Un amor roto por mentiras renace entre el deseo y el rencor. Aura regresa con un secreto que lo cambia todo: un hijo. Mauricio nunca dejó de amarla, pero el engaño los separó. Entre pasiones, verdades ocultas y una rival obsesiva, el destino los enfrentará nuevamente.
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Capítulo 9: Rutinas nuevas
Unos días después…
La casa ya no se sentía extraña.
Poco a poco, Aura había vuelto a encajar en ese espacio que una vez fue suyo. Los silencios ya no eran incómodos, las miradas ya no estaban cargadas de preguntas… y Christopher llenaba cada rincón con su risa.
—¡Mami, mira! —dijo el pequeño, levantando el tenedor como si fuera un avión.
—Cuidado con eso, capitán —respondió Aura, conteniendo una sonrisa.
El desayuno transcurría tranquilo.
Isabel observaba a su nieto con una ternura que no podía disimular, mientras Eduardo lo miraba con una mezcla de orgullo y asombro, como si aún no terminara de creer que ese niño formaba parte de su vida.
—Come bien, campeón —le dijo Eduardo.
—Sí, abuelo —respondió Christopher, obediente.
Aura los observó.
—Chris, apúrate—. Se nos hace tarde.
Eduardo le tendió unas llaves.
—Hija… —dijo, lanzándolas suavemente sobre la mesa—. Puedes llevarte el viejo cacharro.
Aura alzó la mirada.
—¿Que harán si deben salir?
—No te preocupes por eso—respondió él con una leve sonrisa—. Tu lo necesitas más.
Aura dudó un segundo… pero luego asintió.
—Gracias, papá.
—Para eso estamos.
Isabel tomó asiento frente a ella.
—¿Cómo te va en el trabajo?
Aura dejó la taza sobre la mesa.
—Me va bien, mamá.
Hizo una pausa.
—Hoy tengo una reunión… mi jefe me pidió que lo acompañe.
Eduardo la miró con atención.
—Eso quiere decir que aprecian tu trabajo.
Aura asintió.
—Eso parece.
Pero algo en su expresión reflejaba más que simple profesionalismo.
Había curiosidad.
Expectativa.
Quizá… un poco de inquietud.
—Confía en ti —añadió Isabel con suavidad—. Siempre has sabido lo que haces.
Aura le dedicó una pequeña sonrisa.
—Lo intento.
Se levantó, tomando su bolso.
—Vamos, Chris.
El pequeño se puso de pie de inmediato.
—Listo.
Aura tomó las llaves del auto.
Ese pequeño gesto…
Se sintió como otro paso adelante.
—Nos vemos luego —dijo, acercándose a sus padres.
—Cuídate —respondió Isabel.
—Y maneja con cuidado —añadió Eduardo.
Aura asintió.
Salió de la casa con su hijo.
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Después de dejar a Christopher en el kínder, Aura condujo directo al corporativo.
El tráfico de la mañana ya comenzaba a disiparse, pero su mente iba más rápido que cualquier vehículo. Repasaba cifras, proyecciones, detalles… todo lo necesario para no cometer errores.
No en este nuevo comienzo.
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El ambiente en la empresa era distinto al de sus trabajos anteriores.
Pantallas con campañas publicitarias, muestras de productos, el aroma tenue de fragancias flotando en el aire. Todo giraba en torno a la imagen… pero detrás, la estrategia era igual de exigente.
Aura caminó con seguridad hasta la oficina principal.
Tocó.
—Adelante.
Entró.
Adrián estaba de pie, revisando algo en su tablet. Su postura relajada contrastaba con la precisión de cada uno de sus movimientos.
Alzó la vista al verla.
Y por un segundo…
Se detuvo.
Como si su presencia interrumpiera algo más que su trabajo.
—Señorita Valentín.
—Señor Ferrer —respondió Aura, acercándose al escritorio con profesionalismo—. Le traigo el informe final para el cliente.
Le extendió la carpeta.
Adrián la tomó.
Sus dedos rozaron apenas los de ella.
Un contacto mínimo.
Pero suficiente para que él lo notara.
Para que ella… no.
Abrió el documento.
Pasó las páginas con calma.
Leyó.
Analizó.
Silencio.
Aura se mantuvo firme.
Esperando.
Sin ansiedad visible.
Sin necesidad de hablar de más.
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Desde afuera, a través del vidrio, algunas miradas se cruzaban.
—Es ella.
—La nueva.
—El jefe la subió directo a reuniones importantes…
Susurros.
Curiosidad.
—Está bien.
Aura asintió levemente.
—Gracias.
—Tendremos un almuerzo —añadió él, dejando el informe sobre el escritorio—. El cliente cambió a última hora.
Aura frunció apenas el ceño.
—Entiendo.
—Salimos en unas horas.
—Perfecto.
Se giró para retirarse, pero la voz de Adrián la detuvo.
—Señorita Valentín.
Ella volvió a mirarlo.
—Buen trabajo.
Aura sostuvo su mirada un segundo.
—Gracias, señor.
Y salió.
Sin notar nada más.
Sin ver la forma en que él la siguió con la mirada.
Sin percibir lo evidente.
Adrián apoyó una mano sobre el escritorio.
Y esbozó una leve sonrisa.
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Afuera…
Las miradas no dejaron de observar.
Porque si había algo claro en esa oficina…
Era que el interés del jefe no pasaba desapercibido.
Para nadie.
Aura cerró la puerta de su oficina con suavidad.
El murmullo del exterior quedó atrás, pero no así… lo que había escuchado.
Caminó hasta su escritorio, dejó la carpeta a un lado y se sentó lentamente.
Sus manos descansaron sobre la superficie, pero su mente…
No estaba ahí.
—“El jefe la subió directo a reuniones importantes…”
—“Seguro hay algo más…”
Cerró los ojos un segundo.
Esos comentarios…
Un suspiro escapó de sus labios.
Y entonces…
El recuerdo llegó.
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Blackback...
—La gente está hablando —dijo Aura, de pie frente al escritorio de Mauricio.
Él ni siquiera levantó la mirada al inicio.
—La gente siempre habla.
—No de esta forma —insistió ella.
Mauricio dejó el documento a un lado.
La miró.
—¿Qué dijeron?
Aura dudó apenas.
—Que… no estoy aquí por mi trabajo.
La mandíbula de Mauricio se tensó.
—No es justo —respondió con firmeza—. Yo me esfuerzo. Yo hago bien mi trabajo. No necesito—
—No necesitas justificarte —la interrumpió él.
Pero Aura no se detuvo.
—Pero lo hacen ver como si—
—¡Aura!
El tono la hizo callar.
Mauricio se levantó de su silla.
Caminó hacia ella.
—¿Te importa lo que digan? —preguntó, quedando frente a ella.
Demasiado cerca.
Aura tragó saliva.
—No debería… pero—
—Pero te afecta.
No fue una pregunta.
Fue una verdad.
Ella bajó la mirada un segundo… y luego la levantó.
—Sí.
Mauricio la observó.
Con intensidad.
Como si quisiera leer cada pensamiento que pasaba por su mente.
—Mírame —dijo en voz baja.
Aura obedeció.
Y en ese instante…
todo cambió.
La tensión acumulada.
Lo que ambos llevaban tiempo ignorando.
Mauricio dio un paso más.
Invadiendo su espacio.
Sin pedir permiso.
Su mano rozó el brazo de Aura.
Un contacto leve…
pero suficiente para encenderlo todo.
—No tienes que demostrarle nada a nadie… —murmuró.
Aura apenas podía respirar.
—Yo sé lo que vales.
Sus ojos se quedaron atrapados en los de él.
Y entonces…
Fue inevitable.
El beso no fue lento.
Fue intenso.
Como si ambos hubieran estado conteniéndolo demasiado tiempo.
Como si ese momento… ya estuviera escrito.
Aura respondió sin pensar.
Sus manos se aferraron a su camisa.
El mundo desapareció.
Solo quedaron ellos.
La tensión.
El deseo.
La necesidad.
Mauricio la sostuvo con firmeza, acercándola más, como si no quisiera dejar espacio entre ellos.
El beso se profundizó.
Se volvió más urgente.
Y cuando finalmente se separaron…
El aire les faltaba.
Pero lo que más faltaba…
Era control.
Fin del blackback.
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Aura abrió los ojos de golpe.
Su respiración era más rápida.
Su pecho subía y bajaba con intensidad.
—No… —susurró.
Se pasó una mano por el rostro.
Como si pudiera borrar el recuerdo.
Como si pudiera apagar lo que aún sentía.
Pero no podía.
Nunca había podido.
Apretó los labios.
Se enderezó en la silla.
—Eso quedó atrás… —se dijo.
Pero su corazón…
No estaba de acuerdo.
Porque hay cosas…
que el tiempo no logra borrar.
Solo… esconder.
perp cuando veas la realidad haber si vas a llorar y rogar para pedir perdón hombre...
ya deja de comportarte como niño y aprende a ser hombre ..e investiga qué fue lo que paso en realidad porque esa silvana e una culebra ponsoñosa ...