✅️🔞Zane amó a Noah en silencio durante una década, protegiéndolo desde las sombras con una devoción obsesiva. Cuando el pasado regresa encarnado en Jessica, Zane decide romper todas las reglas. Entre las paredes de un estrecho monoambiente, la amistad se transforma en un deseo eléctrico que cambiará sus destinos para siempre.🔞✅️
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Siempre hay espacio para ti
Dos años habían pasado volando, y el tiempo se notaba en cada centímetro que habían crecido. A los catorce años, el cuarteto ya no era el grupo de niños pequeños del primer día. El baloncesto se había convertido en su vida; ahora tenían hombros más anchos, piernas largas y fuertes, y una agilidad que los hacía destacar en la cancha de la escuela. Zane era el más alto, una torre de cabello negro y ojos azules que atraía miradas allá donde fuera. Noah, apenas dos centímetros más bajo, era pura fibra y velocidad, con esa piel morena que siempre parecía brillar por el sudor después del entrenamiento y sus hoyuelos listos para aparecer en cualquier momento. Pero esa tarde de sábado, la sonrisa de Noah se había apagado.
La cita en el cine había empezado bien, pero al salir, bajo la luz naranja del atardecer, Jessica se detuvo. Sus ojos estaban rojos.
—Noah, tengo que decirte algo... —susurró ella, apretando su bolso—. Mi papá... lo transfirieron. Nos vamos al extranjero en dos semanas.
El mundo de Noah se detuvo. Sintió un frío repentino a pesar del calor de la tarde.
—¿Al extranjero? Pero... podemos esperar. Yo puedo enviarte cartas, videollamadas, lo que sea.
Jessica negó con la cabeza, llorando.
—Mi hermana Ana dice que es mejor terminar. Que las relaciones a distancia solo traen dolor y que no sabemos si regresaré algún día. Noah, te amo, eres el mejor novio del mundo, pero no quiero que te quedes esperando algo que quizás no pase.
Noah, con el corazón hecho pedazos, la miró. Sus ojos café, que siempre cambiaban con la luz, se veían oscuros y apagados.
—Si eso es lo que quieres... está bien.
Se dieron un último beso, dulce y amargo a la vez, frente a la taquilla del cine. Él, como el caballero que siempre fue, la acompañó hasta la puerta de su casa en silencio. Cuando ella entró, Noah caminó sin rumbo hasta el parque donde solían reunirse los cuatro amigos. Se sentó en un banco de madera, sacó su teléfono y empezó a pasar las fotos: Noah y Jessica en el parque, Noah y Jessica comiendo helado, Noah y Jessica en el baile escolar.
Sus dedos temblaban. No podía estar solo. Necesitaba a su otra mitad, a su hermano. Marcó el número de Zane.
—¿Zane? —Su voz salió rota.
—¿Noah? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? —La voz de Zane sonó alerta de inmediato.
—En el parque... el de siempre. Jessica... ella se va, Zane. Terminamos.
—No te muevas de ahí. Llego en diez minutos.
Zane colgó. No tenía licencia, solo tenía catorce años, pero por un momento pensó seriamente en robarle las llaves del auto a su padre. Quería llevarse a Noah lejos, muy lejos, donde ninguna chica pudiera hacerlo llorar. Al final, corrió como si estuviera en una final de campeonato, atravesando calles y saltando cercas hasta que divisó la figura de Noah en el banco.
Zane llegó jadeando, con el cabello alborotado y el corazón a mil. Al ver a Noah allí, tan pequeño a pesar de sus músculos de atleta, sintió un golpe en el pecho.
—Hey —dijo Zane suavemente, sentándose a su lado.
Noah no levantó la vista. Tenía el teléfono bloqueado, pero sus ojos estaban fijos en el reflejo de la pantalla.
—Se va a otro país, Zane. Su hermana la convenció de que me dejara. Dice que es lo mejor para los dos.
—¿Lo mejor? —Zane apretó los puños—. Ella no sabe lo que es mejor para ti.
—Me besó por última vez... —Noah finalmente levantó la mirada y Zane vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Me duele mucho, Zane. Siento que me falta el aire.
En ese momento, Noah no pudo aguantar más y rompió a llorar. Fue un llanto silencioso, de esos que duelen más. Zane, sin pensarlo, lo rodeó con sus brazos largos y fuertes, pegando la cabeza de Noah a su pecho. Podía sentir los espasmos del llanto de su amigo contra su camiseta de baloncesto.
Zane cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre el cabello negro de Noah. En lo más profundo de su ser, sintió algo que lo asustó: alivio. Una chispa de alegría egoísta saltó en su corazón porque ella ya no estaría, porque Noah volvía a ser "suyo". Pero al sentir las lágrimas de su amigo, esa alegría se convirtió en culpa.
—Ya está, ya está —susurró Zane, acariciándole la espalda—. Aquí estoy yo. No te voy a dejar solo.
—Prométeme que no te vas a ir también —dijo Noah con voz ahogada—. Luke y Mauro están siempre en lo suyo... pero tú... no te vayas.
Zane lo apretó más fuerte. La idea de que Noah pensara que él podría irse era ridícula.
—Escúchame bien, Noah Brooks. Ni aunque me paguen un millón de dólares me muevo de tu lado. Si te vas a la luna, yo construyo un cohete. Somos nosotros dos contra el mundo, ¿recuerdas?
Noah se separó un poco, limpiándose los ojos con la manga. Intentó sonreír, y por un segundo, un hoyuelo amagó con aparecer.
—Gracias, Zane. No sé qué haría sin ti. Eres el mejor amigo del mundo.
Zane sintió un pinchazo al oír la palabra "amigo", pero lo ignoró.
—Bueno, basta de llorar por hoy. Si fuera mayor, te subiría a un auto y conduciría hasta que se acabara el mapa para que te olvidaras de todo. Pero como solo tenemos catorce y mis piernas son básicamente fideos largos, lo máximo que puedo hacer es llevarte a mi casa a jugar videojuegos hasta que se nos caigan los ojos. ¿Vienes?
Noah asintió, sintiéndose un poco más ligero.
—¿Podemos dormir en la misma habitación? No quiero estar solo en la mía pensando en ella.
Zane sintió que su corazón saltaba de alegría otra vez.
—Claro. Siempre hay espacio para ti en mi cuarto. Vamos.
Caminaron juntos bajo las estrellas que empezaban a salir. Zane volvió a pasar su brazo por los hombros de Noah, pero esta vez no era solo por costumbre. Era una promesa silenciosa. Mientras Noah miraba su teléfono esperando un mensaje corto de Jessica, Zane lo miraba a él, jurando que, de ahora en adelante, él sería quien llenaría cada uno de sus vacíos.