En un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido y los secretos pesan más que las palabras, Melika Rivas siempre creyó conocer a las personas que la rodeaban. Hasta que empezó a notar cosas imposibles. Chicos demasiado fuertes. Miradas que esconden algo salvaje. Noches donde el bosque parece respirar. Y en medio de todo aparece Orión Lurks, el mejor amigo de su hermano, tan misterioso como peligroso. Alguien que parece saber más sobre ella de lo que debería. Mientras la luna llena se acerca, Melika descubrirá que en su pueblo existen secretos capaces de destruir familias, despertar monstruos… y cambiarla para siempre.
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A medias
La cocina estaba demasiado tranquila.
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No era el silencio de la noche.
Era otro.
Más consciente.
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Melika no apartó la mirada de Ícaro.
—¿Qué me hiciste?
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Él apoyó las manos sobre la mesada.
No respondió de inmediato.
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Eso ya era una respuesta.
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Melika sintió cómo algo en su pecho se tensaba.
—No me digas que “nada”.
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Ícaro exhaló lento.
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—Te ayudé a dormir.
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Simple.
Corto.
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Insuficiente.
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Melika frunció el ceño.
—No fue solo dormir.
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Silencio.
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Ícaro bajó la mirada un segundo.
Como si estuviera eligiendo cada palabra antes de decirla.
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—A veces… —empezó— cuando alguien se sobrecarga—
Se detuvo.
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Melika lo observó.
—¿Alguien?
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Él levantó la vista.
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—Vos.
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No lo suavizó.
No lo evitó.
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Eso la hizo tensarse.
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—¿Sobrecarga de qué? —preguntó.
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Ícaro dudó.
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—De estímulos.
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Melika soltó una risa corta.
—¿Estímulos?
—Sonidos. Sensaciones. Cosas que… no todos perciben igual.
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No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
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Melika lo sintió.
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—¿Y ahora sí? —preguntó—. ¿Ahora los percibo?
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Ícaro no respondió.
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Ahí estaba.
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—Entonces sí —murmuró ella—. Sí es algo raro.
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Él apretó la mandíbula.
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—No es raro.
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—Entonces explicalo.
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Silencio.
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Ícaro pasó una mano por su nuca.
Un gesto nervioso.
Raro en él.
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—No puedo.
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La respuesta cayó pesada.
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Melika lo miró fijo.
—No querés.
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—No puedo —repitió.
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Eso la hizo enojar.
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—Siempre es lo mismo con ustedes.
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Dio un paso atrás.
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—Dicen algo, pero no todo. Explican, pero no de verdad.
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Ícaro la miró.
Y por un segundo…
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se quebró un poco.
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—Es para protegerte.
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Melika soltó una risa amarga.
—¿De qué?
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Silencio.
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Ícaro no respondió.
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Otra vez.
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Melika negó con la cabeza.
—Claro.
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Se giró.
Pero no se fue.
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—¿Lo de anoche… fue normal? —preguntó, más bajo.
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Ícaro tardó en responder.
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—No.
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Melika se quedó quieta.
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—¿Y lo de ahora?
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Él la observó.
Más serio.
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—Tampoco.
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El aire cambió.
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Porque eso sí era verdad.
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Melika tragó saliva.
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—Entonces estoy cambiando.
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No fue una pregunta.
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Ícaro no lo negó.
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Eso fue suficiente.
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Melika cerró los ojos un segundo.
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Todo encajaba.
Pero al mismo tiempo…
no.
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—¿Desde cuándo lo sabés? —preguntó.
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Ícaro dudó.
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—Desde siempre.
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Esa respuesta dolió más que todas.
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Melika volvió a mirarlo.
—¿Y yo no?
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Silencio.
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—No —dijo él.
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Directo.
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Honesto.
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Tarde.
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Melika apretó los labios.
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—Perfecto.
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No gritó.
No se alteró.
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Eso fue peor.
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Porque esta vez…
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no era enojo.
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Era distancia.
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—La próxima vez que “me ayudes” —dijo—, avisame.
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Ícaro frunció el ceño.
—Mel—
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—No —lo cortó—. No decidas por mí.
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Silencio.
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Ícaro bajó la mirada apenas.
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—No podía dejar que salieras.
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Melika se quedó quieta.
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—¿Por qué?
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Él dudó.
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Un segundo.
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Dos.
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—Porque no ibas a volver igual.
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El aire se volvió más pesado.
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Melika sintió un escalofrío.
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No de miedo.
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De certeza.
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—Entonces ya empezó.
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Ícaro no respondió.
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No hacía falta.
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Melika dio un paso atrás.
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Todo en ella estaba… distinto.
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Más claro.
Más presente.
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Y aun así…
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más lejos de todo lo que conocía.
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—Cinco meses —murmuró.
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Ícaro frunció el ceño.
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—¿Qué?
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Melika lo miró.
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—Faltan cinco meses para mi cumpleaños.
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Silencio.
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Ícaro no dijo nada.
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Pero en su mirada…
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algo cambió.
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Y eso fue todo lo que necesitaba.
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Melika asintió apenas.
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—Sí… definitivamente ya empezó.
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Y esta vez…
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nadie lo negó.