El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 3: El Nido de Víboras
El sol de la mañana se filtraba por las celosías de mármol del palacio, proyectando sombras geométricas sobre el suelo de la alcoba real. Dorian se despertó solo en la inmensa cama de seda, pero no sintió alivio. El peso de la advertencia de Selim de la noche anterior se sentía como una losa sobre su pecho. El puñal de marfil que el Sultán le había dado seguía bajo su almohada, pero Dorian sabía que, en las cámaras del Harén, un arma de acero era demasiado obvia. Necesitaba algo más sutil.
La puerta se abrió y un grupo de sirvientes eunucos, encabezados por el Eunuco Jefe, Sumbul, entró con pasos silenciosos. Traían bandejas con aceites, ropas de seda de color esmeralda y joyas de oro.
—El Sultán ha ordenado que se os prepare para vuestra presentación ante la Valide Sultan —anunció Sumbul, su voz chillona ocultando una mirada analítica que recorría a Dorian de arriba abajo—. Tenéis suerte, extranjero. Pocos sobreviven a una noche en los aposentos privados y conservan el cuello.
Dorian se levantó con una elegancia que descolocó a los sirvientes. No se mostró avergonzado ni sumiso. —La suerte es una palabra que usan los débiles para justificar su falta de estrategia, Sumbul —respondió Dorian, permitiendo que le pusieran la túnica de seda, pero manteniendo su postura rígida—. El Sultán no me dejó vivir por suerte, sino porque tiene curiosidad. Y la curiosidad es una correa muy corta.
Sumbul arqueó una ceja, sorprendido por la audacia del joven. Los sirvientes intentaron colocarle un collar de esmeraldas pesado, pero Dorian los detuvo. —Solo el de oro fino. No quiero parecer un árbol cargado de frutos listo para ser cosechado. Quiero parecer alguien que sabe exactamente cuánto vale.
Cuando Dorian fue conducido hacia las áreas comunes del Harén, el aire cambió. Ya no olía a incienso y libertad, sino a flores dulces, sudor escondido y una tensión eléctrica. Cientos de ojos se clavaron en él. Omegas de todas partes del mundo —circasianos, griegos, persas— se asomaban por las barandillas de los pisos superiores, susurrando tras sus abanicos.
En el centro del patio principal, sentada en un diván de terciopelo púrpura, se encontraba Layla, la omega que hasta ayer había sido la favorita indiscutible de Selim. Era hermosa, con ojos oscuros como el carbón y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.
—Así que este es el "león del norte" —dijo Layla en voz alta para que todas las demás la oyeran—. Parece más bien un gatito asustado envuelto en seda que no le pertenece.
Dorian se detuvo. No bajó la cabeza, ni aceleró el paso. Se acercó al diván de Layla con una calma que hizo que los susurros cesaran.
—La seda le pertenece a quien la viste, no a quien la envidia —dijo Dorian, su voz resonando con una claridad cristalina—. He oído mucho de vos, Layla. Dicen que vuestra belleza es solo superada por vuestra paciencia... una paciencia de años esperando un heredero que el Sultán parece no tener prisa en daros.
El rostro de Layla se transformó en una máscara de furia. El golpe había sido directo al corazón de su inseguridad. —¿Cómo te atreves...? —empezó a decir, poniéndose de pie.
—No os ofendáis —la interrumpió Dorian con una sonrisa gélida—. Solo me pregunto si el Sultán prefiere la "paciencia" o prefiere algo que realmente lo mantenga despierto por las noches. Si vuestro único poder es el tiempo que habéis pasado aquí, entonces sois como estos muebles: antiguos y fáciles de reemplazar.
Un jadeo colectivo recorrió el patio. Dorian no solo la había insultado; le había recordado a todos que su posición era frágil. Layla dio un paso hacia él, pero Dorian no retrocedió ni un milímetro. Sabía que ella no podía atacarlo físicamente frente a los eunucos del Sultán.
—Disfruta tu momento, extranjero —siseó Layla—. La Valide Sultan te espera en la Cámara de las Rosas. Ella no es tan indulgente como yo.
Dorian fue llevado a una sala donde el aroma a rosas era casi asfixiante. Allí, sentada en un trono de plata, estaba la madre del Sultán. Una mujer de edad incierta, con una mirada de Alfa que parecía leer los secretos más oscuros de Dorian. A su lado, el té humeaba en pequeñas tazas de porcelana.
—Siéntate —ordenó la Valide.
Dorian se sentó, pero no en el suelo a sus pies como se esperaba, sino en un taburete bajo, manteniendo su columna recta. La Valide lo observó durante un minuto eterno que habría hecho temblar a cualquiera.
—Mi hijo dice que tienes un espíritu interesante —dijo ella finalmente—. Yo solo veo a un joven hermoso que cree que la belleza lo protegerá de las serpientes. Dime, Dorian, ¿qué crees que pasará cuando Selim se canse de tu lengua afilada?
Dorian miró fijamente a la mujer que controlaba los hilos del palacio. Sabía que no podía enfrentarla como a Layla. Con ella, necesitaba demostrar que podía ser útil, no solo un estorbo.
—Pasará lo mismo que pasa con todas las tormentas, mi Señora: dejarán un terreno fértil o una ruina —respondió Dorian—. Pero no estoy aquí para ser una distracción para vuestro hijo. Estoy aquí porque este imperio, por muy grande que sea, está lleno de hombres que le dicen a Selim lo que quiere oír. Yo soy el único que le dice lo que necesita escuchar.
La Valide arqueó una ceja, intrigada por primera vez. —¿Y qué es lo que "necesita" escuchar mi hijo según tú?
Dorian se inclinó un poco, bajando la voz. —Necesita saber que el Gran Visir está desviando fondos de las galeras del Bósforo. Lo vi en los libros de carga mientras me traían prisionero. Los números no mienten, aunque los hombres sí.
La Valide se quedó de piedra. El Gran Visir era su aliado político, pero también una amenaza para la estabilidad del trono de su hijo. Que este omega extranjero hubiera notado algo así demostraba una inteligencia analítica que nadie en el Harén poseía.
—Si eso es cierto... —murmuró la Valide.
—Es cierto —afirmó Dorian—. Podéis usar esa información para fortalecer el trono de vuestro hijo, o podéis dejar que el Visir siga engordando mientras vuestro hijo arriesga su vida en el mar. Vos sois la madre del Sultán. Vos decidís si queréis a un omega que sepa bailar, o a uno que sepa vigilar vuestras espaldas.
La Valide Sultan guardó silencio. Por primera vez en décadas, alguien le ofrecía una alianza basada en el poder y el intelecto, no en la súplica. Miró a Dorian con un nuevo respeto, un respeto nacido del miedo a su capacidad.
—Vete —dijo la Valide—. Sumbul te llevará a tus nuevos aposentos. No son los del harén común. Estarás en el ala este, cerca de la biblioteca.
Dorian se levantó y le hizo una reverencia perfecta, ni muy baja para parecer sumiso, ni muy alta para parecer arrogante. —Gracias, mi Señora.
Mientras salía de la habitación, Dorian sintió que sus manos sudaban. Había apostado su vida a una sola carta: la ambición de la Valide. No había usado el puñal de Selim, pero había clavado una daga de duda en el corazón de la política del palacio.
Al llegar a sus nuevos aposentos, encontró a Selim esperándolo en la sombra de los arcos. El Sultán tenía una sonrisa extraña en el rostro.
—Me han dicho que has dejado a Layla llorando de rabia y que mi madre ha ordenado que se revisen las cuentas del puerto —dijo Selim, acercándose a Dorian con una mirada cargada de una fascinación peligrosa—. Te di un puñal para defenderte, Dorian. No esperaba que quemaras mi corte entera antes del almuerzo.
Dorian se cruzó de brazos, sosteniendo la mirada del Alfa. —Os dije que no sería un esclavo fácil, Selim. Si queréis a alguien que solo sepa gemir y obedecer, os habéis equivocado de hombre. Yo juego para ganar, y en este momento, parece que vuestra corte es mi tablero de ajedrez.
Selim soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo, un sonido lleno de un respeto que Dorian nunca pensó ganar de un tirano. —Entonces, que empiece la partida, Dorian. Porque ahora que mi madre te ve como una herramienta y Layla te ve como un demonio, el único lugar seguro para ti en este mundo será, irónicamente, entre mis brazos.
—Eso es lo que vos creéis —replicó Dorian, pasando por su lado sin tocarlo—. Pero recordad: un león en una jaula de oro sigue teniendo garras. Y yo apenas estoy empezando a usarlas.
Espero disfruten esta nueva aventura