Isabella, una joven dulce marcada por años de sufrimiento familiar, se ve obligada a casarse con Leonardo Ferrari, un poderoso y temido líder de la mafia italiana. Lo que empieza como un sacrificio se transforma en algo inesperado cuando Leonardo, conocido como «la Bestia», revela un lado gentil y protector.
Mientras surgen sentimientos verdaderos entre ellos, salen a la luz secretos del pasado, traiciones amenazan sus vidas y enemigos peligrosos se acercan. En medio del caos, Isabella descubre que detrás del monstruo hay un hombre capaz de amarla intensamente… y Leonardo se da cuenta de que, por primera vez, tiene algo que vale más que el poder: alguien por quien luchar.
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Capítulo 14
narrado por Isabella...
Nunca voy a olvidar el peso de la mirada de Leonardo sobre mí cuando las ropas finalmente quedaron en el camino.
Había una electricidad en el aire que podía sentir en la punta de los dedos. Cuando me acostó en la cama, el contraste entre la sábana fría y el calor absurdo de su cuerpo me hizo soltar un suspiro involuntario. Estaba nerviosa, mi corazón martillaba contra las costillas, pero el deseo que emanaba de él era como un imán, jalando cada fibra de mi ser.
Él se inclinó sobre mí, sosteniendo el peso en los brazos para no presionarme, y comenzó a trazar un camino de besos ardientes por mi cuello.
—Eres perfecta, Isabella —susurró, la voz ronca, vibrando contra mi piel sensible.
Aquella voz me causó un escalofrío que recorrió mi espina dorsal y se instaló en el bajo vientre. Mis manos, antes hesitantes, encontraron los hombros anchos de él. La musculatura era firme, caliente, y me vi apretándolo, queriendo más de ese contacto.
Cuando su lengua comenzó a explorarme, no había prisa bruta que tanto temía. Había una curiosidad devota. Él deslizó la palma de la mano por la curva de mi cadera, subiendo hasta envolver mis senos con una posesividad gentil que me hizo arquear la espalda. Cada toque de él parecía despertar una parte de mí que ni siquiera sabía que existía.
El beso de él cambió. Se hizo más profundo, más explorador. Nuestras lenguas se encontraron en una danza rítmica, y el sabor de él —de menta y deseo— me dejó mareada. Sentía la masculinidad de él presionada contra mi muslo, una promesa rígida de placer que me hacía perder el aliento.
—Leonardo... —su propio nombre saliendo de mi boca sonó como un apelo.
Él paró por un segundo, los ojos oscuros de lujuria, pero aún rebosando aquel cuidado que me desarmaba. Él usó la lengua para preparar mi cuerpo, con una paciencia que me llevaba al límite. Yo sentía ondas de calor invadiéndome, una humedad creciente que era nueva y aterradora, pero adictiva.
Cuando él se encajó en mi entrada, dejé de respirar por un instante, él fue penetrándome despacio y con cuidado, el mundo pareció contraerse. Hubo aquella puntada aguda, el momento en que dejé de ser quien yo era para convertirme en suya. Cerré los dientes, cerrando los ojos, pero Leonardo paró inmediatamente. Él besó mis párpados, sosteniendo mis manos por encima de mi cabeza, entrelazando nuestros dedos.
—Respira conmigo, Bella... —pidió bajito. —Solo conmigo.
Y yo respiré. El ritmo de él comenzó lento, casi una tortura deliciosa. Cada movimiento de él dentro de mí era preenchido por una fricción caliente que transformaba el dolor en una pulsación de placer puro. Yo comencé a moverme con él, guiada por el instinto, sintiendo mis piernas envolverse en la cintura de él para traerlo aún más profundo.
La intensidad aumentó. El sonido de nuestra piel encontrándose, las respiraciones cortas y los gemidos bajos que él soltaba en mi oído me llevaban a un lugar donde nada más importaba. Yo sentía el sudor de él gotear en mi pecho, la fuerza de sus brazos prendiéndome contra el colchón, y por primera vez, me sentí poderosa en mi propia entrega.
El ápice vino como una explosión de colores detrás de mis párpados. Yo me agarré a él, sintiendo mi cuerpo convulsionar en ondas de puro éxtasis, mientras él soltaba un gruñido bajo, entregándose completamente a mí.
Después, en el silencio que se siguió, el olor a amor y sudor impregnaba el cuarto. Yo estaba exhausta, pero completa.
Cuando él me jaló para su pecho, lo supe. Aquel calor, aquella protección... era mi hogar. Yo no había solo perdido mi virginidad; yo había encontrado mi alma gemela en el lugar más improbable.