Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 7: El pacto de los ausentes
La vibración en el aire entre ellos era casi tangible, una presión invisible que amenazaba con aplastar la frivolidad de la música de fondo. Vivianne sintió el impulso biológico de retroceder, de apartarse de la intensidad sofocante de aquellos ojos carmesí que parecían escarbar en el abismo de sus recuerdos. Sin embargo, apretó los dientes bajo la máscara de plata y forzó a sus pulmones a llenarse de aire. No había regresado de la muerte para dejarse intimidar por el misticismo de un duque norteño.
Apoyando una mano con estudiada indolencia sobre el frío relieve de la columna de mármol, Vivianne ladeó la cabeza. Su mirada de obsidiana sostuvo el fuego de las pupilas de Stefan sin pestañear. Una sonrisa cargada de una fina y afilada ironía dibujó sus labios carmesí.
—El norte debe ser un territorio sumamente aburrido y desolado, Gran Duque, si ha tenido que viajar hasta la capital solo para inventar poesía barata sobre los ojos de las princesas —respondió Vivianne. Su voz fue un susurro cortante, desprovisto de cualquier temor—. Le sugiero que guarde sus metáforas para las damas de la corte que se deslumbran con facilidad. Conmigo está perdiendo el tiempo.
Lejos de ofenderse o retirarse ante el desaire de la heredera, Stefan dejó escapar una risa baja, un sonido sutil y ronco que pareció retumbar directamente en el pecho de Vivianne.
Dando un paso al frente, el duque rompió de golpe cualquier rastro de distancia social o protocolo cortesano. Su imponente figura eclipsó la luz de las lámparas de cristal, envolviendo a Vivianne en su sombra. Estaba tan cerca que la princesa pudo percibir el aroma a tormenta y madera helada que emanaba de su uniforme oscuro.
—No se equivoque, Su Alteza —dijo Stefan, inclinándose apenas lo necesario para que sus palabras murieran directamente en el oído de ella—. A diferencia de los idiotas que llenan este salón pavoneándose con plumas y títulos vacíos, yo no he venido aquí a perder el tiempo, ni a codiciar la corona que lleva en la cabeza, y mucho menos a adular una belleza que ya tiene demasiados pretendientes mediocres.
Stefan hizo una pausa milimétrica, y sus ojos rojos brillaron con una fijeza peligrosa, casi salvaje.
—Si me acerqué a usted, es porque el núcleo de mi ser reconoció el llamado. La casa del Norte posee un juramento de sangre antiguo con la corona imperial, una conexión que los nobles de la capital han olvidado tras siglos de paz. Yo no leo la poesía, princesa. Yo percibo la energía de su linaje. Y en este momento, su sangre no canta con la docilidad de una heredera; ruge con la furia de quien ha regresado de las cenizas.
Vivianne contuvo el aliento, sintiendo cómo los vellos de sus brazos se erizaban. Aquel hombre estaba tocando una fibra demasiado peligrosa. Si él descubría la naturaleza exacta de su regresión, su ventaja en este tablero podría desmoronarse antes de tiempo. No obstante, antes de que pudiera formular una réplica para desviar la atención, la postura de Stefan cambió, volviéndose dura y utilitaria.
El duque desvió la mirada un segundo hacia el extremo opuesto del salón, donde las sombras de las arcadas ocultaban a los invitados menos relevantes, antes de volver a clavar sus ojos carmesí en ella.
—Pero dejemos los misterios del linaje para cuando estemos solos —continuó Stefan, con un tono gélido que devolvió a Vivianne a la cruda realidad de la noche—. Debería preocuparse más por el presente inmediato. En la esquina del ala este, ocultos tras los arreglos florales, la serpiente que llama amiga y el patético hijo del barón al que acaba de humillar están uniendo sus venenos. He alcanzado a ver el intercambio de miradas; planean algo en su contra para esta misma noche. No toleran haber perdido el control sobre usted.
Vivianne entrecerró los ojos, y una fría comprensión la iluminó. Alexander y Lucia. Sabía perfectamente lo que vendría a continuación si la línea del pasado intentaba corregirse.
—Sé perfectamente de lo que son capaces —murmuró Vivianne, con los labios tensos por la rabia reprimida.
—No dudo de que lo sepa —asintió Stefan, dando medio paso atrás para devolverle su espacio, aunque su presencia seguía siendo magnética—. Sin embargo, en un salón lleno de máscaras, le vendría bien tener un par de ojos adicionales que vigilen desde la oscuridad. El Norte está a su disposición en esta velada, Su Alteza. Solo si usted me permite mantener el contacto.
Vivianne lo evaluó en silencio durante un instante eterno. Stefan era un enigma viviente, un peligro latente que no podía controlar, pero en este momento, compartían los mismos enemigos. El desprecio que el duque mostraba por Alexander y Lucia era genuino.
—Acepto sus ojos, Gran Duque —sentenció Vivianne, enderezando la postura y recuperando su máscara de absoluta realeza—. Mantenga la vigilancia. Veamos si el lobo del norte es tan eficiente en la corte como lo es en los campos de batalla.
Stefan esbozó una sutil y enigmática sonrisa bajo su máscara negra. Hizo una inclinación de cabeza apenas perceptible y, con la misma fluidez con la que había aparecido, dio un paso atrás y se diluyó entre las sombras del mármol, dejando a Vivianne sola, con el pulso acelerado y la certeza de que la verdadera cacería acababa de comenzar.
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Tenemos una disputa.
cómo me lo imagino yo
Lo que me mandaron algunas lectoras.
Está en ustedes cuál le gusta
felicidades por tus novelas.