Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que realmente soy
Después de aquel día, nada volvió a sentirse igual, no de la forma silenciosa y controlada a la que me había acostumbrado durante mis primeros meses en este mundo, porque la aparición del espíritu no fue solo un evento extraordinario para quienes lo presenciaron, no fue solo un espectáculo que dejó a nobles y sirvientes sin palabras, sino que marcó un antes y un después en mi propia existencia, en la forma en la que percibía la magia, en la manera en la que mi cuerpo reaccionaba a ella, e incluso en cómo el mundo parecía responder a mi presencia, como si algo invisible se hubiera ajustado, como si una pieza que faltaba finalmente hubiera encajado en su lugar, y aunque no todo cambió de inmediato, porque mi cuerpo seguía siendo el de una niña pequeña con limitaciones inevitables, sí hubo algo que se volvió constante desde ese momento.
No estaba sola.
Mi espíritu… mi compañero, porque incluso si nadie me explicó formalmente qué era exactamente lo que había sellado conmigo aquel día, lo sentía, lo comprendía de una forma instintiva, permanecía cerca de mí la mayor parte del tiempo, flotando a mi alrededor como una pequeña presencia luminosa que contrastaba con todo lo que había visto en el espíritu de Estefan, y aunque su forma actual era la de un bebé, pequeña, casi frágil a simple vista, había algo en él —o en ello— que transmitía una profundidad difícil de ignorar, una conciencia que no correspondía a su apariencia, como si esa forma fuera solo una adaptación, una manera de acompañarme sin abrumar el entorno, y aun así, a pesar de esa cercanía constante… dormía.
Dormía mucho, demasiado. La mayor parte del tiempo, de hecho.
Al principio pensé que era inútil, que su presencia era más simbólica que funcional, porque pasaba horas, días incluso, flotando en silencio con los ojos cerrados, como si nada a su alrededor le interesara, y no voy a negar que eso me irritó más de lo que debería, porque si había hecho un pacto con un espíritu de alto nivel, esperaba al menos… algo, alguna guía, alguna señal clara de que no estaba sola en este cambio que estaba intentando provocar, pero con el tiempo entendí que incluso en ese estado, incluso en ese aparente letargo, su existencia tenía un efecto.
Lo sentía en la magia y en mí.
Era como si mi propio poder respondiera mejor, como si fluyera con más naturalidad, como si esa conexión silenciosa fortaleciera algo que aún no comprendía del todo, y aunque no podía hablar con él —no realmente— había momentos en los que, cuando estaba despierto, sus pequeños movimientos, sus leves cambios de expresión, parecían… responder.
Como si me entendiera, como si siempre hubiera estado ahí.
El tiempo siguió avanzando, y con él, mi cuerpo finalmente comenzó a alcanzar un punto que había estado esperando con más ansias de las que me gustaría admitir, porque aprender a gatear fue solo el inicio, un paso necesario pero insuficiente, y aunque arrastrarme por el suelo me dio cierta libertad, cierta independencia mínima, no era suficiente para alguien que había vivido dieciséis años con control total de su movilidad, pero eventualmente, después de caídas, intentos fallidos y una paciencia que seguía poniéndose a prueba cada día, lo logré.
Caminar.
No perfectamente, no con la elegancia o estabilidad que recordaba, pero lo suficiente.
Un paso, luego otro. Y luego… equilibrio.
La primera vez que lo hice sin caer, sin apoyo, sin ayuda… fue una sensación extraña, porque no fue solo un logro físico, fue una confirmación, una prueba tangible de que finalmente estaba avanzando hacia algo más que la simple supervivencia en este cuerpo, que ya no estaba completamente atrapada, que poco a poco comenzaba a recuperar el control que tanto necesitaba para cumplir lo que me había propuesto desde el inicio.
Y con ese avance… llegaron otros.
Las palabras.
Al principio fueron sonidos raros, intentos torpes de imitar lo que escuchaba a mi alrededor, frustrantes en su lentitud, pero inevitables, y aunque mi mente ya tenía la estructura del lenguaje completamente formada, mi boca, mi lengua, todo lo físico… necesitaba aprender desde cero, como si fuera la primera vez, lo que convirtió algo que antes era automático en un proceso consciente, incómodo y repetitivo, pero persistí, porque cada sílaba correcta, cada palabra formada, era una herramienta más, una puerta que se abría, una forma de dejar de ser solo una observadora.
—Ma… —fue de las primeras.
Simple, básica, pero suficiente para provocar una reacción desproporcionada en quienes me rodeaban.
—Selene… ¿lo dijiste…? —la voz de mi madre tembló, llena de emoción, mientras me sostenía, y aunque para ella era un momento lleno de significado, para mí era… progreso.
Solo eso, pero lo acepté. Porque también lo era.
El lenguaje llegó más rápido después de eso, como si una vez abierto el camino, todo fluyera con mayor facilidad, y aunque aún no podía mantener conversaciones complejas, ya podía expresar ideas simples, necesidades, intenciones, lo cual, aunque limitado, era infinitamente mejor que el silencio absoluto de meses atrás.
Y entonces un día… encontré algo más.
La biblioteca.
No fue planeado, no de forma consciente al menos, porque en ese momento aún no tenía la libertad total para moverme por el ducado sin supervisión, pero las distracciones de los adultos, su confianza creciente en mi capacidad para caminar sin problemas, y quizás un poco de suerte, hicieron que un día simplemente… llegara hasta allí.
El lugar era más grande de lo que esperaba.
Filas de estanterías, libros de distintos tamaños, olores a papel y polvo que, de una forma extraña, resultaban familiares y reconfortantes, y por un instante, me quedé quieta, observando, sintiendo algo que no había experimentado desde que llegué a este mundo.
Nostalgia.
Porque esto… esto sí era mío. Esto sí lo entendía.
Me acerqué con pasos aún algo inseguros, estirando mis manos hacia uno de los libros más bajos, torpemente, con el cuidado limitado que mi edad permitía, y cuando finalmente lo abrí… no hubo confusión.
No hubo barrera, no hubo dificultad.
Entendí.
Las palabras, el idioma, la estructura… todo. Como si siempre hubiera estado en mí, como si no necesitara aprenderlo, como si formara parte de lo que soy ahora. Una mezcla de mi vida anterior… y esta.
Mis ojos recorrieron las líneas con rapidez, con una familiaridad que contrastaba completamente con mi apariencia infantil, y por primera vez desde que llegué a este mundo, sentí algo cercano a la tranquilidad, a la certeza, porque si podía leer, si podía aprender, si podía entender la magia, la historia, las reglas de este lugar… entonces no estaba en desventaja.
No completamente.
Mi espíritu, que rara vez se mantenía despierto por mucho tiempo, flotó a mi lado en ese momento, observando en silencio, y aunque no dijo nada, aunque no hizo ningún gesto evidente… su presencia se sintió más clara.
Más cercana, como si aprobara, como si esperara y cerré el libro lentamente, con una pequeña, casi imperceptible sonrisa formándose en mis labios.
Porque ahora… ya no solo estaba reaccionando. Ahora… podía empezar a prepararme. De verdad, para cambiarlo todo.