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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

NovelToon tiene autorización de Mahary Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 4

El sol de la tarde entraba por los grandes ventanales del salón principal, iluminando el polvo que flotaba en el aire, igual que flotaban las mentiras en aquella casa. Valeria se había quedado todo el resto de la mañana y la tarde anterior caminando como una sombra, con el peso del contrato grabado en el pecho, con las palabras de Isabella retumbando en su cabeza: “Pobre ingenua… pronto ocuparé mi lugar real”.

Pero hoy era una fecha distinta. Hoy se cumplían exactamente tres años desde el día de su boda. Tres años desde que llegó aquí, vestida de blanco, ilusionada, creyendo que estaba empezando la historia de amor de su vida. Tres años que, ahora sabía, no habían sido más que un largo pago de una deuda que su padre había dejado pendiente.

Sin embargo, algo dentro de ella, ese último resto de corazón que todavía no se había endurecido del todo, quiso intentarlo una vez más. Quiso creer que, aunque fuera un acuerdo, tres años de convivencia debían significar algo. Que tal vez, si le demostraba amor, dedicación, si preparaba todo con el esmero de siempre… Dante podría recordar, podría sentir, podría verla por fin.

Se levantó temprano. Se vistió con un vestido de seda color marfil, más elegante que los habituales, con un corte sutil que marcaba su figura sin ser vulgar, un vestido que ella había guardado para ocasiones especiales. Se arregló el cabello con ondas sueltas, se puso unos pendientes pequeños de perlas —el único regalo que él le había hecho y que no había sido por compromiso— y se aseguró de que todo en ella estuviera impecable.

Pasó toda la tarde preparando la cena. Pidió los ingredientes más finos, cocinó ella misma, algo que casi nunca hacía porque Dante prefería que lo hicieran los profesionales, pero hoy quería que fuera especial. Preparó la mesa del comedor principal con la mejor vajilla, copas de cristal tallado, flores blancas frescas en el centro y velas doradas, igual que en su boda. Enfrente del sitio de él, colocó un regalo: una caja pequeña con un reloj de pulsera, elegido con paciencia, pensando en su gusto, en su estilo.

Sofía la ayudaba en silencio, con los ojos llenos de tristeza, sabiendo muy bien lo que iba a pasar, sabiendo que aquella ilusión era solo un castillo de naipes a punto de derrumbarse.

—Señora… ¿quiere que le ayude a servir el vino? —preguntó ella en voz baja.

—Sí, por favor, Sofía —respondió Valeria, arreglando por enésima vez la servilleta de tela—. Él vendrá. Sé que está ocupado, pero… es nuestro aniversario. No puede olvidarlo. No después de tres años.-

Pero en el fondo, la voz fría de la razón le susurraba: “Se olvidó de tu cumpleaños. ¿Por qué recordaría esto? Para ti es amor. Para él es solo un trato que sigue vigente”.

Eran las ocho de la noche. La cena estaba lista, caliente, perfecta. Las velas estaban encendidas, creando una atmósfera íntima y cálida. Valeria se sentó a esperar, con las manos juntas sobre el regazo, intentando mantener la calma, intentando no pensar en lo que había leído en el despacho el día anterior.

Las nueve.

Las diez.

El silencio de la mansión se volvía ensordecedor. Cada minuto que pasaba era una aguja que se clavaba en su orgullo. Valeria miraba el reloj de pared, ese mismo reloj que le había marcado la soledad en su cumpleaños, y sentía cómo las lágrimas le picaban en los ojos, pero se negaba a dejarlas caer. No más lágrimas por él, se repetía.

A las diez y media, el teléfono fijo de la sala sonó. Valeria saltó del asiento, corrió a atenderlo, con el corazón latiendo desbocado. Era él. Sabía que era él. Tal vez se había retrasado, tal vez tenía una excusa, tal vez venía de camino.

—¿Dante? —preguntó, con la voz entrecortada por la esperanza.

La voz de él sonó al otro lado, fría, distante, apresurada, sin ningún rastro de que fuera una fecha distinta a cualquier otra.

—Valeria, no voy a ir a cenar. Tengo una reunión urgente con inversores internacionales, se alargará hasta muy tarde. No me esperes. Come tú y acuéstate.

Esas palabras fueron como una bofetada en la cara. Ella se quedó helada, con el auricular apretado contra la oreja, mirando la mesa preparada, las velas que se consumían, el regalo que esperaba.

—Dante… —susurró, luchando por que no se le quebrara la voz—. Hoy es… hoy es nuestro aniversario. Preparé todo. Pensé que… que tal vez podríamos estar juntos un rato.

Hubo una pausa al otro lado. Una pausa larga, incómoda, que le dijo más que cualquier palabra. Él lo había olvidado. O peor aún: lo sabía, pero no le importaba lo suficiente para cambiar sus planes.

—Ah —dijo él simplemente, sin emoción, sin culpa, sin nada—. Es verdad. Bueno, lo siento. Los negocios son primero, ya lo sabes. No puedo dejar esto ahora. Otro día, ¿vale? Ahora tengo que colgar.

—¡Dante, por favor! —exclamó ella, incapaz de contenerse más, agarrándose al hilo de voz que quedaba—. Solo son tres años… ¿significa algo para ti o solo soy… solo soy lo que crees que soy?

Iba a decirlo. Iba a gritarle que sabía lo del contrato, que sabía que era una deuda, que sabía que él quería romperlo. Pero Dante cortó antes, con un tono de voz que se endureció de golpe, peligroso y cortante:

—No empieces, Valeria. Ya te he dicho que tengo trabajo. No hagas escenas, es cansado. Hago lo que tengo que hacer para mantener esta vida que tienes. Así que compórtate como debes y no me molestes más. Adiós.-

El sonido de la desconexión resonó en la habitación.

Valeria bajó el auricular despacio, con las manos vacías, con el alma hecha pedazos. Se quedó mirando la mesa llena de comida que nadie comería, las flores que se marchitarían allí mismo, las velas que ardían en vano. Sofía se acercó despacio, puso una mano en su hombro, pero Valeria ni siquiera la sintió.

—Señora… lo siento mucho —murmuró la empleada con los ojos llenos de lágrimas.

—No, Sofía —respondió Valeria, secándose una lágrima traicionera con la manga, con una calma que daba miedo—. No lo sientas. Tienes razón. Soy una tonta por esperar algo que nunca va a llegar. Apaga todo, por favor. Yo… voy a salir un momento. Necesito aire.-

—¿Señora? ¿A esta hora? No creo que sea buena idea…-

—Necesito salir —repitió Valeria, con firmeza, y caminó hacia la entrada para tomar su abrigo.

No sabía dónde ir. Solo sabía que no podía quedarse allí, rodeada de lujo y de soledad, en esa cárcel dorada que él le había regalado como hogar. Necesitaba caminar, alejarse, respirar lejos de su sombra.

Salió de la mansión, bajó la gran escalinata y comenzó a caminar por la avenida principal, una zona llena de restaurantes finos y hoteles de lujo, el mismo barrio donde vivían ellos. La noche era fresca, iluminada por faroles antiguos, y la gente caminaba riendo, en parejas, en grupos, disfrutando de la vida que a ella le habían negado.

Caminó despacio, con la mirada perdida, pensando en todo. En su padre, en su madre, en Dante, en Isabella. Pensando en cómo había cambiado su vida en tres años, pasando de ser una mujer libre a ser una moneda de cambio. Y mientras caminaba, sus pasos la llevaron, casi sin querer, frente a la fachada de Il Giardino, el restaurante más romántico y exclusivo de la ciudad. El lugar donde ella siempre había soñado ir, pero donde Dante nunca la había llevado, diciendo que era “demasiado cursi” para negocios.

Iba a seguir caminando, iba a pasar de largo, cuando vio los coches aparcados en la entrada. Y entre ellos… estaba el coche negro de Dante. Brillante, caro, inconfundible.

El corazón se le detuvo en el pecho.

Se acercó un poco más, pegándose a la fachada de piedra para que no la vieran. Miró a través de los grandes ventanales, cubiertos en parte por cortinas de seda, lo justo para ver el interior sin ser visto.

Y entonces lo vio.

Allí estaba Dante. Sentado en una mesa reservada, en el rincón más íntimo y bonito del restaurante. Había velas, había flores, había música suave de fondo. Y enfrente de él… no había socios, ni inversores, ni hombres de negocios.

Estaba Isabella.

Isabella, radiante, vestida de rojo, sonriendo, con las manos apoyadas sobre la mesa, muy cerca de las de él. Dante estaba inclinado hacia ella, con esa sonrisa que Valeria nunca había visto dirigida a ella, con esa mirada suave, admirativa, llena de deseo. Le servía vino, le acercaba el plato, reía con ella, la miraba como si ella fuera lo único que existía en el mundo.

Valeria vio cómo él tomaba la mano de Isabella sobre el mantel blanco, cómo entrelazaban los dedos, cómo él le decía algo al oído que hacía que ella riera con alegría. Y vio algo más. Alrededor del cuello de Isabella, brillando bajo la luz de las velas, estaba el regalo que él había comprado el día de su cumpleaños. El collar de diamantes. El mismo que ella había descubierto en el recibo.

Todo era mentira.

La reunión.

El trabajo urgente.

Los negocios.

Él había mentido para no estar con ella. Había arruinado su aniversario, había sido frío y cruel al teléfono, solo para venir aquí, a este lugar romántico, a celebrar… ¿qué? ¿Su amor? ¿Su victoria?

Valeria sentía que se ahogaba. Le ardían los ojos, le ardía la garganta, le ardía la piel de pura rabia y dolor. Él le había dicho que los cumpleaños y aniversarios no importaban. Pero para él, para Isabella, sí importaban. Para ellos, el romance, los regalos, las cenas a la luz de las velas, todo existía. Solo no existía para ella.

De repente, Dante levantó la vista hacia la ventana.

Valeria no tuvo tiempo de esconderse.

Sus miradas se cruzaron a través del cristal.

Por un segundo, Dante se quedó paralizado. Sus ojos grises se abrieron de par en par, sorprendidos, culpables, pero solo por una fracción de segundo. Y luego, la culpa desapareció, reemplazada por la furia, por el desprecio, por esa dureza que siempre usaba con ella.

Se levantó de golpe de la mesa, dijo algo rápido a Isabella que se quedó mirando con una sonrisa triunfal, y salió del restaurante con pasos largos y pesados, con el rostro cerrado y furioso.

Salió a la calle, se plantó justo enfrente de Valeria, tan cerca que ella podía oler su perfume mezclado con el de ella, tan cerca que podía ver el brillo de satisfacción en sus ojos por haberla atrapado espiando.

—¿Qué haces aquí? —le escupió él, en voz baja y peligrosa, sin rastro de culpa, sin rastro de nada que no fuera enfado por ser interrumpido—. ¿Me sigues ahora? ¿Te has vuelto loca o solo te gusta hacer el ridículo donde sea?-

Valeria lo miró a los ojos, esos ojos que ella había amado más que a nada, esos ojos que ahora veía claros y fríos, sin amor, sin piedad. Le dolía cada palabra, le dolía verlo así, le dolía saber que todo lo que creyó fue falso. Pero ahora, detrás del dolor, había algo más. Una rabia fría, afilada, que le dio fuerzas para hablar, para no llorar, para no suplicar.

—Te llamé —dijo ella, con voz temblorosa pero firme, señalando hacia el restaurante donde Isabella los observaba desde la puerta con una sonrisa malvada—. Me dijiste que tenías trabajo. Me dijiste que los negocios eran primero. Y te encuentro aquí… celebrando con ella. Hoy es nuestro aniversario, Dante. Nuestro. Y tú estás comprando diamantes y cenas románticas para la mujer que te ha robado todo, incluso mi lugar.-

Dante se acercó un paso más, invadiendo su espacio, imponente y aterrador, bajando la cabeza para mirarla desde arriba con desprecio absoluto.

—¿Tu lugar? —repitió él, con una risa corta y amarga—. ¿Y cuál crees tú que es tu lugar, Valeria?Señaló con la cabeza hacia Isabella, que lucía el collar que debió ser para ella, y luego volvió a mirarla a ella con frialdad mortal.

—Escúchame bien, porque te lo voy a decir una sola vez para que te quede claro y dejes de hacer escenas patéticas. Yo no estoy aquí contigo por elección. Estoy aquí por un papel firmado. Isabella es todo lo que tú nunca serás: inteligente, fuerte, capaz de estar a mi altura. Y si estoy con ella, es porque ella me da lo que tú nunca podrás darme.-

Hizo una pausa, clavando sus ojos grises en los de ella, destrozándola palabra por palabra.

—Y ahora, te pregunto yo: ¿Qué haces tú aquí? ¿Esperando que te invite a pasar? ¿Esperando que te trate como a una reina? No tienes derecho a interrumpir mis asuntos, ni a reclamarme nada. Tú estás ahí porque te necesito ahí, y porque tu familia tenía deudas que pagar. No te confundas: tú no eres mi esposa. Tú eres solo el precio que tuve que pagar para conseguir lo que realmente quería.-

Esas palabras fueron el golpe final. El golpe que mató a la esposa enamorada para siempre.

Dante se dio la vuelta, dispuesto a volver a entrar, dispuesto a dejarla ahí, tirada en la calle, destrozada, mientras él seguía disfrutando de lo que era suyo. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo un segundo y añadió sin siquiera mirarla:

—Vete a casa, Valeria. Y si tienes un poco de dignidad, no vuelvas a aparecerte por aquí nunca más. Me das vergüenza.-

Entró y cerró la puerta tras de sí.

Valeria se quedó sola en la acera, bajo la luz de las farolas, con el corazón convertido en polvo, con la verdad desnuda y cruel frente a sus ojos. No había amor. Nunca lo hubo. Ella era solo un trámite, un obstáculo, un pago pendiente.

Miró a través del cristal una vez más. Dante se sentó de nuevo junto a Isabella, le tomó la mano, le sonrió, como si nada hubiera pasado. E Isabella, antes de volver a centrar su atención en él, levantó la vista hacia la ventana, miró directamente a Valeria y, muy lentamente, le hizo un gesto con la mano: un adiós. O un triunfo.

Valeria dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso a la mansión. Pero esta vez, no caminaba con la cabeza baja, ni con miedo. Caminaba erguida, con el paso firme, con el dolor transformado en una determinación de acero.

—Me das vergüenza… —susurró para sí misma, repitiendo sus palabras, grabándoselas a fuego en la memoria—. Espera solo un poco, Dante Moretti. Espera a ver lo que este precio que pagaste es capaz de hacer. Espera a ver cómo la moneda de cambio se convierte en la dueña de tu destino.-

Y esa noche, mientras ellos celebraban su victoria, Valeria tomó la decisión definitiva: Iba a destruirlos a los dos.

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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