nunca hay que mentirse a uno mismo
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8
La tensión en el centro de la pista de L'Inferno era una hoguera alimentada por el deseo y el orgullo. Carmín sentía el pecho firme de Vincent contra el suyo, la firmeza de sus manos en su cintura y la promesa tácita de control que el hombre intentaba mantener a raya. El ambiente se había vuelto puro fuego, y eso era exactamente lo que a ambos les fascinaba. No se conocían. Ella no tenía la menor idea de lo peligroso que era el hombre que la sostenía; él no sospechaba la inmensa cantidad de vida, garra y resiliencia que ella llevaba por dentro. Eran dos perfectos extraños echándole leña a un incendio en el que, secretamente, les encantaría arder.
Justo cuando la música alcanzó su punto más denso y sensual, y Vincent inclinó el rostro seguro de que obtendría un beso, Carmín decidió poner a prueba su control. Con una sonrisa cargada de picardía y un brillo desafiante en los ojos, deslizó las manos por los hombros de él, dio un paso hacia atrás con absoluta agilidad y le dejó con las ganas a mitad de la canción.
—Salvatore, vas demasiado rápido —susurró ella, mordiéndose el labio inferior—. Y a mí me gusta que los hombres se ganen el derecho a quemarse.
Vincent se quedó congelado por una fracción de segundo, con el aire atrapado en los pulmones. Nadie le ponía un freno, nadie lo dejaba a medias. La sorpresa se transformó rápidamente en una fascinación indomable. Su mirada oscura se encendió.
—Está bien, nena —cedió él, con una sonrisa ronca que aceptaba el reto—. Si quieres que me lo gane, salgamos de este ruido. Acompáñame arriba.
Vincent la guio de la mano, haciendo una seña firme a Dante en el camino. Su segundo al mando, que seguía intentando descifrar el indomable carácter de Nina, entendió la orden de inmediato y escoltó a la otra mexicana detrás de ellos. Subieron las escaleras de mármol hacia la zona VIP privada, un espacio resguardado por cristales oscuros que aislaban por completo el estruendo de la pista, permitiéndoles continuar la conversación lejos de las miradas curiosas.
Allí, sentados en un sillón de piel profunda con dos copas nuevas de un vino italiano impecable, la dinámica cambió de una manera que ninguno de los dos vio venir. Platicaron lo necesario. Vincent se presentó como un "empresario" con inversiones en bienes raíces, importaciones y negocios aquí, allá y por algunos otros rumbos de Europa. No le mintió; sus empresas legítimas existían y eran inmensas. Simplemente omitió el pequeño detalle de que era el jefe absoluto de la mafia italiana. Ella estaba solo de paso por Florencia, y no había necesidad de abrumarla con un mundo de sangre y balas cuando lo que necesitaban era aire.
Carmín, relajada por el ambiente privado y la genuina atención de Vincent, empezó a abrirse. Le contó que era diseñadora de ropa infantil, pero no desde el privilegio, sino desde el esfuerzo puro. Le relató cómo pagó su carrera universitaria trabajando turnos dobles como mesera en una ruidosa cafetería . Le describió con orgullo cómo ella y Nina, con las uñas y sin dormir, levantaron su pequeña marca independiente desde un taller improvisado de la casa de Nina, y cómo ahora estaban abriéndose paso en ese competitivo mundo de la moda.
Vincent la escuchaba sin pestañear. Para un hombre acostumbrado a mujeres que solo buscaban su dinero o su protección, la independencia feroz de Carmín era el afrodisíaco más potente.
A medida que los minutos pasaban, la conversación mutó orgánicamente. El magnetismo puramente físico y los comentarios hot le dieron paso a las cosas comunes del día a día, pero la comodidad jamás se fue; al contrario, se intensificó. Carmín le habló de su profunda pasión por la música y cómo el arte renacentista la inspiraba a crear texturas nuevas.El confesó, con una naturalidad que contrastaba con el , cómo le fascinaban los atardeceres dorados y cómo la lluvia, lejos de deprimirlo, siempre le traía una calma absoluta en medio de su caótico ritmo de vida.
Vincent, el hombre de la cicatriz en la sien y las manos duras, se descubrió a sí mismo sonriendo con una ternura que creía muerta. La escuchaba hablar de la lluvia mientras contemplaba sus curvas, pensando que ese "ángel" mexicano era la criatura más compleja, hermosa y viva que había pisado sus dominios en toda su existencia. La noche seguía siendo fuego, pero ahora era un fuego cálido, uno que amenazaba con quedarse encendido mucho después de que se apagaran las luces del club.
no se vale