Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 14
El silencio en la mansión que Dante llamaba mausoleo era más que una simple entidad física, pesada y fría, resguardadas por gárgolas tenebrosas forjadas en piedra que solo se veía interrumpida por el siseo del tanque de oxígeno portátil que Cooper había logrado rescatar para mantener respirando con dificultad a Dash; en alguna parte de ese viejo laboratorio se escuchaba el goteo rítmico de una tubería vieja en algún rincón. Sobre la losa, Dasha parecía una muñeca de porcelana rota a la que alguien hubiera dibujado venas oscuras con carbón. El color violeta del suero Delta de Jonathan ahora palpitaba en la base de su cráneo, era una señal luminiscente de que el colapso multiorgánico estaba a solo unos latidos de distancia.
— Dante, necesito que sostengas su brazo, no dejes que se mueva, aunque empiece a convulsionar. —Le ordené, con mi voz sonando extrañamente calmada, pero esa serenidad gélida que solo aparece cuando la mente científica toma el control total, era para no dejar entrar el pánico. — Era mi hermana menor la que estaba luchando por vivir, sin ser parte de todo este circo de la Orden de la Ceniza, la codicia de un maldito vampiro inmortal que busca la eternidad y el control total.
Él se acercó, dejando olvidando que sus heridas aún supuraban ese vapor oscuro, pero sus manos, grandes y marcadas por la batalla, sujetaron a mi hermana con una delicadeza infinita. Sus ojos se clavaron en los míos, transmitiéndome una fuerza silenciosa, como si me entregara los restos de su propia energía para que yo pudiera terminar el trabajo.
Frente a mí, los viales del suero beta brillaban bajo la luz de las antorchas. Empecé a extraer el fluido con una jeringa de precisión, pero sabía que no era suficiente. El suero Beta que cree para Dante era solo el escudo, pero para detener el veneno que ese maldito engendro le inyecto; no para erradicarlo de su cuerpo, necesitaba una espada para matarlo. —¡Y esa espada estaba en mi propia médula!
—Cooper, el kit de extracción ósea que está en mi maletín negro —Le dije sin dudas.
—Pero Lexa, estás débil por el gas inhibidor... si te extraes médula ahora, podrías entrar en shock —Advirtió Cooper, aunque ya estaba abriendo el maletín.
—No es una sugerencia, es una orden. —Si ella muere, yo ya habré muerto también.
Mi mente viaja a una velocidad antinatural primero extraje un poco de su sangre para saber a qué me estaba enfrentando revisando en una lámina de Petri la secuencia, luego creando las secuencias que empezaron a proyectarse como hologramas sobre el papel.
Sin dudar un segundo, me clavé la aguja extractora en mi propia cresta ilíaca, sintiendo el frío del acero. No utilicé anestesia; necesitaba sentir el dolor para mantenerme anclada a la realidad. Un gemido escapó de mis labios mientras extraía el tejido vivo, que era una sustancia iridiscente, cargada con la mutación perfecta de la Sanguis Unitas.
—Citosina, guanina, adenina, timina... en busca de la combinación exacta para que mi sangre no solo curara a Dasha, sino que devorara las partículas de platino y el veneno violeta que la estaban consumiendo. Mezclé mi médula con el suero beta en una centrifuga obsoleta, pero que aún funcionaba. La reacción fue inmediata: el líquido empezó a burbujear, emitiendo un suave brillo azulado que iluminó las paredes de piedra del sótano.
—Cinco minutos. —Murmuró Dante, su mirada fija en el monitor de pulso que Cooper vigilaba. La frecuencia cardíaca de Dasha estaba cayendo estrepitosamente.
—Vamos, vamos, termina, termina, termina... —Susurré, esperando que terminara de mezclarse el suero.
Mientras esperaba que la síntesis se estabilizara, mi mente voló por un segundo al helicóptero, a la imagen de Jonathan Blackwood desangrándose bajo las garras de Dante. Sabía que Loreta lo había rescatado y eso significaba que la guerra no había terminado. Un hombre como él, movido por la sed de poder, que no tuvo miedo de traicionar a su propio socio, que ahora es alimentado por el resentimiento de ser vencido en su propio territorio, sería más peligroso que nunca. Pero ese pensamiento fue apartado por un espasmo violento de Dasha.
—¡Sujétala! —Gritó Cooper.
Dasha arqueó la espalda, su piel se volvía grisácea, el suero Delta de Blackwood estaba llegando a su corazón. —Sin perder un segundo, introduje la mezcla final en una vía intravenosa directa; no había tiempo para pruebas. — El líquido azul fluyó por el catéter, entrando en su sistema como un ejército de luz marchando hacia la oscuridad.
Durante los siguientes diez minutos, el tiempo se detuvo. Empezó a convulsionar frenéticamente ante mis ojos, el único sonido era el de nuestras respiraciones agitadas. Me quedé allí, de pie, sosteniendo la mano de mi hermana, sintiendo cómo podía perderla, cuando poco a poco el calor empezó a retornar lentamente a sus dedos y las líneas negras se degradaron suavemente de su cuello, retrocediendo como si el veneno tuviera miedo de la pureza de mi sangre. Su pulso se fue estabilizando, pero tengo que esperar las siguientes horas.
Me dejé caer en un taburete metálico, sintiendo que mis fuerzas finalmente me abandonaban. Dante se acercó a mí, colocando una mano en mi hombro. Su tacto era cálido, una calidez antigua que me recordó que, a pesar de los laboratorios y la ciencia, había fuerzas en este mundo que no se podían medir con microscopios. Cómo el amor incondicional que siento por mi hermana
—Lo lograste, Alessandra, ella va a vivir —Dijo a modo de susurro.
—Pero a qué precio, Dante. Ella no tenía nada que ver con todo esto y casi la pierdo, tú estás herido —Respondí, mirando mis propias manos, que aún temblaban por el miedo.
— Jonathan sabe dónde estamos o al menos lo sospecha. Loreta lo salvó, tú y yo sabemos que él no descansará hasta que obtenga mi medula ósea y queme este laboratorio y todos quedemos hechos cenizas.
Dante asintió, endureciendo su rostro.
—Él pagará por lo que hizo Lexa; creyeron que podían jugar con la sangre de los Primogénitos como si fuera simple química, pero se olvidaron que la sangre tiene memoria. — Y la mía solo recuerda la traición.
El amanecer empezó a filtrarse por las rendijas de la entrada superior, proyectando lanzas de luz grisácea sobre las tumbas de piedra. Dasha abrió los ojos lentamente; ya no eran violetas, sino de su marrón natural, aunque con un brillo nuevo, una chispa que antes no estaba allí y no sabía que efectos tendría el proceso de curación con la Sanguis Unitas o el residual del suero Delta ya que siempre iba a dejar una marca.
—¿Lexa? —Balbuceó ella, apenas un hilo de voz.
—¡Estoy aquí, Dash! ¡Estás a salvo!
La guerra por la médula ósea había alcanzado un punto de no retorno, no se trataba solo de esconderse; sino de contraatacar. Jonathan estaba herido, humillado y oculto bajo la protección de Loreta, pero nosotros teníamos algo que él nunca tendría: la lealtad de aquellos que no tienen nada que perder.
Mientras ayudaba a Cooper a preparar un lugar más cómodo para el descanso de Dasha, empecé a organizar en mi cabeza el siguiente paso. Si él quería mi sangre, se la daría, pero no en un vial. Miré a Dante ya sus heridas parecen estas completamente sanas; observaba el horizonte desde la entrada del mausoleo, con su espada de obsidiana apoyada contra la piedra. Éramos una Quimera, un soldado, un paria antiguo enfrentados a su imperio y ahora una nueva mezcla genética, pero en ese sótano lleno de sombras, sentí que por primera vez teníamos una oportunidad.
—Cooper, empieza a encriptar nuestras comunicaciones. Si Jonathan sobrevive a lo que Dante le hizo, lo primero que hará será intentar rastrear la frecuencia de este laboratorio.
—Listo ya estoy en eso —Respondió, volviendo al teclado—. Pero Lexa, necesitaremos más que muros de fuego digitales. Si Loreta está con él, ella conoce los protocolos de rastreo de la Orden.
Asentí. El rompecabezas estaba completo, pero las piezas estaban manchadas de sangre. Me acerqué a Dasha y le acaricié el cabello, jurando internamente que Marek Industries caería antes de que volvieran a tocar a un solo miembro de mi nueva familia. La doctora Alessandra Cavalier había muerto en el piso 50 en el momento que le pusieron un dedo encima a mi hermana; lo que quedaba ahora era algo muy distinto.