Dos imperios rivales, un odio de décadas y un testamento que obliga al implacable CEO Alessandro Rovere a casarse con Giulia Moretti, la heredera de su familia enemiga. Lo que empieza como una venganza y un contrato, termina convirtiéndose en un caos lleno de tensión, risas y un amor que nadie esperaba… ¡al borde de la locura!
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CAPÍTULO 16: Leonardo, el pequeño maestro de las travesuras
Si alguien le hubiera dicho a Alessandro Rovere, hace apenas un año, que pasaría sus días persiguiendo a un bebé gateador por toda la mansión, limpiando manchas de comida de sus trajes de seda y siendo víctima de las más ingeniosas "venganzas" de su propio hijo, se habría reído a carcajadas. Pero la realidad era esa: Leonardo, con apenas ocho meses de vida, ya había demostrado ser un verdadero Moretti en todo su esplendor: travieso, curioso, inteligente y con una habilidad innata para poner de cabeza la vida ordenada de su padre.
Todo comenzó cuando Leo descubrió que podía desplazarse. Al principio fue un gateo torpe y lento, que Alessandro encontraba adorable y hasta gracioso. Pero en cuestión de semanas, ese gateo se transformó en una velocidad impresionante, digna de un atleta olímpico, y el pequeño empezó a explorar cada rincón de la casa, convirtiéndola en su propio parque de diversiones. Y su objetivo favorito, su blanco predilecto, su fuente inagotable de diversión: su padre.
Alessandro, que seguía llevando sus responsabilidades como director del Grupo Rovere-Moretti, había decidido trabajar desde casa gran parte del tiempo para no perderse ni un solo momento del crecimiento de su hijo. Tenía instalado su despacho en una de las habitaciones más amplias de la planta baja, un lugar que debía ser sinónimo de silencio, concentración y negocios millonarios. O al menos, eso era lo que pensaba antes de que Leo descubriera que debajo de ese escritorio de caoba había un mundo fascinante.
Un martes por la mañana, Alessandro estaba en una videoconferencia muy importante con inversores de Japón. Vestía uno de sus mejores trajes, su postura era impecable, su voz firme y profesional. La pantalla mostraba a varios hombres serios, escuchando atentamente su presentación sobre las nuevas estrategias de expansión. Todo iba a la perfección, hasta que, de repente, una pequeña mano regordeta apareció por debajo de la mesa, seguida de una cabeza llena de rizos oscuros.
Leonardo, en silencio y con una destreza increíble, había logrado entrar arrastrándose, como un pequeño espía, y ahora miraba fascinado los cables que conectaban el ordenador. Alessandro intentó ignorarlo, siguió hablando, moviendo apenas la pierna para intentar "empujarlo" suavemente hacia atrás sin que nadie lo notara. Pero Leo no estaba dispuesto a ser ignorado. Con una determinación heredada de ambos padres, se puso de pie sujetándose del borde del escritorio y, justo en el momento en que Alessandro decía: “…y por ello, la estabilidad financiera está totalmente garantizada…”, el pequeño agarró con fuerza el cable de alimentación del ordenador y, con un tirón seco, lo desconectó de la corriente.
La pantalla se fue a negro. El silencio fue absoluto durante tres segundos interminables. Desde fuera, se escuchó la risa alegre y triunfal del bebé. Alessandro se quedó inmóvil, con la mano todavía en el aire, mirando el cable caído, mientras oía a Giulia reírse a carcajadas desde la puerta, apoyada en el marco con los brazos cruzados.
—¿Problemas técnicos, querido? —preguntó ella, sin poder contenerse.
Alessandro suspiró, cerró los ojos y contó hasta diez. Cuando los abrió, Leo estaba sentado en el suelo, mordiendo el plástico del cable, mirando a su padre con esos ojos grandes e inocentes que podían derretir cualquier regaño.
—Leonardo Rovere-Moretti —dijo Alessandro con voz grave, aunque ya se le escapaba una sonrisa—, acabas de arruinar una presentación de cinco millones de euros.
El bebé solo le sonrió, mostrando sus dos pequeños dientes de abajo, y le tendió los brazos para que lo cargara. Y, por supuesto, Alessandro no pudo resistirse. Allí terminó la reunión, y el director del imperio más grande de Italia pasó los siguientes veinte minutos jugando al "escondite" debajo del escritorio con su hijo.
Pero esa fue solo la primera de una larga lista de travesuras. Leonardo había entendido perfectamente que su padre era el ser más ordenado, meticuloso y perfeccionista del mundo, y por eso mismo, se había propuesto como misión personal desordenar cada cosa que Alessandro tocaba o arreglaba.
Una tarde, Alessandro había dedicado casi dos horas a organizar su estantería de libros. Los había ordenado por tamaño, color y género, alineados perfectamente, como si formaran parte de una exposición de museo. Estaba muy satisfecho con el resultado, se fue a la cocina por un café y regresó en menos de tres minutos. Lo que vio lo dejó paralizado.
Leo, que había aprendido a caminar sujetándose de los muebles, estaba allí, de pie frente a la estantería, y con una eficiencia impresionante, iba sacando libro por libro y tirándolos al suelo, uno tras otro, con una calma y una precisión aterradoras. Había convertido la estantería perfecta en una pila caótica de volúmenes desparramados por todo el suelo. Cuando vio entrar a su padre, el niño se giró, aplaudió y soltó un alegre: “¡Pa-pá!”.
—¡Pero hijo! ¡Yo acabo de ordenar todo esto! —exclamó Alessandro, llevándose las manos a la cabeza.
Giulia, que pasaba por ahí, se detuvo, miró el desastre y luego miró a su esposo con ternura.
—Amor, es un bebé. Y además, es mi hijo. ¿Qué esperabas? ¿Que te ayudara a organizar por temas? Él está haciendo "arte abstracto" con tus libros. ¡Disfrútalo!
Y Alessandro, resignado, tuvo que admitir que tenía razón. Por mucho que intentara mantener el orden, Leonardo siempre encontraba la forma de cambiar las reglas del juego.
Lo más cómico de todo era que el pequeño tenía una extraña obsesión por todo lo que pertenecía exclusivamente a su padre. Sus zapatos, sus corbatas, sus gafas, su reloj… nada estaba a salvo. Una mañana, Alessandro buscaba desesperadamente las llaves de su coche deportivo, un vehículo que amaba casi tanto como a su familia. Las buscó en sus bolsillos, en la mesa de entrada, en su chaqueta, en todos los lugares lógicos. Nada.
Mientras tanto, Leonardo estaba sentado en el suelo del salón, muy tranquilo, jugando con algo brillante que tenía entre las manos. Cuando Alessandro se acercó, vio con horror que eran las llaves. Y no solo eso: Leo las había metido dentro de uno de sus zapatos de vestir, de piel fina y muy costoso, y ahora intentaba introducirlas por la pequeña abertura de los cordones, con la intención evidente de "esconderlas para siempre".
—¡No, no, no! ¡Dame eso, Leo! —gritó Alessandro, agachándose rápidamente.
Pero el bebé era rápido. En un movimiento ágil, se puso de pie, salió corriendo (con sus pasitos cortos y rápidos) y se metió debajo del sofá, donde su padre, con sus largas piernas y su traje impecable, no podía entrar. Desde allí abajo, Leonardo observaba a Alessandro que intentaba sacarlo, le enseñaba las llaves y se reía a carcajadas, disfrutando inmensamente de la frustración de su padre.
—¡Giulia! ¡Socorro! ¡Tu hijo me tiene secuestrado las llaves! —llamó Alessandro, intentando no enfadarse, aunque por dentro ya se estaba riendo.
Ella llegó, vio la escena y se sentó en el suelo a reírse con ganas.
—Te lo mereces, por ser tan ordenado. Él solo quiere enseñarte que en la vida hay cosas más importantes que llegar temprano a la oficina. ¡Como jugar al escondite!
Las travesuras no se limitaban solo a objetos. Leonardo también había descubierto el poder de la comida. Y su objetivo principal: la ropa de su padre. Alessandro, que siempre vestía impecable, de blanco o de colores claros, era un blanco perfecto.
Durante las comidas, Leo ya comía alimentos sólidos, y su favorito era la papilla de calabaza y zanahoria, de un color naranja intenso que manchaba todo lo que tocaba. Su juego preferido era comer una cucharada y, en el momento exacto en que Alessandro se inclinaba para limpiarle la cara, él soltar una carcajada y extender la mano llena de comida hacia la camisa inmaculada de seda italiana de su padre.
—¡Otra vez no, Leo! —decía Alessandro, mirando la mancha naranja que ya parecía parte del diseño de la camisa.
Pero al niño le encantaba. Y lo hacía con una habilidad impresionante: siempre acertaba en el centro del pecho o justo en el cuello, donde era más visible. Giulia ya tenía un armario lleno de camisas de Alessandro que ahora servían solo para estar en casa, pues estaban llenas de "arte en comida infantil".
Sin embargo, a pesar de todas estas travesuras, de los desordenes, de los cables desconectados y de las manchas imposibles de quitar, Alessandro no cambiaría ni un solo segundo. Porque detrás de cada trastada, detrás de cada risa traviesa y de cada mirada pícara de Leonardo, había algo mucho más grande: amor.
Una noche, después de un día especialmente caótico, en el que Leo había logrado desmontar (con ayuda de sus dientes) el pomo de una puerta y esconder el control remoto de la televisión en su cuna, Alessandro se sentó en el suelo junto a la camita de su hijo, viéndolo dormir. Estaba cansado, tenía ojeras, la casa era un desastre y tenía montones de trabajo pendiente. Pero cuando miró la carita tranquila de Leo, con sus rizos despeinados y una mano agarrada fuertemente a su propio pie, sintió que su corazón se llenaba de una felicidad que ni todo el dinero del mundo podía comprar.
Giulia se acercó por detrás y le pasó el brazo por los hombros.
—¿Pensando en cuánto va a costar educarlo? —bromeó ella suavemente.
Alessandro negó con la cabeza y sonrió, acariciando con mucho cuidado la mejilla del pequeño.
—Pensando en que es el ser más inteligente, más astuto y más divertido que he conocido. Y si sus travesuras son así ahora, con ocho meses… no me quiero imaginar lo que nos espera en el futuro. Pero te aseguro algo, Giulia: me encanta ser su objetivo. Me encanta que sea él quien desordene mi vida perfecta y la llene de caos, de risas y de luz.
Leonardo se removió un poco en su sueño, soltó un suspiro y se giró, abrazando su peluche favorito. Era el pequeño dueño de la casa, el pequeño maestro de las travesuras, el heredero de dos grandes familias que, sin saberlo, ya había conquistado el corazón de todos, pero sobre todo, el de su padre.
Porque Alessandro había aprendido que el verdadero éxito no estaba en tener todo ordenado y bajo control, sino en tener a alguien que te enseñara a reírte del desorden, que te despertara cada mañana con una sonrisa traviesa y que te demostrara, día tras día, que el amor más grande del mundo viene en paquetes muy pequeños, ruidosos y llenos de travesuras.
Y así, entre libros tirados, llaves perdidas y camisas manchadas, la familia Rovere-Moretti seguía creciendo, feliz, unida y, sobre todo, muy, muy divertida.
💌 Palabras de la autora
¡Leonardo es un genio de las travesuras! 😂 ¡Pobre Alessandro, pero qué risa me ha dado imaginármelo persiguiendo a su hijo por toda la casa! ¡Qué ternura ver cómo este pequeñín tiene a todo el mundo en sus manos!