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EL TRONO DE ÁMBAR

EL TRONO DE ÁMBAR

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Época / Posesivo
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Andy GZ

El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.

Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.

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Capítulo 2: El Precio del Orgullo

El silencio en los aposentos imperiales no era de paz, sino de una tregua armada.

Dorian estaba de pie junto a los ventanales de arco ojival que daban al Bósforo. El viento nocturno agitaba las cortinas de seda, pero él no sentía el frío; su cuerpo todavía vibraba con la adrenalina del enfrentamiento en la sala del trono. No se había sentado en la cama inmensa, ni había tocado las bandejas de plata con frutas y dulces que los eunucos habían dejado. Se negaba a aceptar la hospitalidad de un hombre que lo consideraba un trofeo de guerra.

Escuchó el clic pesado de la cerradura. No se dio la vuelta.

Entonces, la puerta se abrió.

Selim ya no vestía sus galas de guerra. Llevaba una túnica de lino blanca, abierta hasta la mitad del pecho, revelando una piel bronceada y marcada por cicatrices de cimitarras. Sin las joyas y el turbante, parecía aún más peligroso; ya no era un monarca, era un hombre. Un Alfa hambriento. Cerró la puerta tras de sí con un golpe sordo y caminó hacia Dorian, deteniéndose a solo unos centímetros de su espalda.

—Dime tu nombre —exigió Selim.

Dorian frunció el ceño apenas, sin girarse todavía.

—¿Ni siquiera vais a mirar a vuestro soberano? —añadió Selim, su voz como terciopelo sobre acero.

Dorian mantuvo la vista fija en las luces distantes de las galeras que patrullaban el mar.

—Un soberano es aquel que rige sobre un pueblo que lo eligió, o que lo acepta —respondió Dorian, su voz gélida y perfecta—. Para mí, solo sois el hombre que ha puesto precio a mi libertad. Y las mercancías no tienen la obligación de saludar al comprador.

Selim dio un paso más, invadiendo completamente su espacio. El aire se volvió denso; su aroma —cedro, incienso y ese calor metálico del poder— envolvió a Dorian, buscando doblegarlo desde lo más instintivo. Aun así, Dorian apretó los puños, resistiendo.

—Quiero oírlo de tus labios —murmuró Selim, inclinándose apenas hacia él.

El cuerpo de Dorian reaccionó antes que su mente, y eso lo enfureció más que la presencia del propio Sultán.

—Dorian… —logró decir finalmente.

Selim repitió el nombre con una lentitud inquietante.

—Dorian… Tienes un aroma a lirios y tormenta. Un aroma que me pertenece desde el momento en que me miraste a los ojos.

Solo entonces, Dorian se giró para encararlo. Sus ojos azules eran dos cuchillas de hielo.

El sonido de los pasos de Selim sobre la alfombra fue casi imperceptible, pero su cercanía lo era todo. El Sultán estiró una mano y, con una lentitud deliberada, trazó la línea de la mandíbula de Dorian hasta llegar a su nuca. Sus dedos se enterraron en el cabello del omega, tirando con suavidad pero con una firmeza absoluta, obligándolo a exponer su cuello.

—Tu aroma dice que estás aterrado, pero tu voz dice que me desprecias —murmuró Selim, rozando su oreja con el aliento—. Es una combinación fascinante. ¿Sabes lo que les ocurre a los que me hablan con ese tono?

—Supongo que mueren —dijo Dorian, sosteniendo su mirada sin ceder—. Adelante, Majestad. Si no soportáis que un hombre os mire a la cara y os diga la verdad, terminad con esto. Mi cuerpo está aquí, pero no esperéis que mi voluntad se arrodille.

Selim soltó un gruñido bajo, un sonido puramente Alfa.

—Oh, pequeño león… —murmuró contra su piel—. No quiero vencerte. Quiero quemarme contigo hasta que no quede nada más que cenizas y este vínculo que nos está matando a ambos.

Y entonces lo rodeó con sus brazos, pegando el cuerpo delgado de Dorian contra su pecho sólido y caliente. En ese abrazo no había suavidad, sino posesión contenida, una fuerza que no necesitaba demostrarse para ser evidente. Dorian se tensó, preparado para resistir, pero no se apartó.

—Muchos me han ofrecido sus cuerpos por una gota de mi favor —continuó Selim en voz baja—. Me han suplicado que los marque, que los haga suyos. Y tú… tú me tratas como si fuera un mendigo que pide limosna.

—Porque el deseo sin consentimiento es solo un asalto con otro nombre, Selim —escupió Dorian, usando su nombre sin título, un sacrilegio absoluto—. Podéis tomar lo que queráis por la fuerza. Tenéis los guardias, las leyes y los nudos. Pero nunca tendréis la satisfacción de saber que Dorian de las Tierras del Norte se entregó a vos. Solo tendréis un cadáver que respira.

Selim se quedó inmóvil por un instante. Nadie en los tres continentes que gobernaba se había atrevido jamás a desafiarlo de esa manera. Finalmente, lo soltó, no con rechazo, sino con algo más cercano a la fascinación.

—Eres un veneno, Dorian. Un veneno envuelto en seda.

Se alejó unos pasos y se desabrochó la pesada capa carmesí, arrojándola sobre una silla de ébano. Se quedó solo con su túnica de lino, luciendo menos como un dios y más como un guerrero cansado. Se sentó en el borde de la inmensa cama y señaló el espacio frente a él.

—Ven aquí.

Dorian no se movió.

—No.

Selim arqueó una ceja, y por un momento, la sombra del "Implacable" regresó a sus ojos.

—No te estoy llamando para lo que crees. Si quisiera tomarte, ya estarías bajo mi cuerpo y tus gritos se perderían en el Bósforo. Siéntate. Hablemos.

Dorian evaluó la situación. La curiosidad pudo más que el miedo, y caminó con elegancia, sentándose no en la cama, sino en una banqueta de terciopelo a una distancia prudencial.

—¿De qué quiere hablar un Sultán con su "regalo"? —preguntó con sarcasmo.

—De cómo vas a sobrevivir —respondió Selim, apoyando los codos en sus rodillas—. Has cometido un error fatal hoy. Al desafiarme frente a mi corte, te has puesto una diana en el pecho. Mañana, cada omega del harén, cada visir que quiere colocar a su hija en mi cama y mi propia madre, la Valide Sultan, buscarán la forma de destruirte. Te ven como la debilidad del Sultán.

—No soy vuestra debilidad —replicó Dorian rápidamente—. No soy nada vuestro.

—A los ojos del mundo, lo eres. Y en este palacio, la percepción es la única realidad —Selim se levantó, fue hacia un pequeño cofre de sándalo y sacó un puñal de empuñadura de marfil y hoja de acero de Damasco. Regresó y se lo tendió por el mango—. Tómalo.

Dorian lo miró con desconfianza.

—¿Para qué?

—Para que cuando intenten envenenar tu comida, o cuando una mano se deslice en tu cama mientras duermes en el harén, puedas defenderte —dijo Selim, con una suavidad inesperada—. No te daré las cosas fáciles, Dorian. No voy a ordenarte que me ames, porque sé que no lo harás. Pero tampoco voy a dejar que te maten antes de que yo descubra qué hay detrás de esa mirada de hielo.

Dorian tomó el puñal. El peso del metal era real, frío y reconfortante.

—Si me das esto, sabes que podría usarlo contra ti —advirtió.

Selim sonrió, una sonrisa de depredador.

—Inténtalo si puedes, pequeño león. Pero te advierto: en este palacio, yo soy el único aliado que tienes, aunque me odies con cada fibra de tu ser. Esta noche dormirás en esa cama. Solo. Yo dormiré en el diván de la otra estancia. No te tocaré hasta que seas tú quien me lo pida.

Dorian soltó una risa seca.

—Entonces, Majestad, preparaos para dormir en el diván por el resto de vuestra vida.

Selim se detuvo en la puerta de la estancia contigua y lo miró por encima del hombro.

—He ganado guerras que duraron décadas, Dorian. La paciencia es mi mejor arma. Mañana empieza tu verdadera prueba. No mueras. Sería un desperdicio de un espíritu tan... interesante.

Cuando la puerta se cerró, Dorian se quedó solo en la inmensidad de la alcoba. Apretó el puñal contra su pecho y se dejó caer sobre las sábanas de seda. No lloró. No se permitió esa debilidad. Miró hacia el techo dorado y supo que la batalla no había hecho más que empezar. Selim no tendría su cuerpo, y mucho menos su corazón, pero Dorian tendría que aprender a ser una víbora entre víboras si quería sobrevivir al nido al que lo habían arrojado.

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Andy Gomez
Muchas gracias 🫶
Espero disfruten esta nueva aventura
Patricia Manasse
Autora totalmente feluz con tus novelas! las boy leyendo todas👏
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