Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
NovelToon tiene autorización de Yurle para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
CAPITULO 23
El día del asado llegó, un domingo familiar y para compartir con amigos. La parrilla estaba organizada en el gran jardín de la familia Anderson.
Isabella justo tenía la cita de manicura ese día en la mañana. Ella tenía calculado el tiempo que normalmente se demoraban realizándole las uñas.
Mientras las señoras que les ayudaban terminaban de organizar el jardín para cuando llegaran los invitados, quienes llegaron a las 10 de la mañana, toda la familia Miller —bueno, menos la abuela ocurrente, Angela—. Saludaron y se acomodaron. Eran amigos desde hace rato, así que había buena familiaridad entre los mayores.
En una zona no tan alejada del jardín estaba la piscina, que también tenía objetos para divertirse. Jay, ni corto ni perezoso, fue a disfrutar de esta, mientras Manuela estaba con los demás, incluido Nicolás, quienes estaban pendientes de que llegara la chica ausente. Ya se les había informado que había salido y que no demoraba en llegar, lo que Sara no sabía es que esta vez tendría un inconveniente que no la dejaría estar temprano.
Isabella había llegado puntual, como acostumbraba, a su cita. Sin embargo, la chica que era su amiga y siempre le hacía la manicura había tenido que salir urgente debido a un contratiempo que tuvo en su casa con su hijo.
Isabella entendió y decidió esperarla porque, además de que ella le confiaba sus uñas solo a ella, también las demás chicas del salón tenían clientas atendiendo.
Media hora después llegó la chica, disculpándose con Isa y explicándole la situación, a lo que Isa comprende y le responde que no pasa nada. Así que empezaron, y como cosa del destino, la persona que Isabella no se esperaba encontrar resultó ser también cliente del lugar… Mateo.
—Pero mira a quién vengo a encontrarme acá, esto ya no es casualidad, es el destino —dice Mateo sonriente, acercándose a ella para saludarla con un beso en la mejilla y darle el hola a Marcela, quien la atendía, dueña del local y amiga también de Mateo.
—Ay, por favor Mateo, es primera vez que te veo acá —menciona Isabella sin poder creerlo aún.
—Querida, vengo seguido, mis manos merecen ser consentidas debido al esfuerzo haciendo postres, ¿no? —le decía coqueto—. Lo que no entiendo es cómo no habíamos coincidido.
Mateo estaba siendo esperado por una manicurista que recién terminaba, y su último cliente del día era él, debido a que cerraban a la 1 y ya eran como las 11:30.
Isabella estaba súper inquieta porque no entendía por qué Marcela hoy estaba tan demorada, o no sabía si era ella la desesperada por llegar pronto a casa.
De repente hubo un apagón. Se fue la energía y faltaban por secar en la lámpara las uñas de las manos de Isabella, mientras Mateo ya prácticamente lo habían terminado y hacía tiempo para esperar a Isabella e invitarla a algo.
Este incidente hizo frustrar mucho a Isabella, quien no paraba de mover sus piernas y estaba casi segura de que tenía muchos mensajes de su madre preguntando por qué no había llegado, pero había echado el celular en el bolso y casualmente estaba en silencio.
Como cura a sus penas, volvió la energía y pudieron terminar la manicura de manos y pies de Isabella. Justo cuando ella se estaba despidiendo, se levantó Mateo para también despedirse y salir del salón juntos.
—Isa, y tu madre… tengo rato no la veo y me gustaría verla —comenta Mateo, caminando a su lado hasta su coche con las manos en el bolsillo.
—Mi mami está bien, en la casa con mi padre esperándome para comer.
—Qué bueno. Oye, pero ven, me gustaría verla, ¿sería muy inoportuno pasar a saludar? —pregunta él, haciéndose el desinteresado.
—Mmm… no sé, no creo que sea el día.
—Pero no sería para quedarme, solo sería saludarla y luego te juro que me voy. Ay Isabella, antes sin problemas y ahora, ¿qué pasa?
—Está bien, Mateo.
Isabella se subió a su carro con sus escoltas y partió, con un Mateo que seguía el coche.
Al llegar, Isabella observó dos coches, entre esos el de Nicolás, y dedujo que su familia había venido en uno y él en el suyo.
Mientras se quedaba pensando, se le acercó Mateo, quien le ofreció su antebrazo y le dijo: “Vamos”, a lo que ella accedió por cortesía.
Al ingresar a la casa, se dirigieron al jardín, pero los demás se encontraban al lado donde tenían armado el asado, ya que los hombres estaban en la preparación de la carne.
Al entrar, todos estaban sentados cerca de la mesa donde hace rato habían almorzado algo ligero, y los hombres estaban de espaldas adobando la carne para dejarla reposar e integrar los ingredientes.
Mateo, como siempre, fue eufórico al saludar:
—Señora Sara Anderson, usted siempre tan diva, espectacular.
Ese comentario hizo que los hombres giraran, entre ellos Nicolás, que al hacerlo lo primero que captaron sus ojos fueron los brazos entrelazados. De inmediato, con mirada acusadora, elevó la vista hasta los ojos de Isabella.
Ella, al sentir la mirada, muy educada retiró la mano y dijo:
—Mateo, querido, ¿por qué no llegas donde mamá y la saludas?
—Tienes razón, querida —dijo, para salir a saludar a Sara y los demás presentes.
Isabella decidió ir a cambiarse, así que entró a la casa y fue directo a su habitación. Se dio una ducha y se colocó ropa playera cómoda, también por el calor que hacía ese día.
Lo que no esperó al bajar fue ver a Mateo aún ahí.
—Querido, creí que te habías ido —dice, llegando y ahora sí saludando a su madre, Nora y Manuela, acto que no había hecho antes.
—Querida, tú me trajiste y ahora me quieres echar.
—Mateo, muy chistoso, ¿no?
—Mentira, princesa Isabella —le dice en tono juguetón, para luego levantarse y anunciar su retiro. Se despide de todos y se marcha.
—Isa, eso sonó a que lo estabas echando —dice Sara mirándola con mirada acusadora.
—Mamá, se vuelve intenso y además me suplicó que quería venir a verte.
—Mmmm… ¿ya comiste? —pregunta Sara.
En eso llega por detrás Tomás y la besa en la mejilla.
—¿Cómo estás, princesa?
—Papi, bien —responde en tono muy cariñoso, devolviéndole el beso.
—A ver, ¿cómo quedaron esas hermosas uñas? —le dice Tomás.
Desde pequeña, cuando ella tenía esmaltes para jugar, él siempre le pide que le muestre cómo quedaron, a lo que ella con una sonrisa accede. Ambos sonríen.
—¿Y ya almorzaste? —le pregunta Tomás.
—No, papi, ya le pedí algo ligero a Margarita, pero comeré adentro, me da pena comer acá, además ustedes ya comieron —dice para que escuche solo él.
—Hola Isa —saluda Jay, llegando a sentarse en la mesa, con Nicolás que viene detrás.
—Mira, pasó de ser tu escolta a tu cocinero personalizado —dice Jay señalando a Nicolás.
Ella ríe ante lo dicho por Jay y luego saluda:
—Hola Nicolás.
—Hola, señorita Anderson.
Después de eso, se siente una tensión incómoda para todos. En ese momento entra Margarita llamando a Isabella, que ya está listo su pendiente.