nunca hay que mentirse a uno mismo
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No hubo un solo milímetro de piel que no fuera besado, palpado o profanado con una devoción casi religiosa aquella noche. El penthouse, un monumento al minimalismo y al lujo, había quedado convertido en un auténtico campo de batalla: cojines por el suelo, el vestido de seda negra desgarrado en una esquina y botellas de agua vacías sobre la alfombra. La resistencia de aquel hombre era de otro planeta; Vincent se movía con la fuerza de un titán y la precisión de un cirujano, transformando cada embestida en un sueño del que Carmín no quería despertar.
Al día siguiente, el despertar trajo consigo la cruda realidad física del placer. A Carmín le dolía absolutamente todo el cuerpo; sentía que le costaba esfuerzo hasta pestañear. No tenía la menor idea de en qué momento de la madrugada la tormenta había amainado para dejarlos finalmente dormidos, profundamente enredados entre las sábanas de hilos egipcios. Lo único que Carmín tenía claro, mientras estiraba los músculos entumecidos, era que le encantaba el cardio cuando estaba así de bien realizado. El dolor era el mejor trofeo de su victoria.
Se levantó de la cama con una lentitud extrema, conteniendo la respiración para no despertar a la bestia que dormía plácidamente a su lado. Vincent, boca abajo, con las sábanas cubriéndole apenas la cintura y la musculatura de la espalda completamente relajada, parecía un dios mitológico descansando tras la guerra.
Carmín se deslizó hacia el cuarto de baño principal, un santuario de mármol blanco y grifería negra. Hizo sus necesidades con prisa y encendió la enorme regadera de lluvia. El sonido siseante y constante del agua caliente corriendo no tardó en surtir efecto al otro lado de la puerta. El eco del agua despertó al italiano, quien abrió los ojos con el instinto alerta, pero al recordar el aroma a vainilla y fuego de la noche anterior, una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro. No dudó un solo segundo en ponerse de pie para ir a darle los buenos días a su postre mexicano.
Cuando Vincent abrió la puerta de cristal esmerilado del baño, el vapor ya había inundado la estancia, creando una atmósfera mística. Lo primero que captó su mirada a través de la neblina fue una visión que le cortó el aliento: ese enorme trasero firme y esas frondosas piernas húmedas que lo habían vuelto loco unas horas antes. El agua caía en cascada sobre la piel canela de Carmín, acentuando cada una de sus peligrosas curvas. El simple hecho de verla en ese estado, indefensa pero imponente bajo el agua, puso al mafioso completamente duro y listo para la faena en un parpadeo.
Carmín no tuvo tiempo de sorprenderse. Al sentir el impacto de esas manos fuertes, grandes y ásperas aferrándose con firmeza a sus caderas, un escalofrío de anticipación la recorrió por completo. No hubo espacio para las dudas ni para los juegos de la noche anterior; lo recibió de espaldas, apoyando las palmas de sus manos contra el mármol frío de la pared de la ducha mientras él se encajaba contra su cuerpo con una urgencia renovada. Carmín le regaló al instante esos gemidos agudos y rotos que volvían loco a Vincent, rompiendo la acústica del baño mientras el agua caliente se mezclaba con el sudor y la pasión de un segundo asalto salvaje.
El baño terminó siendo un caos de vapor, gemidos amortiguados por el agua y promesas silenciosas de posesión.
Una vez que la adrenalina disminuyó y ambos salieron de la ducha envueltos en gruesas batas de baño blancas, el hambre física reclamó su territorio. Vincent, demostrando que su caballerosidad caminaba a la par de su brutalidad en la cama, tomó el teléfono y pidió un desayuno a la habitación. Pero no ordenó un servicio ordinario. Mandó a traer un banquete basto y sustancioso; de esos que en su país se les da exclusivamente a los guerreros que regresan a casa tras haber ganado la batalla más dura y gloriosa de sus vidas.
Minutos después, la mesa de la terraza del penthouse estaba inundada de fuentes con fruta fresca, embutidos italianos, pan recién horneado, huevos benedictinos y un café expreso tan cargado como la energía que aún flotaba entre ellos. Carmín, sentada frente al "empresario" con el cabello húmedo y las mejillas todavía encendidas, devoró el desayuno con el mismo apetito con el que se habían devorado horas antes. Sabía que la tregua en Italia estaba funcionando, y que el dolor de su pasado se había ahogado por completo en la cama de un italiano que sí sabía cómo adorar a un ángel con curvas.
no se vale