Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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La elección: parte II
—Es muy injusto… —respondió.
Las lágrimas en sus ojos finalmente se desbordaron.
—No, no lo es —replicó Eduardo con calma—. El deber está por encima de todo. Si eliges el ducado… esa deberá ser tu forma de vida.
Isabela suspiró.
—Y bien… ¿qué vas a decidir? —preguntó él.
Hubo un silencio breve.
Pesado.
—Es una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar… —dijo al fin—. Pero ahora entiendo… o eso creo.
Sonrió apenas.
Una sonrisa frágil.
—Desde que era niña supe que quería ser duquesa —continuó—. Era un destino que deseaba… y por el que estaba dispuesta a luchar.
Bajó la mirada.
No tuvo valor para sostener la de su abuelo.
—Por eso intenté ser perfecta.
Hizo una pausa.
—No imagino otra vida para mí.
Su voz tembló.
—Yo nací para esto.
Su respiración se quebró ligeramente.
—Yo… no tengo otro propósito. No tengo otra meta.
Levantó la mirada, con los ojos aún húmedos.
—¿De qué me sirve tenerlo a él… si eso me arrebata gran parte de lo que quiero ser?
Eduardo guardó silencio.
La observaba… no como duque, sino como abuelo.
Viendo cómo se rompía frente a él.
—Puedes pensarlo, mi niña —ofreció, con un tono más suave.
Isabela negó con la cabeza.
—No.
Respiró hondo.
—No lo haré.
Sus manos temblaron ligeramente… pero su voz ya no.
—Iré por mis cosas y me iré contigo.
Hizo una breve pausa.
—No quiero pasar la noche aferrándome a una opción que sé que no es posible.
El silencio volvió.
Pero esta vez… era distinto.
Más definitivo.
Eduardo asintió.
Antes de salir de la oficina, Isabela se detuvo en seco.
—Abuelo… —titubeó—. ¿Crees que pueda verlo?
Eduardo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Me enseñaste a hacer las cosas bien… a enfrentar lo que sea —respondió—. No puedo dejarle una carta a Dante. No sería digno. Déjame hablar con él.
Alzó ligeramente la barbilla, adoptando el porte de la futura duquesa.
Eduardo lo notó.
—No te preocupes —añadió—. Mi decisión ya está tomada. Él no me hará cambiar de opinión.
Eduardo la observó unos segundos.
—Bien. Te veré en casa.
Isabela tardó más de lo planeado empacando sus baúles.
En el fondo, una parte de ella aún esperaba que algo cambiara… que su abuelo cediera… que todo volviera a ser como antes.
Pero no.
Nada volvería.
Cuando creyó que todo estaba en orden, llamó a Lola.
—¿Ya tienes tus cosas? —preguntó.
—¿Iré con usted? —preguntó ella, sorprendida.
—Eres mi dama. Irás conmigo.
—Ya las tengo. Empaqué pensando en volver a casa —confesó Lola.
—Ten —le entregó un papel con la dirección—. Encárgate de que envíen nuestras cosas a la casa de campo lo antes posible.
Lola asintió.
—¿Ya se va?
Isabela suspiró.
—No… debo hacer algo antes.
Esta vez, no estaba dispuesta a exponerse.
Pidió ayuda al director.
Por instrucciones de Eduardo, accedió a cederle un salón privado.
Sin miradas.
Sin rumores.
Sin testigos.
Isabela ya no llevaba el uniforme.
Vestía como en Varath.
Telas pesadas.
Corte impecable.
Elegancia fría.
Como una armadura.
—¿Isabela? —Dante entró con cautela.
—Buenas noches.
—El director me pidió venir… —cerró la puerta—. ¿Estás bien?
Isabela asintió.
—¿Es cierto que tu abuelo está aquí?
—Lo estuvo.
Dante la observó unos segundos.
—Estás extraña.
—Dante… no puedo —dijo al fin—. Tengo un deber con mi familia. Ellos confían en mí. Me han dado todo… y lo único que se me pide es responder. Y debo hacerlo.
Dante frunció el ceño.
—No comprendo.
—Mi abuelo sabe lo que pasa entre nosotros. Vino a darme una elección… y ya decidí.
Los ojos de él se endurecieron.
—Dilo.
—Elijo el ducado.
El silencio fue inmediato.
—El título. Las tierras. La vida que se planeó para mí.
Dante soltó una risa seca.
—Y el matrimonio político también… te vendes costosa.
Isabela no apartó la mirada.
—Sí. También acepto el matrimonio político.
—¿Soy muy poco para ti? —preguntó él.
—Tú mismo me explicaste cómo funciona este mundo —respondió ella—. Tu título y el mío son distintos. Yo debo mantener el mío… y tú puedes ascender.
Hizo una pausa.
—Pero no conmigo.
—No sientes lo que dijiste que sentías —dijo Dante.
—Sí lo siento —respondió, con un hilo de voz—. Pero esto… es más fuerte que yo.
Respiró hondo.
—Es una deuda invisible con mi familia. Aunque quiera… no puedo romperla.
—Podrías renunciar —insistió él—. Ceder el ducado. Casarte conmigo. Serías condesa.
Isabela negó.
—No podría hacerle eso a mi hermana. Esa carga la destruiría.
Dante rió, amargo.
—¿Y prefieres que eso acabe contigo?
—Yo acepté esa carga hace mucho tiempo —respondió ella—. No soy mártir… soy alguien que entiende lo que debe hacer.
—¿Y tu corazón? —preguntó él—. ¿Y el mío?
Isabela lo miró.
Y por primera vez… no tuvo respuesta fácil.
—El mío… no sé cómo va a sobrevivir.
Respiró.
—Pero el tuyo… ojalá encuentre a alguien que no tenga miedo. Alguien que sí pueda elegirte.
Bajó la mirada.
—Yo no soy esa persona.
Isabela caminó hacia la puerta.
Se detuvo un segundo.
—Yo sí estoy enamorada de ti… por si te sirve de algo.
Su voz apenas se sostuvo.
—Y esto me duele muchísimo.
Abrió la puerta.
—Y aun así te vas… —dijo Dante, sin mirarla.
Isabela no respondió.
Porque no había nada más que decir.
Y salió.