⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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Impulso para el golpe final
Ocho años habían transformado a Puerto Gris. Las viejas chimeneas de carbón eran ahora un recuerdo, reemplazadas por una red masiva de tuberías de vapor de alta presión que alimentaban a la ciudad como las venas de un gigante de acero. El lujo de la zona alta era más brillante, y la oscuridad de los muelles, más profunda. Pero algo permanecía inmutable: el apellido Volkov Masson seguía siendo la única ley que importaba.
En el salón principal de la mansión, el aire ya no olía solo a pólvora. Ahora, una mezcla con el aroma metálico del poder llenaba cada rincón.
Ben Connors, a sus cuarenta y tantos años, permanecía frente al ventanal. Su cuerpo seguía siendo el de un atleta de élite, pero su mirada azul tenía la profundidad de quien ha visto nacer y morir imperios. A su lado, Valerius Volkov, con algunas canas plateadas en las sienes que solo le daban un aire más peligroso, le servía una copa de vino tinto.
—¿En qué piensas, pequeño fantasma? —preguntó Valerius, rodeando la cintura de Ben con un brazo que seguía siendo una muralla de músculos.
—En que la paz es el disfraz más caro que hemos comprado —respondió Ben, apoyando la cabeza en el hombro de su alfa—. Vane dice que hay movimientos en la frontera. Nuevas bandas, gente que no recuerda lo que le pasó a Miller o a Ashlord.
Valerius sonrió, una mueca depredadora.
—No necesitan recordarlo ellos, Ben. Para eso tenemos a nuestros hijos. Ellos son el recordatorio vivo.
En ese momento, la puerta pesada de roble se abrió. No fue un estruendo, sino un movimiento preciso.
Leo Volkov Masson, de veintidós años, entró primero. Era la viva imagen de Ben: hombros anchos, mirada analítica y una elegancia táctica que infundía respeto instantáneo. A diferencia de su padre, Leo nunca dudaba. Era un alfa puro que usaba la estrategia como un bisturí.
Detrás de él, Vladislav, de veinte años, caminaba con una agilidad inquietante. Sus ojos violetas seguían chispeando con descargas eléctricas cuando se molestaba, pero ahora su poder estaba bajo un control absoluto. Vlad era el "tanque" de la familia, una fuerza de la naturaleza que disfrutaba del caos tanto como Valerius.
—Padres —dijo Leo, haciendo una leve inclinación de cabeza—. El problema en el Sector 5 ha sido localizado. Un beta llamado Carl, antiguo socio de los sucios mercenarios, cree que puede cobrar "impuestos de protección" a nuestras refinerías.
Vladislav soltó una risa seca, ajustándose los guantes de cuero negro.
—Cree que porque es un beta y no emite feromonas, puede pasar desapercibido por nuestros radares. Pobre diablo. Ha estado reclutando mercenarios del Este.
Ben miró a sus hijos. No veía a los niños que rescataban pajaritos en el jardín; veía a los herederos de una dinastía que él mismo había ayudado a forjar.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Ben, cruzando los brazos.
—Extracción y ejecución pública —respondió Leo con una frialdad técnica—. No queremos que esto se convierta en una guerra de guerrillas. Queremos que Puerto Gris vea lo que pasa cuando alguien intenta tocar la corona.
—Y después —añadió Vlad, con un brillo peligroso en sus ojos—, iremos a ver a la pequeña Karen. Me prometió que hoy le enseñaría a usar su primera daga de práctica.
Ben suspiró, pero una sonrisa de orgullo cruzó su rostro.
—Tengan cuidado. Carl es un cobarde, y los cobardes suelen usar trampas sucias.
Mientras los herederos salían hacia su misión, en el invernadero de la mansión, la paz era real.
Sage Masson, ahora un hombre que caminaba con la frente en alto y sin rastro de miedo en su aroma a manzanilla, estaba sentado en el suelo rodeado de flores. Frente a él, una niña de seis años con el cabello oscuro y unos ojos dorados intensos intentaba concentrarse en una pequeña planta de aloe.
Karen Voss Masson era el milagro de la familia. Una alfa pura, nacida del amor y la redención entre Sage y Jasper. Tenía la dulzura de su padre omega y la fuerza protectora de su padre alfa.
—¡Mira, Papi Sage! —exclamó Karen, señalando la hoja—. La he podado justo como me enseñaste. ¿Ya puedo ir a buscar al tío Ben?
Jasper Voss apareció desde las sombras del invernadero, con su uniforme de jefe de seguridad impecable. El tiempo lo había vuelto más robusto, y la cicatriz en su hombro era un galardón de su lealtad. Se agachó y levantó a su hija en peso, haciéndola reír.
—Primero tienes que terminar tus lecciones de botánica, pequeña loba —dijo Jasper, dándole un beso en la frente—. El tío Ben y Valerius están ocupados con asuntos de la ciudad.
Sage se levantó y se acercó a su familia, abrazando a Jasper por la cintura. El aroma a olivo y manzanilla seguía siendo su refugio.
—Jasper tiene razón, Karen. El mundo afuera es ruidoso hoy. Quédate aquí, bajo la sombra del olivo.
Jasper miró a Sage con una devoción que ocho años no habían disminuido.
—Siempre estarás a salvo aquí, Sage. Tú y ella.
Pero Sage, al mirar hacia los muros de la mansión, sintió un escalofrío. Sabía que la felicidad de su hija y la estabilidad de su hogar dependían de la sangre que sus sobrinos estaban a punto de derramar en los muelles.
El Sector 5 olía a aceite quemado y a lluvia ácida. Bajo un puente de hierro, el beta Carl se sentaba en un trono improvisado de cajas de munición. Estaba rodeado de veinte hombres armados, todos con aires de grandeza, creyendo que el silencio de los Volkov en los últimos meses era señal de debilidad.
—¡Mañana tomaremos la válvula principal! —gritaba Carl, bebiendo ginebra barata—. ¡Los Volkov son viejos! ¡Ben Connors es un omega que se ha vuelto blando con la paz! ¡Es hora de que los betas...!
Una ráfaga de viento helado cortó sus palabras. No fue el viento del río. Fue una caída de presión en el aire.
¡ZAS!
Un dardo de acero atravesó la mano de Carl, clavándola a la caja de madera. El grito del beta desgarró la noche.
—La falta de respeto es el primer síntoma de una muerte dolorosa, Carl.
Leo emergió de la neblina. No corría, caminaba con una calma que aterraba más que cualquier rugido. Vestía un abrigo largo de cuero y sus manos estaban en los bolsillos.
—¡Matenlo! ¡Es solo uno! —aulló Carl.
Los mercenarios intentaron levantar sus armas, pero el suelo bajo sus pies comenzó a vibrar. Un arco voltaico cruzó la oscuridad, y Vladislav cayó desde una tubería superior, impactando en medio del grupo con una explosión de electricidad azul que lanzó a tres hombres contra la pared.
—¡Hola, caballeros! —dijo Vlad, con sus pupilas violetas brillando intensamente—. ¿Quién de ustedes quiere ser el primero en descubrir por qué nos llaman los Herederos de la Tormenta?
La carnicería fue rápida. Leo se movía como un fantasma, usando una técnica de combate que mezclaba la precisión de Ben con la fuerza bruta aprendida de Valerius. No disparaba; usaba sus manos y una navaja corta, golpeando puntos de presión, rompiendo articulaciones y dejando a los hombres de Carl incapacitados en segundos.
Vladislav, por su parte, era un torbellino. Usaba su electricidad para sobrecargar el sistema nervioso de sus oponentes, dejándolos convulsionando en el suelo antes de terminar el trabajo con un golpe seco de su bota reforzada.
En menos de cinco minutos, los veinte mercenarios estaban muertos o agonizando. Leo caminó hacia Carl, que seguía con la mano clavada, temblando de terror.
—Por favor... no sabía... pensé que... —balbuceaba el beta.
Leo se agachó frente a él, sacando una pequeña moneda de plata con el sello de los Volkov. La dejó sobre la frente sudorosa del beta.
—Mi padre, Ben, cree en las segundas oportunidades —dijo Leo, su voz era un susurro gélido—. Pero mi padre, Valerius, cree en los ejemplos. Yo... yo creo en ambos. Te daré una segunda oportunidad en la próxima vida para que aprendas a cerrar la boca.
Leo miró a Vlad. El hermano menor asintió, extendiendo su mano cargada de estática. Vladislav tomó a Carl por la garganta. La descarga fue instantánea y letal. El corazón del beta se detuvo en un espasmo violento, sus ojos estallando por la presión interna.
Leo se levantó, limpiándose una mancha de sangre inexistente en su abrigo.
—Limpia el lugar, Vlad. No quiero que el Comisionado Vane tenga que enviar a su equipo de limpieza tan tarde.
—Hecho, hermano —respondió Vlad, activando una carga en los suministros de Carl para borrar cualquier rastro.
Horas más tarde, el convoy de los herederos regresó a la mansión. Ben y Valerius los esperaban en el porche. Al ver a sus hijos bajar de los vehículos, ilesos y con esa mirada de deber cumplido, Ben sintió un nudo de orgullo y tristeza. Había criado a dos monstruos perfectos para proteger a la familia.
Leo se acercó a su padre y le entregó un informe arrugado que le había quitado al beta.
—Había una lista, Papá. Carl no actuaba solo. Alguien en el Norte está financiando estas pequeñas bandas. Alguien que conoce nuestros nombres.
Ben tomó el papel, sus dedos rozando los de su hijo. Sintió la chispa eléctrica residual en la piel de Leo. El ciclo nunca terminaba.
—¿Un nombre? —preguntó Valerius, acercándose.
—No —respondió Leo, mirando hacia la oscuridad del bosque—. Solo un símbolo. Una marca que parece un sol negro atravesado por una daga.
Valerius se tensó al instante. Conocía ese símbolo. Era la marca de Donker, una organización que precedía incluso a la Hermandad Roja.
—Parece que la paz realmente fue un préstamo corto —murmuró Valerius, abrazando a Ben por los hombros.
Ben miró a sus hijos, luego a la luz que salía del invernadero donde Sage, Jasper y la pequeña Karen estaban a salvo por ahora. Sabía lo que venía. Una nueva guerra, una más grande, donde los herederos tendrían que demostrar si eran capaces de sostener el mundo que sus padres habían construido.
—Que vengan —dijo Ben, sus ojos azules brillando con la intensidad del Fantasma que nunca se fue—. Tenemos una dinastía que proteger.
Leo y Vlad se colocaron a los lados de sus padres, formando un muro infranqueable bajo la luz de la luna. Puerto Gris rugía a lo lejos, el vapor siseaba en las máquinas, y en las sombras del Norte, el nuevo enemigo observaba.
La historia de los Volkov Masson no había terminado; apenas estaba entrando en su fase más sangrienta. La tormenta no se había ido, solo estaba tomando impulso para el golpe final.
FIN.
💡💋¡Holis Chikis!
¡Llegamos al final de este viaje! 🥂✨
Ver a la Dinastía Volkov Masson consolidarse ha sido una experiencia increíble. Desde aquel primer encuentro entre el Fantasma y el Lobo, hasta ver hoy a Leo y Vlad convertidos en los herederos de la tormenta, cada capítulo ha sido un reto y un placer compartirlo con ustedes.
Puerto Gris todavía tiene muchos secretos, y esa marca del Sol Negro en el Norte promete una guerra que apenas comienza... pero el futuro de esta historia está en sus manos.
¿QUIEREN EL SIGUIENTE VOLUMEN?
Si desean conocer el destino de la familia, ver a Karen crecer y a los herederos enfrentar este nuevo mal, ¡necesito saber que están ahí!
Para asegurar la continuidad de esta saga, les pido de todo corazón:
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Gracias por caminar a mi lado entre el vapor, el acero y la sangre. Gracias por la compañía constante y por amar a estos personajes tanto como yo.
¡Nos vemos muy pronto en más historias increíbles!
¡Larga vida a la Dinastía! 🐺👻🔥