⚠️🚫Un nuevo "asesino perfecto" aparece en la ciudad. No usa feromonas, usa tácticas militares que Ben reconoce. Y ese es solo el inicio de los problemas de la familia Volkov Masson. 🚫⚠️ 💡Estilo staempunk💡
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Deja que venga
El despacho de la mansión Volkov nunca se había sentido tan pequeño. El aire estaba saturado de una mezcla de aromas que delataban la tensión: el bosque quemado de Valerius y el jazmín eléctrico de Ben. El silencio era denso, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando los cristales, un recordatorio de que, fuera de esos muros, el peligro caminaba con rostro conocido.
Ben Connors, en el cuerpo de Ren Masson, permanecía de pie frente al ventanal. No necesitaba fingir con los presentes. Todos en esa habitación conocían su secreto: que el alma de un oficial de policía de la Tierra, un mundo donde no existían alfas ni omegas, habitaba el cuerpo que ahora gobernaba la ciudad.
—Se llama Bruce Albor —soltó Ben, rompiendo el silencio—. En mi mundo, fue mi compañero durante once años. Mi mejor amigo. El hombre que me puso una balas en el pecho para proteger a políticos corruptos que yo estaba a punto de arrestar. Él no tiene instintos de alfa, tiene entrenamiento de fuerzas especiales.
Valerius, sentado en su sillón de cuero, apretó su copa de vino.
—Y ahora ese fantasma de tu mundo está aquí, matando senadores con tus mismas técnicas.
Vane, el exinspector, carraspeó mientras ajustaba unos papeles sobre la mesa. A su lado, Sage escuchaba con atención. Sage ya no era el joven asustadizo de hace años; a sus treinta y tantos, era el hermano mayor que mantenía el orden en la casa. Aunque seguía teniendo esa dulzura natural y una mirada tierna que reconfortaba a todos, su mente era ahora un archivo viviente de cada rastro que se movía en la ciudad.
—He revisado las cámaras de la zona —dijo Vane—. El asesino no usó la fuerza bruta que esperas de un alfa de este mundo. Usó puntos ciegos y calculó los tiempos de patrulla. Es un profesional que no deja rastro de olor porque usa bloqueadores químicos.
En un rincón, apoyado contra la pared, estaba Jasper. Con veintiocho años, era el nuevo jefe de seguridad, un alfa de mirada afilada y movimientos felinos. Jasper era eficiente y serio, pero su mirada se desviaba constantemente hacia Sage. Cada vez que Sage se movía para organizar un mapa o servir té, la mandíbula de Jasper se tensaba con un instinto de protección que iba mucho más allá de su contrato. Pero Sage, sumergido en cuidar a su familia, no se daba cuenta de que el alfa lo miraba como si fuera el tesoro más frágil del mundo.
—Si este Bruce sabe cómo piensas, Capitán —intervino Jasper, con voz profunda—, entonces la seguridad de la mansión es un juego para él. Él conoce tus perímetros y tus tiempos de reacción.
Boris, el veterano que ahora supervisaba a Jasper, asintió con pesadez.
—Tiene razón. Si Bruce fue entrenado en la misma academia que tú, Ben, entrará aquí como si tuviera la llave de la puerta.
Ben se giró, y sus ojos azules brillaron con ese matiz eléctrico.
—Por eso vamos a cambiar las reglas. Jasper, a partir de ahora, nada de patrullas rítmicas. Quiero horarios aleatorios que ni siquiera tú sepas de antemano. Boris, cambia las frecuencias de radio cada hora. Sage, hermano, necesito que revises los suministros; si Bruce está aquí, intentará contaminar nuestra comida o el agua.
Sage asintió con una sonrisa suave, aunque sus manos temblaban un poco.
—Me encargaré, Ben. Haré que analicen cada entrega personalmente. Nadie va a hacernos daño en nuestra propia casa.
Jasper dio un paso hacia Sage, casi por instinto.
—Yo lo acompañaré a la zona de almacenes, señor Sage. Es peligroso que ande solo por los pasillos de servicio ahora mismo.
Sage lo miró con esos ojos tiernos que desarmaban a cualquiera.
—Gracias, Jasper. Eres muy atento, pero estoy bien. Conozco esta mansión mejor que nadie. Tú quédate con Ben, él te necesita más.
Jasper suspiró, frustrado por la falta de atención de Sage a sus intenciones, pero volvió a su postura rígida bajo la mirada divertida de Ben.
—Vane, necesito que busques a Bruce —ordenó Ben—. Él no conoce este mundo. Debe estar usando a una banda local para moverse. "Los Cuervos de Hierro" son su mejor opción. Encuentra dónde se esconden y lo encontraremos a él.
La reunión continuó durante horas. Cuando finalmente el grupo se dispersó, Ben quedó solo con Valerius. El alfa se acercó y lo rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en su cuello para calmar su propio instinto territorial.
—Bruce Albor no es solo un asesino, Valerius —susurró Ben—. Es un recordatorio de que mi mundo era una mentira. Y lo que más me aterra no es que me mate a mí... es que use a Vlad o a Leo para llegar a mí. Él sabe que mi debilidad siempre fue mi familia.
Valerius le levantó la barbilla.
—Él te mató una vez porque estabas solo en un mundo de hombres comunes. Esta vez, tienes a un Lobo y a dos herederos que son más peligrosos de lo que él puede imaginar. Deja que venga, Ben Connors. Esta vez, el Fantasma tiene dientes.
Afuera, en la oscuridad del jardín, los adolescentes no estaban durmiendo. Leo, de catorce años, estaba sentado en la base de un árbol, limpiando una pequeña navaja táctica con una calma impropia de su edad. Su instinto de alfa joven estaba en alerta máxima.
Sobre él, en una rama alta, Vladislav, de doce años, observaba el muro exterior.
Sus ojos violetas chispeaban en la penumbra, lanzando pequeñas descargas que hacían que las hojas del árbol vibraran.
—¿Lo sientes, Leo? —susurró Vladislav.
Leo no levantó la vista del metal.
—Huele a metal frío. Como el aceite de las armas de papá cuando limpia su equipo antes de una misión.
—Si ese tal Bruce viene —dijo Vladislav, y un rayo de estática cruzó sus dedos—, no va a necesitar un arma para morir. Yo mismo le enseñaré lo que pasa cuando intentas tocar al hermano de Leo o al hijo de Ben.
Leo cerró su navaja con un clic seco.
—Papá dice que el enemigo que conoce tus trucos es el más peligroso. Pero Bruce no conoce nuestros trucos, Vlad. Él cree que somos niños. Ese será su último error.
Los herederos de la tormenta estaban listos. Mientras la mansión Volkov se cerraba como un búnker, en algún rincón oscuro de Puerto Gris, un hombre con una mirada de acero de otro mundo en su bolsillo, observaba el plano de la casa, marcando con una cruz roja la habitación donde dormía el hombre que él creía haber matado hacía catorce años.
Puerto Gris iba a ser el escenario de una masacre que ninguna ley de este mundo podría detener.
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