—¡Oh, majestuosa Duquesa! ¡Estaba probando un nuevo hechizo de destrucción masiva dentro de su recámara! ¡Qué disciplina tan implacable! ¡Y nosotros interrumpiendo su valioso entrenamiento! ¡Por favor, no nos ejecute!
Me quedé mirando la almohada desplumada en mi mano y luego el agujero en la pared. Estaba demasiado cansada para explicarles que soy una torpe de primera categoría.
—Sí... claro. Entrenamiento —dije, limpiándome una pluma de la nariz—. Limpien esto. Y traigan un pan que ya venga tostado de fábrica, por favor.
Antes de que la mujer pudiera responder, un alboroto en el pasillo principal interrumpió el caos. Una voz masculina, chillona, arrogante y cargada de una insoportable superioridad, resonó por todo el corredor.
—¡Quítense de mi camino, plebeyos! ¡Tengo derecho constitucional a ver a mi prometida! ¡Cassandra! ¡Sé que estás aquí metida tramando tus usuales tonterías!
La puerta se abrió de golpe por segunda vez en el día, revelando a un tipo de unos veintitantos años. Tenía el cabello rubio perfectamente peinado con lo que parecía gomina medieval, un traje azul bordado con hilos de oro que brillaba tanto que lastimaba los ojos y una expresión de oler algo podrido de forma permanente. Era el Príncipe Jarek.
Se cruzó de brazos, mirándome de arriba abajo con desdén.
—Mírate, Cassandra. Qué aspecto tan lamentable. ¿Es esta otra de tus tácticas infantiles para llamar mi atención? —dijo, dando un paso adelante con una sonrisa de suficiencia—. Sabes perfectamente que nuestro matrimonio es inevitable. Necesito que firmes el traspaso del Ejército para mi campaña militar de la próxima semana. Deberías estar agradecida de que un príncipe como yo se digne a poner un pie en este antro oscuro.
Lo miré fijamente. Mi cerebro procesó sus palabras a paso de tortuga. ¿Prometido? ¿Campaña militar? ¿Ejército? Este chico hablaba igual que el hijo del dueño de mi anterior empresa: un niño mimado que nunca había tenido que trabajar un solo día de su vida y que pensaba que el mundo existía para cumplir sus caprichos.
Sentí una repulsión instantánea, no por el rol de villana, sino por puro instinto de empleada explotada.
—A ver, ricitos de oro —dije, caminando hacia él con pasos lentos y la mirada entrecerrada por el sueño—. Primero, golpear la puerta antes de entrar es de buena educación, algo que claramente no te enseñaron en tu escuela de reyes. Segundo, estoy de vacaciones. ¿Sabes lo que significa la palabra vacaciones? Significa que no me importa tu ejército, ni tu campaña, ni tu boda.
Jarek retrocedió un paso, desconcertado por mi tono. Su arrogancia vaciló por un milisegundo.
—¿Cómo te atreves...? ¡Soy el heredero al trono!
—Y yo soy una mujer que lleva veinticuatro horas sin dormir y cinco minutos sin carbohidratos —lo interrumpí, dándole un toque con el dedo índice en el pecho, cuidando de no activar la magia por error—. Así que hazme un favor gigantesco: toma tu trajecito brillante, sal de mi habitación por donde entraste y ve a buscar a alguien a quien le importe tu berrinche. Si vuelves a gritar en mi pasillo, te juro que te convierto en cenizas y te uso para fertilizar las rosas negras del jardín. ¿Quedó claro, o te lo dibujo en un gráfico de barras?
El príncipe se puso rojo como un tomate, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. Nadie en su vida le había hablado así. Miró el agujero humeante en la pared, luego las cortinas quemadas y finalmente mi rostro lleno de hollín y plumas.
—¡Esto... esto es un ultraje! ¡Te arrepentirás de esto, Cassandra! —chilló, dando media vuelta y saliendo corriendo del cuarto mientras se tropezaba con su propia capa.
El ama de llaves y los sirvientes, que seguían en el suelo, me miraron con los ojos desorbitados y una devoción casi religiosa.
—Le... le ha plantado cara al heredero de la corona sin pestañear... —susurró el ama de llaves, temblando de la emoción—. ¡Nuestra Duquesa es verdaderamente la reina de la oscuridad!
Yo solo suspiré, dejándome caer de nuevo en la cama.
—Solo... traigan el pan tostado —rogué, tapándome la cara con la sábana—. Y que alguien cierre la ventana, que por el agujero de la pared entra un chiflete bárbaro.
Mis vacaciones soñadas se estaban complicando demasiado rápido.