Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 21
El regreso de Doña Elena Durantt a la ciudad fue anunciado no por trompetas, sino por un aire de rigidez que pareció congelar los círculos sociales más exclusivos. La matriarca, una mujer cuya elegancia era tan afilada como su lengua, había pasado los últimos años en Europa, convencida de que su "limpieza" familiar había sido un éxito absoluto. Para ella, Tania no era más que un error de juventud de su hijo, una mancha que creía haber borrado con fotos falsas y un portazo bajo la lluvia.
Al enterarse de que Tania no solo había regresado, sino que era la presidenta de Atlas Global y tenía a Nicolás contra las cuerdas, Elena sintió una furia que solo la envidia de clase puede generar. No podía permitir que la "cenicienta" que ella misma arrojó al lodo estuviera ahora caminando sobre el mármol de la alta sociedad.
El escenario elegido para el contraataque fue el té anual de beneficencia de la Fundación Luz, el evento donde se decidía quién era quién en la pirámide social.
El salón del Hotel Majestic estaba decorado con orquídeas blancas y porcelana de Sèvres. Elena Durantt reinaba en la mesa central, rodeada de mujeres que le temían más de lo que la respetaban. Llevaba un vestido de seda gris perla y un collar de perlas que parecía una soga de autoridad.
—He oído que hay personas nuevas intentando comprar su entrada a nuestra mesa —comentó Elena, alzando su taza con el dedo meñique rígidamente extendido—. Es fascinante cómo el dinero nuevo cree que puede ocultar un origen... común.
En ese momento, Tania entró al salón. No buscó aprobación. Llevaba un vestido de corte impecable en color esmeralda y caminaba con una serenidad que hacía que las demás mujeres parecieran nerviosas. A su lado, Marcus caminaba un paso por detrás, más como un estratega que como un asistente.
Tania divisó a Elena. El corazón le dio un vuelco por un microsegundo, recordando el veneno que esta mujer le había inyectado durante su matrimonio, pero la debilidad fue sofocada por años de forjar su carácter en el frío de la supervivencia. Hoy, Elena no era su verdugo; era un fantasma irrelevante.
Elena, al ver que Tania no se acercaba a saludarla —una falta de protocolo imperdonable en su mundo—, decidió forzar el encuentro. Se levantó con la gracia de una cobra y caminó hacia donde Tania revisaba el catálogo de la subasta.
—Tania... —dijo Elena, su voz cargada de un falso afecto que goteaba veneno—. Me dijeron que habías vuelto, pero me costó creerlo. Después de cómo te fuiste, pensé que tendrías la decencia de no volver a mostrar la cara en los lugares donde no perteneces.
Tania ni siquiera levantó la vista del catálogo. Pasó una página con delicadeza.
—Disculpa, Marcus —dijo Tania, ignorando la presencia física de la matriarca—, ¿quién es la señora que está interrumpiendo mi lectura? ¿Es parte del servicio de catering? Dile que las flores de la mesa tres necesitan agua.
El silencio en el salón fue tan pesado que se podía escuchar el tintineo de las cucharillas de plata. Elena palideció, sus labios apretados en una línea de furia contenida.
—¿Cómo te atreves, insolente? —siseó Elena, acercándose para hablarle al oído—. Sé quién eres. Sé lo que hiciste. Puedes comprarte toda la ropa de París, pero sigues siendo la misma mujer que mi hijo echó de su cama por traidora. ¿Dónde dejaste al bastardo que usas para chantajearlo?
Tania cerró el catálogo con un chasquido seco. Se giró lentamente y miró a Elena. No con odio, no con rabia, sino con una mirada de absoluta indiferencia, la misma que se le dedica a una mota de polvo en un traje caro.
—Señora Durantt —dijo Tania con una voz clara que recorrió las mesas cercanas—, le sugiero que cuide su presión arterial. A su edad, los berrinches en público suelen ser fatales para la dignidad. Respecto a su hijo, él ya sabe quién es el verdadero traidor de esta historia. Y respecto a mi hijo... él es el heredero de todo lo que usted cree poseer, aunque no tenga el dudoso honor de conocerla.
Elena levantó la mano, cegada por el impulso de abofetearla, pero Marcus interceptó su muñeca con una fuerza tranquila y firme.
—La señora está ocupada, señora Durantt —dijo Marcus con un tono de advertencia que heló la sangre de la matriarca.
Tania volvió a su catálogo como si Elena hubiera dejado de existir en el plano material.
—Marcus, por favor —añadió Tania, ya dándole la espalda—, haz una donación sustancial a la fundación en nombre de Atlas Global. Parece que la familia Durantt está teniendo problemas para mantener el nivel de elegancia que solían presumir. Es triste ver a las instituciones decaer de esta manera.
Elena se quedó sola en medio del salón, con el rostro encendido de humillación. Las mujeres que antes la rodeaban ahora cuchicheaban tras sus abanicos, mirando a Tania con una mezcla de terror y admiración. La matriarca entendió, con un frío vacío en el estómago, que sus tácticas de hace seis años ya no funcionaban. Tania no era la niña asustada que buscaba su aprobación; era la mujer que podía borrarla del mapa social con un solo gesto de desprecio.
Tania salió del hotel minutos después, sintiendo una ligereza que no esperaba. No había gritado, no había llorado, no había buscado venganza. Simplemente la había tratado como lo que Elena era ahora en su vida: nada.
Al subir a su coche, miró por la ventana el edificio del hotel. El veneno de su suegra ya no tenía efecto porque ella ya no era el cuerpo que lo recibía. Estaba lista para el siguiente paso del plan. Nicolás estaba perdiendo sus acciones, y Elena acababa de perder su último gramo de autoridad. El imperio Durantt no estaba cayendo por un ataque externo; se estaba desmoronando desde adentro, ante la indiferencia soberana de la mujer que una vez intentaron destruir.