Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.
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El peso de seguir y el Don de los 30
...Almas en Distinto Cielo...
...✦ ✦ ✦...
...Capítulo II...
...El peso de seguir...
...y el don de los treinta...
...— Porque cargar con todo no significa llegar rota al final —...
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...El mundo de ella★ ★ ★...
Valeria
Hay victorias que no caben en ningún trofeo. La de Valeria era de esas: silenciosa, sin aplausos, construida ladrillo a ladrillo en los márgenes del tiempo que le sobraba —que nunca era mucho— entre un turno y otro, entre una preocupación y la siguiente.
Consiguió el trabajo en el hotel un martes de agosto, después de tres meses de búsqueda y de noches en que el techo de su cuarto se volvía demasiado pesado para mirarlo. No era la maestra frente a su pizarrón. No era el sueño que había perseguido con tanto esfuerzo. Era el sector de limpieza del Hotel Palermo Grand, seis días a la semana, uniforme gris, manos que olían a lavandina al volver a casa. Pero era estable. Era digno. Y Valeria Aldana sabía, mejor que nadie, el valor exacto de esas dos palabras.
Por las mañanas temprano dejaba el desayuno listo antes de que Alma y Mateo abrieran los ojos. Después tomaba dos colectivos. Después fregaba pisos, tendía camas ajenas, dobló toallas con una prolijidad casi obsesiva —como si en ese orden pequeño pudiera ensayar el orden mayor que la vida le negaba.
Por las tardes, si el cuerpo aguantaba, volvía y recibía en su casa a los niños particulares. Cuatro, a veces cinco. Llegaban con las mochilas abiertas y la energía desbordada, y Valeria los sentaba alrededor de la mesa de la cocina y les enseñaba a leer como si cada sílaba fuera un pequeño milagro que ella misma necesitara presenciar. Porque lo era. Cada niño que aprendía era una respuesta silenciosa a todos los que alguna vez dudaron de ella.
"Mamá, ¿no te cansas?" le preguntó Mateo una noche, viéndola calentar la cena con los ojos entrecerrados de sueño.
Ella lo miró. Ese niño con los ojos color del cielo que le hacía preguntas que ningún adulto se atrevía a hacer.
"Me canso, hijo. Pero me canso parada."
Mateo tenía catorce años y una energía que llenaba cualquier habitación antes de que él mismo entrara. Hiperactivo, impulsivo, con una risa que arrancaba de algún lugar muy hondo y se contagiaba sin permiso. Sus ojos —ese azul improbable en una familia de ojos oscuros, heredado de algún abuelo que nadie recordaba bien— desconcertaban a quien los miraba de frente. Era bueno en el básquet. Muy bueno. El entrenador lo decía con esa seriedad que los entrenadores reservan para los que en verdad lo son. Pero el básquet costaba: zapatillas, cuotas, viajes, torneos. Y Valeria hacía malabares con los números cada fin de mes para que a Mateo no le faltara la cancha.
A veces él le reprochaba. No con crueldad —Mateo no tenía crueldad— sino con esa honestidad brutal de los adolescentes que todavía no saben que hay cosas que no se dicen aunque sean ciertas.
"No viniste a verme jugar el miércoles."
"Lo sé, amor. Tenía el segundo turno."
"Siempre tenés el segundo turno."
Valeria no se defendía. Guardaba esas palabras en algún lugar del pecho donde guardaba todo lo que no tenía tiempo de llorar. Y Mateo, que la conocía mejor de lo que creía conocerla, terminaba siempre igual: acercándose, apoyando la cabeza en su hombro —aunque ya le sacara media cabeza de altura— y quedándose callado. Los dos sabían que ese silencio era la disculpa.
Alma, en cambio, hablaba poco y sentía mucho. Dieciséis años, la nariz de su madre, la determinación de nadie en particular porque esa era completamente suya. Desde los nueve años había vivido sobre ruedas —patines artísticos, música, coreografías— y su cuerpo había aprendido un idioma que muy pocas personas en el mundo dominan: el del equilibrio perfecto entre la fuerza y la gracia.
Había competido en varias provincias. En Buenos Aires la conocían los atletas por nombre; había ganado lo suficiente como para saber que tenía talento real, y lo suficiente como para entender que el talento, sin dinero, llega solo hasta cierto borde. Alma lo sabía. Valeria lo sabía. Ninguna de las dos lo decía.
Cuando llegó la hora de la universidad, Alma guardó los patines. No los tiró —eso nunca— pero los guardó. Porque había cosas más urgentes, y ella no era de las que ignoraban lo urgente.
Empezó a prepararse para la universidad pública. Materias, apuntes, simulacros de examen en la mesa donde antes estudiaba Mateo. Pero algo no encajaba. Algo dentro de ella resistía esa dirección con la misma firmeza con que los patines resistían el asfalto: derrapando, nunca avanzando.
Un domingo a la tarde, Valeria llegó del hotel con los pies lastimados y la espalda hablándole en un idioma nuevo y desagradable. Alma le preparó un té —siempre lo hacía cuando su madre llegaba así— y se sentó enfrente. Le tomó un tiempo. Dos sorbos. Tres.
"Mamá. Yo no me veo en esa carrera."
Silencio. El tipo de silencio en que las madres hacen cuentas que no son de números.
"¿En cuál te ves?"
Alma lo dijo. El nombre de la carrera. El nombre de la universidad. La que era privada. La que costaba.
Valeria bebió el último sorbo de té, dejó la taza y miró a su hija con esos ojos marrones que habían visto demasiado para seguir teniendo miedo de las cosas difíciles.
"Estudiarás lo que desees, hija."
Lo dijo sin saber que meses después el plan educativo con el que sostenía ese sueño sería cancelado sin aviso, sin compensación, sin ninguna de las explicaciones que los funcionarios raramente dan. Lo dijo desde esa parte de ella que siempre elegía el futuro de sus hijos antes que la lógica del presente.
Y cuando llegó el día en que los números no cerraron, Valeria no se detuvo. Se dobló un poco —eso sí— como se doblan los árboles en las tormentas que no los rompen. Y volvió a buscar la manera.
Siempre volvía a buscar la manera.
...El otro lado del mundo★ ★ ★...
Sebastián
En el piso cuarenta y dos del edificio que su padre construyó y que él ahora gobernaba, Sebastián Rhys no era exactamente un hombre. Era una institución. Así lo llamaban entre susurros sus empleados, con esa mezcla de admiración y cautela que se reserva para las cosas que no se comprenden del todo pero que se respetan por instinto.
Rhys Capital Group tenía oficinas en Tokio, Dubái, Milán y São Paulo. Invertía en tecnología, en infraestructura, en proyectos energéticos que otros consideraban demasiado arriesgados. Sebastián no consideraba nada demasiado arriesgado. El riesgo era, para él, simplemente una variable más en la ecuación. La calculaba, la pesaba, tomaba su decisión y no miraba atrás.
Sus empleados —ciento cuarenta y tres en la sede central de Tokio— lo describían de maneras distintas dependiendo del departamento: visionario, decían los de estrategia. Implacable, murmuraban los de operaciones. Justo pero frío, coincidían todos. No aceptaba errores que pudieran haberse evitado. No daba segundas oportunidades en los negocios. Pero tampoco humillaba. Solo señalaba, esperaba corrección, y si no llegaba, prescindía. Sin drama. Sin ruido. Como quien cierra una ventana porque entra viento.
"¿Alguna vez sonríe?" le preguntó una vez una asistente nueva a su compañera más veterana.
"Sí," respondió la otra, sin levantar los ojos del monitor. "Pero solo cuando cierra un acuerdo. O cuando habla con su madre."
Midori Rhys tenía setenta y cuatro años, vivía en Kioto en la casa donde había criado a Sebastián, y seguía siendo, a esa edad, una de las escritoras más respetadas del Japón contemporáneo. Había publicado diecisiete libros —novelas, ensayos, una autobiografía que nadie esperaba y que vendió más que todo lo anterior— y había enseñado literatura durante treinta años en la Universidad de Kioto. Era pequeña, de voz suave y voluntad de acero. De ella, Sebastián había heredado el silencio estratégico. De su padre —Callum Rhys, el irlandés improbable que llegó a Japón a los veinticinco años con una idea y sin dinero y construyó un emporio desde la nada— había heredado el instinto.
Callum llevaba doce años muerto. Pero no del todo.
Eso era lo que la familia Rhys guardaba con siete llaves. Lo que ningún empleado, ningún socio, ningún periodista financiero que hubiera escrito sobre el grupo conocía. Una herencia que no figuraba en ningún contrato, que no podía explicarse con la lógica de los negocios ni con la de la ciencia.
El don de los treinta
...Cada último día del mes, cuando el reloj marcaba las once de la noche en Tokio, Sebastián cerraba su despacho por dentro, apagaba todas las pantallas y encendía una sola vela —siempre la misma clase, sebo blanco, sin perfume— sobre el escritorio de roble oscuro que había sido de su padre....
...Y esperaba....
...No tardaban. Llegaban como llegan los recuerdos: de golpe, sin aviso, ocupando el espacio con una presencia que no era visible pero sí era real. Voces. A veces solo sensaciones. A veces —las noches más cargadas— algo parecido a una figura en el borde de la oscuridad....
...Le pedían cosas. Algunos con urgencia, otros con la calma particular de quienes ya no tienen prisa. Un nombre que necesitaba ser dicho en voz alta. Un dinero que debía llegar a alguien que quedó sin él. Una disculpa que nunca se pronunció y que seguía flotando sin destino....
...Sebastián escuchaba. Evaluaba. Y concedía los que podía....
Hasta los muertos medían sus palabras delante de él.
Era la única situación en el mundo —la única— en que Sebastián Rhys se permitía algo parecido a la ternura. Porque entre esos que llegaban estaba, invariablemente, Callum. Su padre. Que no le pedía nada. Que solo aparecía, con su presencia enorme y silenciosa, como diciéndole: aquí estoy, sigues sin estar solo.
Y después de cada noche de los treinta, cuando la vela se consumía y Sebastián abría la ventana para dejar entrar el frío de la ciudad, algo en él se asentaba. Como si hubiera cumplido con algo que iba más allá de los balances y las juntas directivas. Como si hubiera honrado una parte de sí mismo que el mundo de los negocios no podía tocar.
Luego venía el sueño. Y con el sueño, el rostro.
Siempre esos ojos marrones. Siempre esa sonrisa que no conocía. Siempre esa sensación de que en algún lugar del mundo, alguien llevaba una vida que él no podía imaginar —una vida de esfuerzo y madrugadas y amor dado sin medida— y que esa vida, de alguna manera que no entendía todavía, tenía que ver con él.
Una noche de noviembre, después de la ceremonia de los treinta, mientras el último hilo de humo de la vela se disolvía en el aire frío del despacho, su padre se quedó un segundo más de lo habitual. Y Sebastián, que conocía ese silencio como se conoce el idioma de la infancia, le preguntó sin palabras: ¿qué?
Callum Rhys no respondió con palabras. Nunca lo hacía.
Pero antes de disolverse en la oscuridad, dejó algo en el aire —una sensación, una dirección, un sur que Sebastián no supo nombrar todavía.
Un sur.
Como si le dijera: empieza a mirar hacia allá.
...En un hotel de Buenos Aires, una mujer doblaba toallas con las manos que habían sostenido a dos hijos, una carrera y un país entero de sueños....
En un despacho de Tokio, un hombre apagó una vela y sintió, por primera vez en años, que algo se movía en la dirección correcta.
Ninguno de los dos sabía que el mundo —ese que suele moverse tan lento cuando uno lo necesita urgente— ya había comenzado a acortar la distancia.
...✦ ✦ ✦...
Continuará en el Capítulo III