Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“La promesa de Elsa”
La casa estaba en penumbra.
Los preparativos para la boda llenaban cada rincón con telas blancas, flores secas, y murmullos.
Pero el cuarto de Elsa era un mundo aparte.
Allí solo había silencio.
Y un aire espeso… como si el tiempo se hubiese detenido para ella.
Joshua entró en puntillas.
Tenía apenas seis años, pero cargaba los ojos tristes de un anciano.
Llevaba en las manos un plato con pan y leche tibia.
—Elsa, —susurró, al verla sentada en la alfombra, en su rincón favorito bajo la ventana— no comiste nada. Traje esto para ti.
Ella volteó despacio.
Sus ojos, hinchados de tanto llorar, se suavizaron solo al verlo.
—Gracias, mi ángel.
Tomó el plato, pero no probó nada.
Joshua se sentó a su lado.
No dijo nada.
Solo se acurrucó contra ella, como solía hacer cuando tenía pesadillas.
—¿Estás triste porque te vas a casar con ese hombre malo? —preguntó con esa brutal honestidad de los niños.
Elsa tragó saliva.
—Sí. —respondió simplemente.
—Entonces no te cases.
—No puedo hacer eso, Joshua… si no lo hago… algo muy malo podría pasarle a alguien que yo amo mucho. Mucho más de lo que imaginas.
Joshua levantó la mirada.
—¿A Tomás?
Elsa contuvo el aire.
Un latido se le trabó en el pecho.
—¿Por qué dices ese nombre? —susurró, con un hilo de voz.
—Te escuché decirlo anoche mientras dormías. Dijiste: “Tomás, no me olvides”.
Elsa apretó los labios.
Las lágrimas le subieron como una marea.
—Sí, Joshua… Tomás era alguien muy especial para mí. Fue el primero en hacerme sentir que era más que una deuda, más que una hija vendida, más que una promesa rota.
Joshua la abrazó fuerte.
—¿Y si yo fuera grande y fuerte, lo protegería por ti. Pero soy pequeño…
—No, —dijo ella, abrazándolo con fuerza— tú ya eres más valiente que todos los adultos en esta casa.
Fuiste el único que intentó protegerme cuando todos se callaron.
Por eso, Joshua, necesito que me prometas algo.
Joshua la miró, serio.
—Prométeme que vas a estudiar.
Que vas a crecer sin miedo.
Y que si un día recuerdas esto…
no vas a odiarme por casarme con ese hombre.
Lo hago por proteger… lo poco que todavía amo.
Joshua asintió.
Sus ojitos se llenaron de lágrimas también.
—No te vayas, Elsa…
—No me voy. Solo que… me voy un poco de aquí adentro, —dijo, tocándose el pecho.
Esa noche, Elsa se quedó dormida con la cabeza recostada en el regazo de Joshua.
Y por primera vez en semanas, el sueño fue dulce.
Soñó con Tomás, corriendo hacia ella entre los maizales.
Pero justo antes de tocarla…
una sombra se interponía entre ellos.
La sombra de una firma.
Un velo blanco.
Una jaula con flores.
“Antes del ‘Sí, acepto’”
El reloj oxidado del pueblo marcaba las 5:47 a.m.
Tomás se levantó de golpe.
El sudor pegado al pecho.
La respiración agitada.
El corazón palpitando como si estuviera por perder algo muy importante.
Había soñado con una niña.
Una niña de ojos grandes, risa libre…
Y de pronto, la imagen se fundía con la de una mujer de mirada triste, encerrada tras un velo.
Una jaula.
Un altar.
Se puso de pie con torpeza.
El vendaje de su pierna aún estaba fresco, pero su cuerpo ya no era el mismo de hace tres semanas.
Había entrenado con el viejo Silvio antes de venirse al pueblo.
Madera cortada. Brazos fortalecidos.
El dolor persistía, pero la voluntad lo opacaba.
Tomás se miró al espejo.
Aún no sabía quién era realmente.
Pero sabía que debía moverse.
—Tengo que llegar. No sé a dónde. No sé a quién. Pero tengo que llegar.
Vestido con una camisa limpia que le prestó Doña Pachita, bajó las escaleras de la residencia.
Ella lo esperaba, como siempre, sentada en su mecedora, con un rosario entre los dedos.
—Te vas temprano, mijo.
—No puedo quedarme. Algo… algo me llama. Algo me falta.
Doña Pachita lo miró como si ya lo supiera.
Le dio una bolsita de tela con pan y un huevo cocido.
—Dios te guíe, hijo. Y que recuerdes lo que tu alma ya sabe.
Tomás le agradeció con un abrazo breve.
Y salió.
El pueblo comenzaba a despertar.
Carretas, gallinas sueltas, mujeres barriendo los portales.
Y entre murmullos, todos hablaban de la boda.
—Hoy es el gran día, —decía una florista.
—¿Quién diría que la niña Luján terminaría con el Montenegro ese? —respondía otra, con tono burlón.
El nombre le sonó como un golpe.
Luján.
Tomás giró.
Sintió el aire cortarse en el pecho.
¿Luján?
El apellido resonaba en su mente como un eco lejano.
Un recuerdo a punto de romper el caparazón.
Corrió.
No sabía hacia dónde.
Solo seguía los susurros, los decorados, las flores blancas en los portales.
Seguía el temblor en su estómago, el vértigo en el alma.
Al fondo, en la colina junto a la vieja iglesia de San Elías, una carpa blanca se levantaba.
Altar, sillas, coro.
Todo estaba listo.
Y entonces lo sintió.
Una punzada en el pecho.
Un vacío.
Como si lo estuvieran arrebatando de sí mismo.
Ella está allí.
Tengo que llegar.
No sé por qué… pero si no llego, algo dentro de mí morirá.
Y comenzó a correr.
Con la pierna dolorida.
Con el corazón rugiendo.
Con la memoria ardiendo por romperse.
Faltaban dos horas para la boda.
Y Tomás…
aún no recordaba que Elsa era la mujer a la que había amado toda su vida.
Pero su alma,
su cuerpo,
sus manos…
ya la estaban buscando.