Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.
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El aroma de lo que pudo ser y el sueño que los encontró
...Almas en Distinto Cielo...
...✦ ✦ ✦...
...Capítulo III...
...El aroma de lo que pudo ser...
...y el sueño que los encontró...
...— Porque algunos recuerdos no viven en la memoria sino en la piel —...
◆
...El mundo de ella — Buenos Aires, 6:02 a.m.★ ★ ★...
Valeria
Había algo en Valeria Aldana que el perfume más caro del mundo no hubiera podido fabricar: un aroma propio, tibio, que llegaba antes que ella y se quedaba después. No era una colonia particular ni una marca que pudiera rastrearse en ninguna góndola. Era ella —su piel, su calor, algo que vivía en su interior y encontraba la manera de salir. Sus compañeras en el hotel lo notaban. Los hombres que la cruzaban en el pasillo lo notaban. Nadie sabía nombrarlo. Todos lo recordaban.
Esa mañana, a las seis en punto, Valeria salió del edificio con su uniforme prolijo y el cabello recogido con esa precisión discreta que tenía para todo lo que dependía de ella. Hacía frío. El tipo de frío porteño que no avisa, que se cuela por el cuello del saco y se instala como si tuviera derecho. Caminó tres cuadras hasta la parada, esperó la uber moto —esos vehículos que habían cambiado el mapa de la ciudad para quienes no podían darse el lujo de otra cosa— y se subió mirando hacia adelante, como siempre.
Y en ese trayecto, con el viento de la mañana golpeándole la cara y la ciudad apenas despertando a su alrededor, su mente fue sola hacia un lugar al que volvía menos de lo que creía y más de lo que admitía.
Fue hacia Franco Chávez.
Lo que quedó de los quince años
...Había sido hermoso. No de una manera obvia ni presumida —hermoso de esa forma que no se nota de inmediato pero que, una vez vista, no se olvida. Ojos oscuros, una sonrisa que llegaba despacio y se iba igual, manos que cuando la tomaban hacían que el mundo dejara de hacer ruido....
...Fue su primer amor verdadero. El único al que ella había entregado algo sin calcular el peso de la entrega....
...Y un 24 de diciembre, a la siesta, sin pelea, sin señales, sin una sola advertencia que ella hubiera podido ver venir —se fue. Así, nomás. Como si hubiera decidido en algún momento de esa tarde que Valeria era un lugar en el que ya no quería quedarse....
...Ella tenía quince años. Y desde ese día aprendió, sin que nadie se lo enseñara, que el amor es también la posibilidad de un 24 de diciembre a la siesta....
Lo que Valeria no supo durante años —y cuando lo supo ya no había dónde ir con ese dolor— era que Franco había muerto. Joven. Sin que ella pudiera despedirse, sin que pudiera decirle que sí, que a pesar de todo, que siempre. Se enteró una tarde cualquiera, por alguien que lo conocía, de una manera que no hace justicia a lo que él había sido para ella.
Desde entonces lo visitaba de la única manera que le quedaba: hablándole. Como hablaba con su abuelo. Como hablan los que saben que el amor no termina en el cuerpo sino mucho más lejos que eso.
"Franco," le decía a veces, en voz muy baja, casi sin mover los labios. "¿Te acordás cuando me pediste que te siguiera ese día en el colegio? ¿Qué hubiera pasado si te seguía?"
La uber moto dobló por Corrientes y Valeria volvió al presente. Ese día, como todos los días, había un hombre que la miró demasiado en la parada. Otro que le dijo algo desde una ventanilla que ella no escuchó porque ya había aprendido a no escuchar ese tipo de cosas. Había hombres que la deseaban —lo sabía, lo sentía, no era vanidad sino una percepción honesta de lo que ocurría a su alrededor. Pero los hombres que se acercaban llegaban siempre con las mismas intenciones: jugar un rato, tomar lo que pudieran y seguir.
Y Valeria ya había pagado ese precio demasiadas veces. Tenía miedo al amor con la misma intensidad con que alguna vez lo había deseado. Un miedo que no era cobardía —era memoria. Era el cuerpo diciéndole acuérdate de lo que pasó la última vez. Era el corazón con sus propias cicatrices como mapa de advertencia.
Llegó al hotel a las seis cuarenta y cinco. Soledad ya estaba en el vestuario, cambiándose con esa energía característica de quien no ha dormido bien pero no piensa mencionarlo. Treinta y seis años, el cabello siempre en un rodete que nunca terminaba de estar prolijo, y una manera de reírse —de golpe, sin aviso, desde el estómago— que era la cosa más honesta que Valeria conocía.
No tenía hijos. Tenía a Ramiro: quince años mayor que ella, un hombre que la quería a su manera, que era la única manera que conocía, que era la manera equivocada. Soledad lo sabía. Seguía igual. Porque hay ciertas compañías que no se eligen por lo que dan sino por el miedo a lo que falta si se van.
"Hoy me levanté pensando en Franco," dijo Valeria mientras se acomodaba el uniforme frente al espejo.
Soledad la miró a través del reflejo. Conocía ese nombre. Conocía el tono con que Valeria lo decía —ese tono en que la voz baja un poco, como si el nombre pesara.
"¿Y?" dijo, sin apuro.
"Y nada. Me pregunté qué hubiera pasado. Si me hubiera ido con él ese día. Si habría estudiado abogacía como quería." Hizo una pausa. "Si hubiera sido otra persona."
Soledad terminó de atarse los cordones, se incorporó y la miró directo.
"¿Querés que te diga lo que pienso?"
"No."
"Bien. Entonces no te lo digo."
Se miraron. Se rieron. Fue la clase de risa que solo existe entre dos mujeres que se conocen de verdad.
Después Soledad se puso seria —esa seriedad que le llegaba de repente, como nubes sobre un día claro.
"¿Qué será de nuestra vida, amiga?"
Lo dijo mirando al piso. Sin dramatismo. Con esa resignación tranquila de quien ya no espera que la vida le pida disculpas, pero tampoco ha dejado de desear que algo cambie.
"No sé," respondió Valeria. Y era verdad. No sabía. Pero en algún lugar debajo de ese no saber, muy adentro, muy quieto, seguía ardiendo algo pequeño que se negaba a apagarse.
La esperanza no siempre tiene nombre. A veces es solo eso: un calor sin forma que resiste.
Empezaron su turno. Pisos, habitaciones, carritos de limpieza que chirrían igual en todos los hoteles del mundo. Y en algún pasillo, sin que nadie lo viera, Valeria pensó en Franco una última vez ese día —no con tristeza sino con algo parecido a la gratitud. Porque había sido real. Porque había existido. Porque tal vez, pensó sin saber por qué, tal vez él había sido el primer hilo de algo que todavía no terminaba de tejerse.
...El otro lado del mundo — Kioto, mediodía★ ★ ★...
Sebastián
La casa de su madre olía a madera antigua, a tinta y a té de jazmín. Olía a infancia. Sebastián lo notaba cada vez que cruzaba el umbral —ese segundo en que el cuerpo recuerda cosas que la mente tiene demasiado ocupada para guardar. Midori lo recibió sin decir nada, que era su manera de decir todo, y lo llevó a la sala donde el servicio de té ya estaba dispuesto con esa exactitud ceremonial que ella mantenía incluso para los martes ordinarios.
Sebastián se sentó. Bebió el primer sorbo en silencio. Y entonces —porque con su madre el silencio siempre era una sala de espera, no un destino— habló.
"Sigo soñando con ella."
Midori no levantó los ojos de su taza. "Descríbemela otra vez."
"Ojos marrones. Una sonrisa que no parece de este tiempo. Pequeña. Hay algo en ella que... no sé cómo decirlo. No es que sea extraordinaria en lo visible. Es que desde adentro tiene algo que pesa. Algo real." Hizo una pausa. "No sé dónde está. No sé si existe."
"Existe," dijo Midori. Sin dudarlo. Sin levantar los ojos.
"¿Cómo lo sabés?"
"Porque llevas cinco años soñando con la misma cara y no has soñado con Hana ni una sola vez."
El nombre de Hana cayó en la sala como caen las cosas que ya no duelen pero que siguen pesando. Sebastián no respondió. Su madre continuó, con esa voz quieta que había usado décadas para enseñar literatura y que tenía el mismo efecto que siempre: hacía que las palabras llegaran más hondo de lo que uno se preparaba para recibirlas.
"El alma busca lo que le falta, no lo que perdió. Hana era lo que tenías. Esta mujer es lo que viene." Lo miró. "Deja de resistirte a algo que ya está pasando, Sebastián."
Él no respondió. Pero tampoco contradijo. Y con Sebastián Rhys, eso era lo más cercano al acuerdo que se podía obtener.
Al mediodía llegó la invitada. Camille Voss: treinta y ocho años, franco-japonesa, autora de tres novelas que habían circulado en los círculos correctos de Tokio y París. Midori la había conocido en una presentación literaria y la había invitado con esa intuición que las madres disfrazan de hospitalidad. Camille era exactamente lo que parecía desde lejos: refinada, inteligente, con una conversación que sabía cuándo brillar y cuándo ceder. Sebastián la evaluó en los primeros cuarenta segundos, como evaluaba todo, y guardó su conclusión en silencio.
Había algo en Camille Voss que no encajaba con exactitud. Era como un cuadro bien enmarcado cuya pintura, vista de cerca, tenía pequeñas inconsistencias. Su conversación sobre literatura era brillante pero extrañamente impersonal —hablaba de los libros como quien describe objetos en una vidriera, no como quien los ha escrito desde adentro. Citaba sin sentir. Construía sin sangrar. Y Sebastián, que había aprendido a leer a las personas con la misma frialdad con que leía balances, sintió algo que no era exactamente desconfianza pero que tampoco era su contrario.
Lo que Sebastián no sabía —todavía— era que tres de las frases más celebradas de la segunda novela de Camille Voss pertenecían a una escritora boliviana casi desconocida que nunca había podido probar nada. Que el personaje central de su primera obra era el calco exacto de una historia que una joven estudiante le había confiado en un taller literario. Que Camille Voss construía con materiales prestados sin permiso y los envolvía con un estilo propio suficientemente bueno como para que nadie mirara debajo.
Pero la ambición, cuando es de ese tipo, siempre deja un olor. Y Sebastián —que entre sus muchas habilidades tenía la de percibir lo que la gente no dice— lo detectó mientras ella hablaba de sus próximos proyectos con una seguridad que rozaba la arrogancia.
El almuerzo fue impecable y frío, como suelen ser las comidas en que todos actúan correctamente. Sebastián habló lo necesario, fue cortés con la precisión de quien ha aprendido que la cortesía puede ser también una distancia. Cuando Camille se fue —con una sonrisa que prometía un reencuentro que él ya sabía que no ocurriría— Midori lo miró desde la puerta.
"No," dijo Sebastián antes de que ella preguntara.
Midori asintió, sin sorpresa. "Lo sospechaba." Se dio vuelta hacia la cocina. "¿Más té?"
Volvió a Tokio en el tren de las cuatro. La ciudad lo recibió con su ruido organizado, su luz artificial y esa sensación particular de estar rodeado de millones de personas y ser, de alguna manera, el único. Se dio una ducha larga —el agua caliente contra la espalda, ese ritual que era lo más cercano que tenía a vaciarse. Se puso ropa cómoda. Se acostó.
Y el sueño llegó antes de lo esperado.
Pero esta vez era distinto.
El sueño compartido — hora sin nombre
...Ella estaba, como siempre, pero más cerca. Cerca de una manera que no era física sino presencial —como estar dentro del mismo espacio de aire, respirando lo mismo....
...Los ojos marrones. La sonrisa que él reconocía sin haberla visto nunca en vigilia. Y esta vez algo nuevo: lágrimas. No de desesperación sino de ese cansancio profundo que tienen las personas que han sido fuertes demasiado tiempo solas....
...Su voz llegó sin sonido, como llegan las cosas en los sueños que importan: directa al pecho, sin pasar por los oídos....
...Ven. Abrázame....
...Y entonces —por primera vez en todos esos meses de mismo rostro y misma distancia— Sebastián dio un paso hacia ella....
...Y llegó el aroma....
...No era perfume. Era algo más antiguo que cualquier perfume. Algo que su cuerpo reconoció antes que su mente, de la misma manera en que se reconoce una canción que no recordabas saber pero que tus dedos tocan solos....
...Tibio. Real. Suyo....
...Sebastián Rhys —que no abrazaba a nadie, que mantenía el mundo a distancia con la misma constancia con que otros lo buscan— extendió los brazos en el sueño....
...Y no despertó....
...Buenos Aires — la misma tarde★ ★ ★...
Valeria llegó a su casa a las dos y media. Alma no estaba —clase en la universidad. Mateo tampoco —entrenamiento. La casa en silencio era un lujo extraño, casi incómodo, que ella no sabía del todo cómo habitar.
Se quitó los zapatos. Calentó agua. No hizo el té. Se sentó en el borde de su cama y miró el techo un momento —ese techo que tantas noches había sido demasiado pesado para mirarlo— y sintió, de golpe, algo que no era exactamente tristeza sino su primo hermano: la soledad lúcida. Esa que sabe exactamente lo que le falta y no tiene manera de pedirlo.
"¿Por qué, Señor?" dijo en voz baja. Sin protocolo, sin rezar bien, como siempre —con esa fe directa y sin adornos que es la única que sobrevive a los años difíciles.
"¿Por qué debo vivir así? Tan sola. Tan entera por afuera y tan vacía en este rincón."
Hizo silencio. El tipo de silencio en que uno espera, aunque no sepa bien qué.
"Necesito un abrazo. Solo eso. Un alguien que diga todo va a estar bien y que cuando lo diga, sea verdad. Necesito sentirme protegida. Una sola vez. Por una vez en la vida."
Se recostó. Cerró los ojos sin querer cerrarlos. Y el sueño la tomó con una suavidad que no esperaba —sin la resistencia habitual, sin el inventario de preocupaciones que solía procesarse antes de dormirse.
Y en ese sueño hubo brazos. Grandes. Firmes. El tipo de abrazo que no aprieta por miedo sino que sostiene porque puede. Un calor que llegó desde afuera pero se instaló adentro. Una voz que no escuchó con palabras pero sí con el cuerpo entero, diciéndole algo que ella llevaba años esperando escuchar.
Valeria sonrió dormida. Y fue la primera vez en mucho tiempo que su cara, en reposo, no guardaba ningún esfuerzo.
...En Tokio, eran las once de la noche. Sebastián dormía con una calma que su cuerpo había olvidado tener....
En Buenos Aires, eran las tres de la tarde. Valeria dormía con una sonrisa que su cara había olvidado hacer.
Por primera vez en la historia de sus dos vidas separadas, durmieron al mismo tiempo. En el mismo sueño. Sin saberlo.
Y en algún lugar entre los dos —en ese espacio sin coordenadas donde las almas hacen lo que el mundo no les permite— algo que llevaba años buscándose encontró, finalmente, una dirección.
...✦ ✦ ✦...
Continuará en el Capítulo IV