Rose Walker jamás imaginó que un viaje cambiaría su vida para siempre. Reconocida como una joven guionista en ascenso en California, su sueño finalmente se estaba haciendo realidad cuando fue invitada a Singapur para participar en el rodaje de la película que había escrito durante años. Todo parecía perfecto: el éxito, el reconocimiento y la oportunidad que siempre había esperado. Pero el destino tenía otros planes.
Durante el vuelo, una violenta tormenta provoca un accidente aéreo que termina con el avión estrellándose en una isla desconocida perdida en medio del océano. Rose despierta sola entre restos del avión, rodeada únicamente por selva, montañas y un silencio aterrador. Sin experiencia sobreviviendo lejos de la civilización, deberá aprender a luchar contra el hambre, el miedo y la desesperación mientras intenta mantenerse con vida.
Sin embargo, la isla no está desierta.
Mientras explora el lugar buscando agua y comida, Rose descubre algo imposible: una antigua civilización e
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Capítulo 3
Corrí hacia las luces sin pensar.
La arena se hundía bajo mis pies y mi respiración era cada vez más rápida. Las voces seguían escuchándose a lo lejos, mezcladas con el sonido del viento nocturno. Mi corazón golpeaba tan fuerte contra mi pecho que apenas podía escuchar otra cosa.
Personas.
Había personas en la isla.
La esperanza me llenó tan deprisa que por un momento olvidé el accidente, el dolor y el miedo.
Atravesé parte de la playa hasta acercarme al borde de la selva. Las luces seguían moviéndose entre los árboles.
Entonces me detuve.
Parpadeé confundida.
Las luces desaparecieron.
No.
No habían desaparecido.
Estaban flotando.
Pequeños puntos dorados comenzaron a elevarse lentamente alrededor de las palmeras. Cientos de ellos iluminaban la oscuridad como estrellas suspendidas en el aire.
Luciérnagas.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
Toda aquella esperanza… solo había sido mi imaginación desesperada buscando compañía donde no la había.
Di un paso hacia atrás lentamente.
Luego otro.
Y el cansancio terminó golpeándome de lleno.
Caí de rodillas sobre la arena húmeda mientras las luciérnagas seguían brillando frente a mí.
Me cubrí el rostro con las manos intentando no llorar otra vez.
Las posibilidades de que alguien hubiera sobrevivido al accidente eran mínimas. Lo sabía. Después de aquella explosión… después del impacto… era imposible.
Yo había sobrevivido por pura suerte.
O por una cruel coincidencia.
El océano rugía detrás de mí mientras la isla permanecía completamente indiferente a mi dolor.
Y por primera vez entendí algo aterrador.
Tal vez nadie vendría a rescatarme.
La mañana llegó acompañada de un calor sofocante.
Desperté dentro de la cueva con el cuerpo rígido y la garganta seca. La fogata se había apagado hacía horas y apenas quedaban cenizas.
Salí lentamente hacia la playa mientras el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte.
La isla era enorme.
Desde donde estaba podía ver montañas cubiertas de vegetación elevándose a lo lejos. Algunas parecían perderse entre nubes bajas. Todo era demasiado verde, demasiado salvaje.
Pero no me atreví a entrar en la selva.
No todavía.
Algo dentro de mí seguía diciendo que era peligroso.
Así que pasé la mañana recorriendo la orilla de la playa intentando encontrar comida.
Fue un desastre.
Intenté pescar usando una rama afilada que improvisé como lanza, pero cada vez que creía acercarme a un pez terminaba tropezando con las olas o clavando el palo en la arena.
Ni un solo pez.
Después intenté abrir un coco golpeándolo contra unas rocas.
Tampoco funcionó.
Terminé sentada bajo una palmera, sudando y frustrada mientras observaba el coco intacto frente a mí.
Solté una risa amarga.
—Excelente, Rose… —murmuré—. Sobreviviste a un accidente aéreo para morir porque no sabes abrir un coco.
Nunca había estado preparada para algo así.
Toda mi vida había transcurrido entre cafeterías, oficinas y mi pequeño apartamento en California. Pasaba días enteros escribiendo guiones frente al ordenador, sobreviviendo con café frío y comida a domicilio.
La naturaleza nunca había formado parte de mi vida.
Y ahora estaba atrapada en medio de ella.
La ironía era cruel.
Después de años intentando que algún estudio aceptara una de mis historias, por fin había conseguido la oportunidad de mi vida.
Y entonces ocurrió la catástrofe.
Apreté los ojos con fuerza intentando no pensar en eso.
Seguí buscando comida y logré encontrar unas pequeñas frutas rojizas creciendo cerca de unas rocas. Eran agrias y desagradables, pero al menos calmaban un poco el hambre.
El verdadero problema era el agua.
La botella que había recuperado del avión estaba casi vacía.
Miré el océano.
No era una opción.
Sabía perfectamente que beber agua salada podía matarme más rápido.
Necesitaba encontrar agua dulce.
Y eso significaba entrar en la selva.
Tomé aire profundamente.
Luego agarré el palo que había improvisado como arma y me dirigí hacia el interior de la isla.
La diferencia de temperatura fue inmediata.
Bajo las enormes copas de los árboles el aire era más húmedo y pesado. La luz apenas atravesaba las hojas. Todo olía a tierra mojada, plantas y madera vieja.
Cada sonido hacía que mi cuerpo se tensara.
Escuchaba insectos zumbando constantemente. Pequeños animales moviéndose entre los arbustos. A veces algo corría cerca de mis pies y desaparecía antes de que pudiera verlo.
Incluso llegué a escuchar gruñidos lejanos.
Eso aceleró aún más mis pasos.
Intentaba memorizar el camino para no perderme mientras apartaba ramas y raíces enormes.
Entonces lo escuché.
Agua.
Me detuve inmediatamente.
Era un sonido suave, constante.
Corriente.
Seguí avanzando guiándome por el ruido hasta que la vegetación comenzó a abrirse poco a poco.
Y finalmente la vi.
Una cascada.
El agua caía desde unas rocas cubiertas de musgo hacia un río cristalino. La luz del sol atravesaba las hojas iluminando pequeñas gotas suspendidas en el aire.
Nunca había visto algo tan hermoso.
Corrí hacia el río sin pensarlo.
Me arrodillé junto al agua y empecé a beber desesperadamente. El agua fría recorrió mi garganta seca y sentí un alivio tan intenso que casi me hizo llorar.
Bebí una y otra vez hasta recuperar el aliento.
Entonces escuché pasos.
Mi cuerpo se congeló.
Alguien venía.
Me levanté rápidamente y me escondí detrás de unas rocas cubiertas de plantas, sujetando el palo con fuerza mientras intentaba no hacer ruido.
Los pasos se acercaron.
Y entonces la vi.
Era una chica joven.
Tendría quizá mi edad o un poco menos. Su piel era canela y su cabello negro caía largo hasta la cintura. Llevaba una tela clara rodeándole el cuerpo y sostenía una gran jarra sobre la cabeza con total equilibrio.
Parecía… tranquila.
Como si conociera perfectamente aquel lugar.
Observé sorprendida cómo se acercaba al río y llenaba cuidadosamente la jarra de agua.
Había una persona viviendo en la isla.
Pero algo no encajaba.
No parecía una superviviente.
Parecía pertenecer a ese lugar.
Cuando terminó, levantó la jarra nuevamente y comenzó a caminar selva adentro.
Y yo decidí seguirla.
Mantuve cierta distancia, escondiéndome entre árboles y arbustos mientras avanzaba silenciosamente detrás de ella.
Poco a poco noté algo extraño.
El suelo comenzaba a despejarse de vegetación.
Había un camino de tierra.
Un sendero marcado.
Alguien lo utilizaba constantemente.
Mi respiración se aceleró.
Seguí caminando detrás de ella hasta que los árboles comenzaron a abrirse.
Y entonces lo vi.
Mis pasos se detuvieron por completo.
Frente a mí había una civilización entera escondida en medio de la isla.
Edificios enormes construidos con piedra se elevaban entre la selva. Algunas estructuras parecían pirámides antiguas cubiertas parcialmente por plantas y enredaderas. Había humo subiendo desde fogatas y decenas de personas moviéndose de un lado a otro.
Era una tribu.
Pero no como las que había visto en documentales.
Todo allí parecía… diferente.
Las mujeres cocinaban cerca de grandes recipientes de barro mientras otras lavaban ropa junto a canales de agua. Los hombres regresaban cargando redes llenas de peces y lanzas enormes.
Y todos eran increíblemente altos.
Mucho más altos de lo normal.
Los hombres parecían fuertes como guerreros, con cuerpos atléticos y músculos marcados. Incluso las mujeres eran altas y elegantes.
Me quedé completamente inmóvil observando aquella escena desde la selva.
El corazón me latía tan fuerte que temía que pudieran escucharlo.
No estaba sola en la isla.
Nunca lo había estado.