Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.
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Capítulo 11: El vacío que dejó
Ya habían pasado seis meses desde que Aracely salió del liceo.
Seis meses.
Y aunque yo intentaba convencerme de que todo estaba normal, la verdad era otra.
Sentía raro no verla.
Muy raro.
Yo seguía con mi vida igual por fuera. Me levantaba temprano, preparaba las cosas de mi hija, iba al liceo, daba clases, revisaba tareas y volvía a la casa cansado. Todo parecía igual.
Pero no lo era.
Porque había algo que faltaba.
O mejor dicho… alguien.
Mi hija Daniela ya había cumplido un año.
Y verla crecer era lo más bonito que tenía en mi vida. Esa niña me cambió por completo. Antes yo solo pensaba en sobrevivir el día a día, pero ahora todo giraba alrededor de ella.
Cuando llegaba a la casa y ella corría hacia mí tambaleándose con esas piernitas pequeñas, yo sentía paz.
—“Papá… papá…” decía con esa voz chiquita.
Y ahí se me olvidaba el cansancio un rato.
Pero incluso en esos momentos felices… había algo raro dentro de mí.
Algo que no lograba acomodar.
A veces estaba jugando con Daniela en el piso de la sala y de repente me venía un recuerdo de Aracely.
Así, de la nada.
Su voz en clase.
Sus preguntas.
Su forma de hablar rápido cuando se emocionaba explicando algo.
Y eso me descolocaba.
Yo mismo me preguntaba:
“¿Qué me pasa?”
Porque nunca había sentido algo así.
Ni siquiera en relaciones serias que tuve antes.
Esto era diferente.
Y precisamente por eso me daba miedo.
El liceo también se sentía distinto.
Ahora entraba al salón y todo era más silencioso para mí.
No porque los estudiantes no hablaran, porque sí hablaban y bastante. Pero faltaba esa energía específica que tenía Aracely.
Ella siempre levantaba la mano.
Siempre opinaba algo.
Siempre hacía preguntas inesperadas.
Y aunque a veces me desesperaba… también hacía las clases más vivas.
Ahora veía los pupitres y me acordaba exactamente dónde se sentaba.
Y eso era lo peor.
Que todavía recordaba detalles pequeños.
Un día estaba dando clase sobre historia política y sin querer miré hacia el puesto donde ella se sentaba antes.
Vacío.
Ahí fue cuando sentí el golpe otra vez.
Respiré profundo y seguí explicando como si nada.
Pero por dentro no estaba tranquilo.
A veces me quedaba pensando en cómo estaría ella ahora.
Si le estaría yendo bien en la universidad.
Si seguía igual de distraída.
Si todavía se reía tan duro.
O si ya me había olvidado por completo.
Y honestamente… una parte de mí esperaba que sí.
Porque tal vez eso sería lo mejor para ella.
Pero otra parte…
Otra parte sentía raro imaginarla lejos.
Eso me hacía sentir culpable.
Porque yo fui el adulto en toda esa historia.
Yo fui quien puso límites.
Yo fui quien dijo que no podía pasar nada.
Y lo dije porque era lo correcto.
Todavía lo creo.
Pero los sentimientos no desaparecieron solo porque decidí ignorarlos.
Una noche, después de acostar a Daniela, me quedé sentado solo en la sala.
La casa estaba callada.
Solo se escuchaba el ventilador girando.
Y ahí fue cuando me puse a pensar más de la cuenta.
Recordé la primera vez que Aracely me escribió aquella carta escondida en el cuaderno.
Recordé la pizarra.
Recordé cuando me confesó que yo le gustaba.
Y recordé la cara que puso cuando le dije que no podía enamorarse de mí.
En ese momento pensé que estaba haciendo lo correcto.
Y sí… probablemente lo hice.
Pero eso no evitó que me afectara después.
Porque ahora que ella ya no estaba…
Entendí cuánto espacio ocupaba en mi mente.
Me pasé la mano por la cara y solté un suspiro.
—“Usted sí está jodido, Rafael,” murmuré solo.
Porque no sabía cómo manejar eso.
No era solamente extrañarla.
Era sentir que algo cambió dentro de mí desde que ella apareció.
Antes mi vida era simple.
Trabajar.
Cuidar a Daniela.
Dormir.
Repetir todo otra vez.
Pero Aracely llegó y movió cosas que yo tenía completamente quietas.
Ella me hizo sentir visto de una manera distinta.
No como profesor.
No como papá.
No como alguien que solo cumple responsabilidades.
Sino como hombre.
Y aceptar eso me costaba muchísimo.
Porque yo trataba de actuar maduro, correcto y centrado.
Pero por dentro estaba confundido.
A veces pensaba:
“¿Y si todo esto solo es porque la extraño?”
Pero después recordaba cómo me sentía cuando pensaba en ella.
Y no.
No era solamente costumbre.
Era algo más profundo.
Algo que nunca me había pasado.
Y eso me asustaba todavía más.
Miré las fotos de Daniela en el celular y traté de despejarme.
Ella era mi prioridad.
Siempre.
Eso no iba a cambiar.
Pero tampoco podía seguir negando lo otro.
Aracely ya no estaba en el liceo.
Ya no era mi estudiante.
Ya estaba haciendo su vida en la universidad.
Y aun así…
Seguía aquí.
En mi cabeza.
En mis pensamientos.
En los momentos más inesperados.
Esa noche entendí algo que llevaba meses intentando evitar.
Me enamoré de ella.
Y aceptar eso me hizo sentir un vacío horrible en el pecho.
Porque había llegado demasiado tarde.
Demasiado tarde para todo.
Ya habían pasado seis meses desde que Aracely salió del liceo.
Seis meses.
Y aunque yo intentaba convencerme de que todo estaba normal, la verdad era otra.
Sentía raro no verla.
Muy raro.
Yo seguía con mi vida igual por fuera. Me levantaba temprano, preparaba las cosas de mi hija, iba al liceo, daba clases, revisaba tareas y volvía a la casa cansado. Todo parecía igual.
Pero no lo era.
Porque había algo que faltaba.
O mejor dicho… alguien.
Mi hija Daniela ya había cumplido un año.
Y verla crecer era lo más bonito que tenía en mi vida. Esa niña me cambió por completo. Antes yo solo pensaba en sobrevivir el día a día, pero ahora todo giraba alrededor de ella.
Cuando llegaba a la casa y ella corría hacia mí tambaleándose con esas piernitas pequeñas, yo sentía paz.
—“Papá… papá…” decía con esa voz chiquita.
Y ahí se me olvidaba el cansancio un rato.
Pero incluso en esos momentos felices… había algo raro dentro de mí.
Algo que no lograba acomodar.
A veces estaba jugando con Daniela en el piso de la sala y de repente me venía un recuerdo de Aracely.
Así, de la nada.
Su voz en clase.
Sus preguntas.
Su forma de hablar rápido cuando se emocionaba explicando algo.
Y eso me descolocaba.
Yo mismo me preguntaba:
“¿Qué me pasa?”
Porque nunca había sentido algo así.
Ni siquiera en relaciones serias que tuve antes.
Esto era diferente.
Y precisamente por eso me daba miedo.
El liceo también se sentía distinto.
Ahora entraba al salón y todo era más silencioso para mí.
No porque los estudiantes no hablaran, porque sí hablaban y bastante. Pero faltaba esa energía específica que tenía Aracely.
Ella siempre levantaba la mano.
Siempre opinaba algo.
Siempre hacía preguntas inesperadas.
Y aunque a veces me desesperaba… también hacía las clases más vivas.
Ahora veía los pupitres y me acordaba exactamente dónde se sentaba.
Y eso era lo peor.
Que todavía recordaba detalles pequeños.
Un día estaba dando clase sobre historia política y sin querer miré hacia el puesto donde ella se sentaba antes.
Vacío.
Ahí fue cuando sentí el golpe otra vez.
Respiré profundo y seguí explicando como si nada.
Pero por dentro no estaba tranquilo.
A veces me quedaba pensando en cómo estaría ella ahora.
Si le estaría yendo bien en la universidad.
Si seguía igual de distraída.
Si todavía se reía tan duro.
O si ya me había olvidado por completo.
Y honestamente… una parte de mí esperaba que sí.
Porque tal vez eso sería lo mejor para ella.
Pero otra parte…
Otra parte sentía raro imaginarla lejos.
Eso me hacía sentir culpable.
Porque yo fui el adulto en toda esa historia.
Yo fui quien puso límites.
Yo fui quien dijo que no podía pasar nada.
Y lo dije porque era lo correcto.
Todavía lo creo.
Pero los sentimientos no desaparecieron solo porque decidí ignorarlos.
Una noche, después de acostar a Daniela, me quedé sentado solo en la sala.
La casa estaba callada.
Solo se escuchaba el ventilador girando.
Y ahí fue cuando me puse a pensar más de la cuenta.
Recordé la primera vez que Aracely me escribió aquella carta escondida en el cuaderno.
Recordé la pizarra.
Recordé cuando me confesó que yo le gustaba.
Y recordé la cara que puso cuando le dije que no podía enamorarse de mí.
En ese momento pensé que estaba haciendo lo correcto.
Y sí… probablemente lo hice.
Pero eso no evitó que me afectara después.
Porque ahora que ella ya no estaba…
Entendí cuánto espacio ocupaba en mi mente.
Me pasé la mano por la cara y solté un suspiro.
—“Usted sí está jodido, Rafael,” murmuré solo.
Porque no sabía cómo manejar eso.
No era solamente extrañarla.
Era sentir que algo cambió dentro de mí desde que ella apareció.
Antes mi vida era simple.
Trabajar.
Cuidar a Daniela.
Dormir.
Repetir todo otra vez.
Pero Aracely llegó y movió cosas que yo tenía completamente quietas.
Ella me hizo sentir visto de una manera distinta.
No como profesor.
No como papá.
No como alguien que solo cumple responsabilidades.
Sino como hombre.
Y aceptar eso me costaba muchísimo.
Porque yo trataba de actuar maduro, correcto y centrado.
Pero por dentro estaba confundido.
A veces pensaba:
“¿Y si todo esto solo es porque la extraño?”
Pero después recordaba cómo me sentía cuando pensaba en ella.
Y no.
No era solamente costumbre.
Era algo más profundo.
Algo que nunca me había pasado.
Y eso me asustaba todavía más.
Miré las fotos de Daniela en el celular y traté de despejarme.
Ella era mi prioridad.
Siempre.
Eso no iba a cambiar.
Pero tampoco podía seguir negando lo otro.
Aracely ya no estaba en el liceo.
Ya no era mi estudiante.
Ya estaba haciendo su vida en la universidad.
Y aun así…
Seguía aquí.
En mi cabeza.
En mis pensamientos.
En los momentos más inesperados.
Esa noche entendí algo que llevaba meses intentando evitar.
Me enamoré de ella.
Y aceptar eso me hizo sentir un vacío horrible en el pecho.
Porque había llegado demasiado tarde.
Demasiado tarde para todo.