Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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Capítulo 14: La grieta en la armadura
Anaís abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso del cuerpo de Ricardo aún sobre ella y el calor de su cercanía. Al recuperar la consciencia, los recuerdos de la noche estallaron en su mente como fuegos artificiales: las palabras sucias que le gritó, la forma en que le pidió que la destrozara y, sobre todo, la inesperada delicadeza con la que él la había tratado al final.
Sintió que la cara le ardía. Al girar un poco la cabeza, se encontró con los ojos de Ricardo. Él no se había movido; seguía ahí, observándola con una fijeza que le erizó la piel, todavía unido a ella en el silencio de la mañana.
Presa de una vergüenza que nunca había sentido, Anaís soltó un pequeño jadeo y, en un acto reflejo, se escondió debajo de la sábana de seda, cubriéndose hasta la nariz como si quisiera desaparecer del mundo. No podía sostenerle la mirada después de todo lo que había dicho y hecho bajo los efectos de la excitación.
Entonces, ocurrió lo imposible.
Un sonido extraño vibró en el pecho de Ricardo. No era un gruñido, ni un grito de mando. Era una risa. Una risa corta, ronca y genuina. Ricardo se rió al verla esconderse de esa manera tan infantil y pura, una reacción que jamás habría esperado de la mujer que él consideraba una simple "propiedad".
—¿Ahora tienes vergüenza? —preguntó él, con la voz profunda por el sueño, pero con un matiz de diversión que Anaís nunca le había escuchado.
Llevaba poco más de una semana teniéndola en esa casa, tratándola como basura, rompiéndola a cada paso. Pero desde que ella le escupió aquellas palabras desesperadas en el comedor, el mundo de Ricardo se había volcado. Cada vez que la miraba, el fantasma de su esposa muerta se superponía a la imagen de Anaís. Se parecía tanto... no solo en el físico, sino en esa chispa de fuego que acababa de descubrir.
Ricardo extendió la mano y, con una suavidad que no parecía suya, bajó un poco la sábana para descubrir el rostro sonrojado de Anaís.
—No te escondas —susurró, y por un segundo, sus ojos negros no buscaron castigarla, sino entenderla.
El pensamiento de su esposa seguía ahí, martilleando en su nuca, pero al ver a Anaís temblar de timidez y no de terror, sintió que algo en su interior se doblaba. La confusión lo invadía: sabía que debía seguir odiándola, que ella era solo el recordatorio de su fracaso pasado, pero el calor que compartían bajo las mantas gritaba una verdad diferente.
Anaís, desde su refugio, lo miró con desconcierto. Esa risa había roto el muro de hielo que los separaba, dejando al descubierto a un hombre que, por un breve instante, parecía capaz de sentir algo más que rabia. La sombra de la mujer muerta flotaba entre los dos, pero por primera vez, el presente se sentía más fuerte que el pasado.
La habitación permanecía en un silencio inusual, roto solo por el sonido de sus respiraciones. Anaís sentía el latido de su propio corazón contra el colchón, un tamborileo errático que delataba su nerviosismo. Debajo de la sábana, el calor era sofocante, pero prefería eso a enfrentar la intensidad de los ojos de Ricardo.
Ricardo, por su parte, no se alejó. Se apoyó en un codo, permitiendo que su peso se distribuyera, pero manteniendo esa unión física que aún los conectaba. La risa que se le había escapado lo había dejado descolocado a él también; hacía años que no sentía ese impulso, esa ligereza momentánea que no nacía del poder o del alcohol, sino de algo tan humano como la sorpresa.
—Sal de ahí —dijo él, esta vez con una voz que, aunque autoritaria, carecía de veneno—. No puedes esconderte para siempre de lo que pasó anoche.
Anaís bajó la sábana apenas lo suficiente para que sus ojos castaños encontraran los de él. Sus mejillas estaban encendidas, un rosa intenso que contrastaba con la palidez de su piel.
—Es que... yo no... no suelo decir esas cosas —susurró ella, su voz apenas un murmullo—. No sé qué me pasó.
—Te pasó que te entregaste —respondió Ricardo, trazando con el pulgar la línea de su mandíbula—. Y me dijiste exactamente lo que querías.
El contacto de sus dedos era eléctrico. Anaís recordó la forma en que él la había sostenido en la madrugada, cómo sus embestidas se habían vuelto casi caricias profundas, y cómo se había quedado ahí, protegiéndola en el sueño. Era difícil reconciliar a este hombre con el monstruo que la había embutido de comida hasta el vómito apenas unos días atrás.
Ricardo la observaba en silencio, y la sombra de su difunta esposa volvió a cruzar por su mente como un relámpago negro. El parecido físico siempre estuvo ahí, pero ahora era algo más: la forma en que Anaís fruncía el ceño, el tono de su voz cuando estaba vulnerable, la manera en que su piel reaccionaba al tacto. Se sentía como si el destino se estuviera burlando de él, dándole una segunda oportunidad con el mismo molde de mujer que lo había destruido.
—Sabes que no soy bueno, Anaís —soltó él de repente, y su expresión se endureció un poco—. Sabes que soy capaz de romperte de nuevo en cualquier momento.
—Lo sé —respondió ella, cobrando un poco de valor y bajando la sábana hasta sus hombros—. Pero anoche... anoche no intentaste romperme. Anoche me cuidaste.
Ricardo apretó la mandíbula. No le gustaba que ella viera sus grietas. Se separó lentamente, saliendo de ella con un movimiento que hizo que Anaís soltara un suspiro involuntario por el vacío repentino. Él se sentó en la orilla de la cama, dándole la espalda, dejando ver las marcas de las uñas de ella grabadas en sus hombros.
—No te acostumbres —dijo él, aunque sus palabras no tenían la fuerza de antes—. Una noche no cambia el contrato, ni cambia quién soy.
Pero mientras lo decía, Ricardo sabía que se estaba mintiendo a sí mismo. Desde que ella le gritó que prefería la muerte a vivir a su lado, algo en el equilibrio de poder se había alterado. Ya no era una presa fácil; era un espejo que le devolvía sus propios demonios.
Anaís se incorporó lentamente, envolviéndose en la sábana, mirando la espalda ancha del hombre que era su dueño y, por primera vez, sintió que quizás, solo quizás, había una forma de sobrevivir a esa jaula de oro que no fuera la muerte. La sombra de "ella", la mujer del pasado, seguía allí, en la habitación, pero por primera vez en siete días, Anaís no se sentía como un fantasma en su propia vida.