Alina siempre creyó que era una chica común, hasta que una noche de primavera un encuentro inesperado en el campo de cerezos cambió su vida para siempre.
Un extraño de mirada intensa comienza a aparecer entre las sombras del bosque. Él guarda secretos, conoce peligros que nadie en el pueblo imagina y parece estar ligado a algo que despierta una inquietud desconocida dentro de ella.
Pronto, sueños extraños, aullidos en la noche y recuerdos que nunca vivió empiezan a perseguirla. Mientras intenta descubrir quién es realmente Kael, Alina también deberá enfrentarse a una verdad que su propio padre le ocultó durante años.
Entre cerezos, luna llena y secretos de sangre, Alina descubrirá que algunas primaveras no solo traen flores… también despiertan destinos dormidos.
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Capitulo 3: Sueños de luna
Aquella noche, Alina no logró dormir.
El aullido seguía resonando en su memoria como una vibración escondida bajo la piel. Había pasado horas intentando convencerse de que todo había sido producto de su imaginación: el extraño del campo de cerezos, el modo en que desapareció entre los árboles y aquella sensación de que alguien la observaba desde la oscuridad. Pero cuanto más lo pensaba, menos parecía una simple coincidencia.
La luna se filtraba por la ventana abierta y dejaba una franja plateada sobre el suelo de madera. Afuera, Valdoria estaba en silencio. Solo se escuchaba el viento moviendo las ramas y el roce lejano de las hojas.
Alina se giró en la cama una vez más.
Cerró los ojos.
No supo en qué momento el sueño la atrapó.
Estaba de nuevo en el campo de cerezos.
Pero no era el mismo lugar.
El cielo era más oscuro. Los árboles parecían más altos, más antiguos. Los pétalos que caían no eran rosados, sino pálidos, casi blancos bajo la luz de la luna. El aire estaba inmóvil, como si el bosque entero contuviera la respiración.
Escuchó pasos.
Giró la cabeza.
Entre los árboles apareció una sombra.
No podía distinguir un rostro, pero sabía que no estaba sola.
Intentó retroceder. Sus pies no respondieron.
Entonces lo vio.
Un lobo.
Era grande, de pelaje oscuro y ojos brillantes. No enseñaba los colmillos. No parecía dispuesto a atacarla. Permanecía quieto, observándola con una intensidad que le heló la sangre.
El corazón comenzó a golpearle el pecho.
El lobo avanzó un paso.
Luego otro.
Alina quiso gritar, pero la voz se quedó atrapada en su garganta.
En ese instante algo cambió.
Un latido poderoso se expandió por todo su cuerpo. Sus manos ardieron. La respiración se volvió rápida. El mundo alrededor pareció volverse más nítido. Podía oír el movimiento de las hojas, el roce de los pétalos, el sonido de una rama partiéndose a lo lejos.
El lobo seguía mirándola.
Y, por una razón que no entendía, el miedo empezó a mezclarse con otra sensación.
Familiaridad.
Como si una parte de ella reconociera aquella presencia.
Despertó de golpe.
Se incorporó en la cama, jadeando.
La habitación seguía a oscuras. El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que tuvo que llevarse una mano al pecho.
Se obligó a respirar despacio.
Entonces volvió a escucharlo.
Un aullido.
Lejano. Profundo. Nacido en algún punto del bosque.
Alina apartó las sábanas y se acercó a la ventana.
El sonido regresó.
Más largo esta vez.
Sintió un escalofrío.
Pero no era solo eso.
Había algo distinto en ella.
El aire olía diferente.
Tierra húmeda. Madera. Pino. Noche. Algo salvaje.
Parpadeó confundida.
Nunca había percibido los olores con tanta claridad.
Se quedó quieta.
Luego oyó algo más.
Pasos.
Muy leves.
Como si alguien se moviera por el sendero que llevaba a su casa.
Miró hacia la oscuridad.
Durante un instante creyó ver una silueta entre los árboles.
Parpadeó.
Ya no estaba.
No volvió a dormir.
Cuando amaneció, bajó a la cocina con el cuerpo cansado y la mente despierta.
Su padre ya preparaba café.
—Dormiste poco —dijo sin girarse.
Alina se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes la mirada distinta.
Aquellas palabras la hicieron estremecer.
Se sentó frente a la mesa.
—Anoche volví a escuchar el aullido.
Su padre dejó la taza sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria.
—Los bosques tienen animales.
—No sonaba como un animal cualquiera.
Él tardó unos segundos en responder.
—Mantente alejada del bosque cuando caiga la noche.
El tono fue seco. Casi una orden.
Alina lo observó en silencio.
Había tensión en sus hombros.
Miedo.
Y por primera vez pensó que quizá su padre sabía mucho más de lo que decía.
Pasó la mañana ayudando en la tienda, pero no pudo concentrarse.
Cada sonido parecía más intenso.
El murmullo de las conversaciones. El roce de la ropa. El golpe de la lluvia contra los cristales.
Todo llegaba con una claridad nueva.
Cuando salió a ordenar unas cajas en la puerta, levantó la vista hacia las colinas.
Y tuvo la extraña certeza de que el bosque la estaba esperando.
Escritura
Capítulo 4: La sombra entre los árboles
Durante todo el día, Alina intentó ignorar la inquietud que llevaba dentro.
No lo consiguió.
Cada vez que alguien abría la puerta de la tienda, giraba la cabeza con rapidez. Cada vez que el viento cambiaba de dirección, el olor del bosque regresaba con una intensidad que le erizaba la piel.
Aquella sensación creció hasta volverse insoportable.
Cuando cayó la tarde, salió sin decir nada.
El sendero hacia el campo de cerezos estaba húmedo por la lluvia de la mañana. El aire era fresco y el cielo comenzaba a teñirse de violeta.
Al llegar, se detuvo.
No había nadie.
Los pétalos descendían despacio entre las ramas.
Avanzó unos pasos.
—¿Hola? —murmuró.
Solo respondió el viento.
Sintió una punzada de decepción que no esperaba sentir.
Estaba a punto de darse la vuelta cuando un sonido la hizo detenerse.
Un crujido.
Venía del bosque.
Alina permaneció inmóvil.
Después otro.
Más cerca.
El pulso se le aceleró.
—¿Kael? —preguntó sin pensar.
Nada.
Entonces vio movimiento entre los árboles.
No era una figura humana.
Era una sombra.
Oscura, rápida, imposible de distinguir con claridad.
Retrocedió un paso.
La sombra avanzó.
Alina sintió el cuerpo helarse.
Giró y comenzó a caminar deprisa hacia el sendero, pero escuchó pasos detrás de ella.
Corrió.
Las ramas rozaban sus brazos. El aire se volvió más frío. Podía oír algo siguiéndola.
El corazón le golpeaba el pecho con violencia.
De pronto tropezó con una raíz y cayó de rodillas.
Antes de que pudiera levantarse, sintió una presencia detrás.
Entonces una mano la sujetó del brazo.
Alina se giró sobresaltada.
Era Kael.
—Levántate —dijo en voz baja.
La puso de pie y la empujó detrás de él.
Su respiración era agitada, pero sus ojos estaban fijos en la oscuridad.
La sombra se detuvo entre los árboles.
Por un instante Alina alcanzó a distinguir dos reflejos brillantes.
Como ojos.
El aire parecía haberse vuelto más denso.
—No te muevas —murmuró Kael.
La figura permaneció inmóvil unos segundos.
Luego retrocedió.
Y desapareció.
El silencio volvió de golpe.
Alina tardó unos segundos en recuperar el aliento.
—¿Qué era eso?
Kael no respondió enseguida.
Seguía atento al bosque.
—No debiste venir sola.
—¿Qué era? —repitió.
Él giró hacia ella.
Había tensión en su rostro.
—No puedo explicártelo todavía.
—¿Todavía?
—Vuelve a casa, Alina.
Escuchar su nombre en su voz la dejó inmóvil.
—¿Cómo sabes quién soy?
Kael guardó silencio.
Durante un instante pareció debatirse consigo mismo.
—En Valdoria todos saben quién eres.
Aquella respuesta no la convenció.
Quería seguir preguntando, pero el modo en que él miraba los árboles le hizo entender que seguían en peligro.
Comenzaron a caminar.
Kael la acompañó hasta el borde del sendero.
Antes de separarse, Alina se volvió.
—¿Me estabas siguiendo?
Él negó.
—Te estaba vigilando.
La respuesta la dejó sin palabras.
—¿Por qué?
Kael la miró durante un largo instante.
—Porque hay cosas moviéndose en Valdoria… y no quiero que te encuentren primero.
Escritura
Capítulo 5: El que vino de lejos
Aquella noche, Alina no consiguió apartar de su mente lo ocurrido.
La sombra. Los ojos brillantes. La manera en que Kael apareció justo en el momento exacto.
Y sobre todo, sus últimas palabras.
No quiero que te encuentren primero.
Sentada junto a la ventana de su habitación, observó la oscuridad del sendero.
Por primera vez en su vida, Valdoria dejó de parecerle un pueblo conocido.
Ahora cada rincón parecía esconder una pregunta.
A la mañana siguiente bajó con el cuerpo cansado.
Su padre ya estaba despierto.
La miró apenas un instante.
—¿Dónde estuviste anoche?
Alina se detuvo.
—Caminando.
—No me mientas.
Aquella respuesta la sorprendió.
Él nunca hablaba así.
—Fui al campo de cerezos.
El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra.
Su padre apartó la vista.
—Te dije que no volvieras tarde.
—¿Por qué?
No respondió.
—Papá, ¿qué pasa con el bosque?
Él tomó aire.
—Hay cosas que es mejor dejar dormidas.
Y se marchó antes de que pudiera seguir preguntando.
Pasó todo el día con aquella conversación dándole vueltas en la cabeza.
Cuando cayó la tarde, volvió al campo.
Kael estaba allí.
De pie bajo los cerezos.
Como si supiera que ella regresaría.
Alina se acercó con pasos firmes.
—Quiero respuestas.
Kael no apartó la mirada del bosque.
—No es tan simple.
—Anoche me dijiste que no querías que me encontraran. ¿Quiénes?
Por primera vez él se volvió hacia ella.
La expresión en su rostro era seria.
—Gente que vino buscándome.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Por qué te buscan?
—Porque me fui.
—Eso no explica nada.
Kael guardó silencio unos segundos.
—Vine a Valdoria para esconderme.
Alina lo observó fijamente.
—¿De quién?
Él dudó.
—De mi propia gente.
Aquellas palabras la dejaron inmóvil.
El viento agitó las ramas sobre ellos.
—No entiendo.
—No necesitas entenderlo todo ahora —dijo él—. Solo necesito que tengas cuidado.
—¿La sombra de anoche tenía que ver contigo?
Kael apretó la mandíbula.
—Sí.
El corazón de Alina se aceleró.
—Entonces me seguiste poniendo en peligro.
—No —respondió él con firmeza—. El peligro ya estaba aquí antes de que yo llegara.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Alina sintió que el aire se volvía más frío.
—¿Qué significa eso?
Kael la miró.
Por un instante, algo en sus ojos cambió.
No era miedo.
Era preocupación.
—Significa que alguien empezó a moverse cuando tú volviste al campo de cerezos.
Un latido seco le golpeó el pecho.
—¿Yo?
—No sé por qué todavía.
Antes de que pudiera responder, Kael levantó la cabeza.
Se quedó inmóvil.
Escuchando.
—¿Qué pasa? —susurró Alina.
—Nos observan.
Ella sintió el cuerpo tensarse.
Miró hacia los árboles.
Entre la oscuridad, una silueta se deslizó entre las ramas.
Y desapareció.
Kael dio un paso hacia delante.
—Tienes que irte. Ahora.
—No pienso seguir huyendo sin entender nada.
Por primera vez, una sombra de rabia cruzó el rostro de Kael.
—Alina, escucha. Si te encuentran antes de que yo descubra por qué estás en medio de esto… no podré protegerte.
El viento sopló con fuerza.
Los pétalos comenzaron a girar a su alrededor.
Y en algún punto del bosque, un aullido rompió la noche.