Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 10
Renata despertó en una cama de tres mil hilos de seda, pero no se quedó entre las sábanas. Se puso una bata de satén negro y caminó hacia el ventanal de su suite. El sol de la mañana iluminaba los jardines de los Vane, pero ella solo tenía ojos para la pantalla de su tableta.
—Es hora —susurró.
Con un solo movimiento de su dedo sobre la pantalla, envió una serie de documentos encriptados al Director del Banco Central y a los tres principales acreedores de los Morana. No eran pruebas de crímenes de sangre, sino algo mucho más letal en su mundo: la prueba de que el patrimonio de Eduardo Morana era un castillo de naipes sostenido por aire.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, en la mansión que Renata acababa de abandonar, el desayuno se convirtió en un funeral.
—¡¿Cómo que la cuenta está congelada?! —el grito de Eduardo Morana rompió el silencio del comedor—. ¡Tiene que haber un error! ¡Llama al gerente ahora mismo!
—Papá, mi tarjeta fue rechazada en la boutique —dijo Sofía, entrando en crisis, con los ojos rojos—. Me dijeron que la cuenta ha sido cerrada por "riesgo de insolvencia". ¡Es una humillación!
Ester Morana, que intentaba mantener la compostura con una taza de té que le temblaba en las manos, vio por la ventana cómo tres camionetas de mudanza y un coche patrulla se estacionaban frente a su puerta.
—Eduardo... —jadeó Ester, señalando hacia afuera.
En menos de dos horas, la realidad los golpeó. No hubo gritos ni disparos. Solo hombres de traje gris con carpetas legales. Debido a la retirada del apoyo de los Vane y la cancelación del contrato con Marcus Sterling, todas las deudas de los Morana vencieron al mismo tiempo.
—Tienen treinta minutos para recoger sus efectos personales —dijo el oficial judicial con una frialdad mecánica—. La propiedad, los vehículos y el mobiliario han sido embargados.
—¡Usted no sabe quién soy yo! —rugió Eduardo, pero su voz sonaba hueca, patética.
—Lo sabemos perfectamente, señor Morana —respondió el oficial—. Es el hombre que intentó estafar al sistema financiero usando como garantía un apellido que ya no vale nada.
Tres días después, la caída era total. Los Morana se vieron obligados a mudarse a un apartamento de dos habitaciones en un barrio periférico que Sofía antes habría descrito como "una zona para gente invisible".
Ester intentó llamar a todas sus "amigas" del club social. Nadie le devolvió la llamada. En el momento en que el nombre de los Vane se vinculó a su caída, los Morana se convirtieron en leprosos sociales. Nadie quería arriesgarse a contratar a Sofía o a recibir a Ester por miedo a despertar la furia de Arturo Vane o, peor aún, de Damián Bustamante.
Sofía, vestida con ropa de la temporada pasada que empezaba a arrugarse por falta de tintorería, entró al pequeño salón donde David bebía whisky barato de una botella de plástico.
—Fui a pedir trabajo a la agencia de modelos —dijo Sofía, con la voz rota—. El dueño me dijo que no podía contratarme. Me dijo que "órdenes de arriba" prohibían que cualquier Morana tuviera un rostro público. ¡Me sugirió que buscara trabajo en una cafetería de paso!
—Agradece que te sugirió algo —escupió David, mirando al vacío—. Yo fui a tres constructoras. En cuanto ven mi apellido en el documento, me cierran la puerta en la cara. Nos han borrado, Sofía. Renata nos ha borrado.
—¡Esa maldita gata! —chilló Ester desde la cocina, donde intentaba descifrar cómo funcionaba una estufa vieja—. ¡Todo es su culpa! ¡Deberíamos denunciarla!
—¿Denunciar a quién, mamá? —rio David con amargura—. ¿A la mujer que tiene al Presidente en su marcación rápida? No somos nada. Somos lo que ella era para nosotros: muebles viejos estorbando en su camino.
Desde su despacho, Renata observaba las fotos de los Morana saliendo de su mansión con bolsas de basura llenas de ropa. No sentía alegría, pero sí una paz gélida.
Sintió unos pasos tras ella. Damián entró, rodeándola con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro. Su cercanía seguía siendo una mezcla de refugio y amenaza.
—Ya están en el suelo, Renata —susurró Damián, mirando las fotos sobre el escritorio—. ¿Es suficiente para ti o quieres que los hunda más? Puedo hacer que terminen en la cárcel por las irregularidades de la empresa si así lo deseas.
Renata dejó la tableta y se giró en sus brazos. Miró a Damián, al hombre que la reclamaba con una posesividad que no conocía límites.
—No —dijo ella con firmeza—. La cárcel es un lugar donde al menos tienen comida y techo. Quiero que vivan la vida que yo viví. Quiero que sientan el peso de cada centavo, el frío de ser invisibles y el hambre de la incertidumbre. Esa es la verdadera justicia.
Damián sonrió, una sonrisa predadora que mostraba lo mucho que disfrutaba de esa nueva faceta de su prometida.
—Eres más cruel de lo que recordaba, mi reina —él la atrajo más hacia sí, acortando el espacio hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Me gusta. Pero ahora que los has destruido... ¿podemos concentrarnos en nosotros? Porque tu padre ya está organizando la gala de "presentación oficial" y no aceptaré que nadie más te mire como si fueras una empleada.
Renata sintió el pulso acelerado. Los Morana eran pasado, pero el futuro con Damián Bustamante era un desafío de un calibre totalmente distinto.
—La gala —repitió ella—. ¿Y qué pasa si decido que todavía no estoy lista para ser tu trofeo, Damián?
Él le apretó la cintura, recordándole quién tenía el control ahora.
—No eres un trofeo, Renata. Eres mi igual. Pero en este mundo, o eres el que pisa, o eres el que es pisado. Y tú ya pasaste suficiente tiempo de rodillas.
El juego de la venganza pasiva había terminado, pero el juego de tronos entre las familias más poderosas del país acababa de empezar. Y en la próxima gala, Renata Vane no entraría para servir el vino, sino para decidir quién seguía bebiendo de él.
aunque sea necesaria en la novela
no le quita méritos a la escritora
ahora sí va a arder el mundo
cómo si ella está en la mansión Vane, David tiene los planos???
o es que ella se quedó en la mansión Morana???
que bien estúpida es si lo hizo así
y si suficiente seguridad????
a qué juega????
para verse sus caras
que buen capítulo
cuánto suspenso
estoy súper intrigada