Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 4
Habían pasado tres días desde que me atreví a corregir al hombre más temido del reino, y todavía sentía el eco de su voz en mi nuca cada vez que cerraba los ojos. Trabajar en el ala este se había convertido en una especie de adicción masoquista. El Capitán Vane ya no me miraba como a una intrusa, sino como a un milagro caído del cielo que le permitía dormir dos horas más por noche, pero mis ojos… mis ojos siempre estaban puestos en la puerta del fondo.
La oficina del Comandante.
Era un lugar prohibido, un santuario de roble y hierro donde solo los oficiales de alto rango entraban. Sin embargo, yo necesitaba una excusa. No me bastaba con organizar archivos en un rincón polvoriento; necesitaba que él sintiera mi presencia, que el rastro de mi existencia se cruzara con su rutina hasta que fuera imposible ignorarme.
—Capitán —dije, acercándome al escritorio de Vane con un fajo de informes de inteligencia que acababan de llegar—. Los registros de la caballería del norte están incompletos. Faltan las firmas de confirmación del destacamento de Oakhaven. He visto que el Duque tiene los originales en su despacho privado.
Vane levantó la vista, horrorizado.
—¿En su despacho? Niña, Thorne no permite que nadie toque sus papeles personales. Si le falta una firma, que espere. Nadie entra allí a menos que él lo ordene.
—Pero el despliegue es mañana al alba —insistí, bajando la voz y fingiendo una preocupación puramente profesional, aunque por dentro mis manos temblaban—. Si las unidades llegan a la frontera sin el registro oficial, habrá un caos administrativo. Puedo entrar, recoger los documentos y salir en un minuto. Él está en el campo de entrenamiento ahora mismo, lo he visto desde la ventana.
Vane dudó. Miró el reloj de pared y luego la montaña de trabajo que aún le quedaba. La eficiencia era el talón de Aquiles de los hombres como él.
—Está bien —suspiró, entregándome una llave de bronce—. Pero entra y sal como un ratón. Si te encuentra allí… bueno, reza para que esté de buen humor, aunque dudo que conozca el significado de esa frase.
Caminé por el pasillo con el corazón golpeándome las costillas. Mis pies no hacían ruido sobre la alfombra desgastada. Al llegar a la pesada puerta de madera, introduje la llave. El clic de la cerradura sonó como un disparo en el silencio del pasillo.
Entré.
El despacho de Alistair Thorne era exactamente como él: sobrio, imponente y peligrosamente organizado. No había cuadros de paisajes ni decoraciones innecesarias. Solo mapas de guerra clavados en las paredes con puñales, una chimenea apagada y un enorme escritorio de caoba que dominaba la estancia.
Pero lo que más me impactó fue el olor.
No era el olor rancio del cuartel. Aquí el aire estaba saturado de él. Era una mezcla embriagadora de tabaco caro, madera vieja y ese aroma animal y masculino que desprendía su piel. Cerré los ojos por un segundo, inhalando profundamente. Mi cuerpo reaccionó de una manera que me avergonzó; un calor súbito se instaló en mi vientre, una pulsación que nunca antes había experimentado.
Me acerqué al escritorio, moviéndome con la timidez de una intrusa y la curiosidad de una amante. Vi su pluma de plata, una daga que usaba como abrecartas y una pequeña caja de madera tallada. Mis dedos rozaron la superficie de la mesa, imaginando sus manos grandes y fuertes trabajando allí durante la noche.
Busqué los documentos. Estaban justo en el centro, bajo un pisapapeles de mármol. Pero mientras los tomaba, mi mirada se desvió hacia una prenda que colgaba del respaldo de su silla.
Era su guerrera de servicio, la que usaba cuando no llevaba la armadura de gala.
Sin pensar, impulsada por un deseo incontrolable que nublaba mi juicio, me acerqué. Alargué la mano y toqué la tela oscura. Era áspera, resistente. Acerqué mi rostro a la prenda y aspiré el aroma que quedaba en el cuello. Era tan intenso que sentí un mareo delicioso. Me imaginé atrapada entre esa guerrera y su pecho, sintiendo los músculos de acero que había adivinado bajo la tela.
En ese momento, la realidad de mi audacia me golpeó. ¿Qué estaba haciendo? Parecía una loca, una criatura obsesionada. Me enderecé rápidamente, con las mejillas ardiendo, y agarré los papeles del destacamento de Oakhaven.
Me giré para salir, pero me quedé petrificada.
La puerta no estaba cerrada del todo. Y en el umbral, recortado contra la luz del pasillo, estaba él.
Alistair Thorne no parecía estar de buen humor. Su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello, revelando la base de una garganta poderosa, y tenía el cabello ligeramente desordenado, como si acabara de quitarse el casco. Sus ojos grises estaban fijos en mí, cargados de una intensidad que me hizo querer arrodillarme y correr al mismo tiempo.
—¿Qué haces en mi despacho, Elena de Valois? —Su voz no fue un grito. Fue un susurro bajo, ronco, que vibró directamente en mi espina dorsal.
—Yo… el Capitán Vane… —mi voz se quebró. El aire en la habitación se volvió denso, casi irrespirable—. Faltaban las firmas. Mañana es el despliegue… solo quería ser eficiente.
Él entró, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento lento y deliberado. No me quitó los ojos de encima. Cada paso que daba hacia mí reducía el oxígeno en la habitación. Me sentí acorralada contra su escritorio, pequeña y vulnerable ante la inmensidad de su presencia.
—Vane no tiene autoridad para darte mi llave —dijo, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Era tan alto que su sombra me cubría por completo. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo tras el entrenamiento.
—Lo siento, Excelencia —bajé la mirada, sintiendo que mi timidez regresaba como una marea sofocante—. No volverá a ocurrir.
—Mírame.
Fue una orden. No pude desobedecerla. Elevé la vista y me encontré con esa tormenta gris. Pero esta vez era diferente. No había solo frialdad; había algo más, una chispa de irritación mezclada con una curiosidad oscura que me quemaba la piel.
Él bajó la vista hacia mis manos, que apretaban los documentos contra mi pecho, y luego hacia mis labios. El silencio se prolongó, cargado de una tensión sexual tan palpable que juraría que podía oír los latidos de su corazón compitiendo con los míos.
—Eres una distracción —dijo de repente. Su mano se movió, tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar. Sus dedos largos y fuertes atraparon mi barbilla, obligándome a mantener el contacto visual. Su tacto era cálido, casi abrasador comparado con la frialdad de su voz—. Desde que llegaste, el ala este huele menos a pólvora y más a… ti.
Mi respiración se volvió errática. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas plateadas en sus iris.
—No… no era mi intención molestar —susurré, sintiendo que mis piernas perdían fuerza. Su pulgar rozó mi labio inferior, un movimiento casi imperceptible pero que envió una descarga eléctrica a través de todo mi cuerpo.
Sus ojos se oscurecieron. Por un segundo, creí que iba a besarme, que iba a romper ese muro de hielo y reclamar lo que mi cuerpo pedía a gritos. Su mirada bajó a mi escote, que subía y bajaba con mi respiración agitada. La sensualidad de la situación era abrumadora; el Comandante más frío del reino me tenía atrapada en su despacho, y el deseo que sentía por él era algo que ya no podía controlar.
—Vete —dijo de pronto, soltando mi barbilla como si mi piel le quemara—. Toma los documentos y vete. Si vuelves a entrar aquí sin mi permiso, no importará lo buena que sea tu caligrafía. Te enviaré de vuelta a tu casa en el primer carruaje de suministros.
Me quedé aturdida, con los labios todavía vibrando por su contacto. Él se dio la vuelta, dándome la espalda, y caminó hacia la ventana, apoyando las manos en el marco con una tensión que hacía que los músculos de sus brazos se marcaran bajo la camisa.
—Sí, Excelencia —logré decir, con la voz temblorosa.
Salí del despacho casi corriendo, con los documentos apretados contra mi pecho como si fueran un tesoro. Mi mente era un caos. Me había echado, me había amenazado, pero también me había tocado. Había dicho que yo era una distracción.
Él me sentía. El Muro de Invierno no era tan impenetrable como todos creían. Bajo esa capa de hielo, había un fuego que él intentaba desesperadamente sofocar. Y yo, a pesar de mi timidez, acababa de descubrir que tenía el poder de avivar las llamas.
Caminé hacia mi mesa, ignorando la mirada inquisitiva de Vane. Mis dedos todavía sentían el rastro de su pulgar en mis labios. El miedo seguía ahí, pero el deseo era ahora una llama rugiente que consumía cualquier rastro de prudencia.
Alistair Thorne quería mantenerme a raya con su frialdad. Pero no sabía que cada vez que me empujaba, solo lograba que yo quisiera estrellarme contra él con más fuerza.
Él era mío. Solo que él todavía no lo sabía.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉