¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 3
Desperté con el sol golpeando inmisericorde contra los ventanales de la mansión. Durante un segundo, el pánico me oprimió el pecho al no reconocer el techo artesonado en tonos crema, hasta que el peso de la realidad me aplastó: ya no era Zoe, la artista que dormía entre manchas de pintura; era la señora Volkov, la esposa de papel de un hombre que preferiría estar casado con una hoja de cálculo.
Me levanté y caminé hacia el vestidor, evitando mirar la puerta cerrada que conectaba con la habitación de Dante. Me pregunté si él ya se habría ido a su oficina, ese santuario de cristal desde donde movía los hilos del mundo financiero. Al abrir las puertas espejadas del armario, el despliegue de opulencia de Elena me dio náuseas. Todo era seda, encaje y logotipos de marcas que gritaban "mírame".
—Hoy no, Elena —susurré para mis adentros.
Rebusqué en el fondo hasta encontrar algo mínimamente discreto: un vestido de punto color malva que se ceñía a mi figura pero que, al menos, llegaba por debajo de las rodillas. Me recogí el cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos para suavizar mis facciones. No quería parecer la muñeca de plástico que Dante esperaba; quería sentirme un poco más como yo misma, aunque fuera bajo el riesgo de que él notara la diferencia.
Bajé las escaleras y el silencio de la casa me envolvió de nuevo. Era una mansión que no conocía la risa. En el vestíbulo, me encontré con Arthur. Estaba puliendo un jarrón de la dinastía Ming con una parsimonia que solo se adquiere tras décadas de servicio.
—Buenos días, Arthur —dije con una sonrisa suave.
El hombre se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron un poco más de lo habitual y me dedicó una inclinación de cabeza que me pareció genuinamente sorprendida.
—Buenos días, señora. El señor Volkov la espera en la terraza para el desayuno. Ha solicitado su presencia antes de marchar a la corporación.
El estómago se me contrajo. "¿Solicitado su presencia?". Sonaba a audiencia real o a una sentencia de muerte. Caminé hacia la terraza trasera, un espacio abierto con vistas a una piscina de borde infinito que parecía fundirse con el cielo grisáceo de la mañana. Dante estaba allí, sentado con la espalda recta como una vara, sosteniendo una taza de café negro mientras leía el *Financial Times*. Ni siquiera el viento se atrevía a despeinar su cabello oscuro.
Al verme llegar, dejó el periódico sobre la mesa. Su mirada recorrió mi vestido con una lentitud que me hizo sentir como si estuviera pasando por un escáner de alta seguridad.
—Ese color te hace parecer... apagada —dijo sin preámbulos. Su voz era un eco profundo en el aire fresco—. Tu hermana preferiría que la quemaran viva antes de usar algo tan corriente.
—Tu esposa ha decidido que hoy prefiere la comodidad sobre el espectáculo, Dante —respondí, sentándome frente a él—. Además, creía que no te interesaba lo que yo usara, siempre y cuando no entrara en tu despacho.
Él arqueó una ceja. Había una intensidad en su mirada, una especie de curiosidad analítica que me ponía nerviosa.
—Me interesa la imagen que proyectas. En una hora vendrá el fotógrafo de la revista *Elite*. Quieren una toma "casual" de los recién casados en su hogar. Intenta parecer feliz, o al menos, intenta no parecer una prisionera esperando su ejecución.
Sentí una punzada de irritación. Él hablaba de mí como si fuera un accesorio que necesitaba mantenimiento.
—No te preocupes. Soy excelente siguiendo guiones —dije, tomando una tostada y untándola con mermelada con una calma que no sentía—. He pasado toda mi vida fingiendo que no me importa que mi padre me use como moneda de cambio. Fingir que te soporto durante una sesión de fotos será pan comido.
Dante dejó la taza con un golpe seco sobre el plato. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. La luz del sol resaltó los matices dorados en sus ojos oscuros, dándole una apariencia casi felina.
—Cuidado con esa lengua, Elena. No olvides quién paga las facturas del hospital de tu madre. Estás aquí para ser la esposa perfecta, no para darme lecciones de moralidad desde tu pedestal de seda.
Me quedé helada. El recordatorio de mi madre fue como una bofetada fría. Él sabía exactamente dónde presionar para hacerme sangrar. Bajé la vista a mi plato, sintiendo cómo el hambre desaparecía de golpe.
—Lo siento —susurré, y esta vez no era Elena quien hablaba, era la Zoe quebrada—. No se volverá a repetir.
Dante pareció desconcertado por mi súbita sumisión. Se quedó mirándome un momento más, como si esperara que le lanzara el café a la cara o que estallara en un berrinche dramático. Al no obtener respuesta, se levantó, ajustándose los gemelos de plata de su camisa.
—Prepárate. El equipo de prensa llegará pronto. Arthur te llevará al salón principal.
Lo vi marcharse con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba. Me quedé sola en la terraza, respirando el aire frío y tratando de recomponer los fragmentos de mi máscara. Cien días. Solo quedaban noventa y ocho.
La sesión de fotos fue una tortura refinada. El fotógrafo, un hombre hiperactivo llamado Pierre, no dejaba de darnos instrucciones absurdas.
—¡Más cerca, más cerca! —gritaba—. Señor Volkov, rodee la cintura de su esposa con el brazo. ¡Queremos ver pasión! ¡Queremos ver el fuego que unió a las dos familias más poderosas del país!
Sentí la mano de Dante posarse en mi cintura. Sus dedos eran largos y cálidos, y su contacto envió una descarga eléctrica a través de mi columna que me dejó sin aliento. Me obligó a pegarme a su costado, y pude sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de mi vestido. Su olor, esa mezcla de tabaco caro y madera de cedro, me envolvió por completo.
—Sonríe —me susurró al oído, su aliento rozando mi piel—. Pierre cobra por minuto y no tengo tiempo para tu melancolía.
Forcé una sonrisa radiante, esa que Elena usaba para obtener lo que quería en las fiestas. Miré a Dante a los ojos, fingiendo una devoción que no existía. Él me devolvió la mirada con una intensidad que, por un momento, me hizo olvidar que todo era una farsa. En el visor de la cámara, debíamos parecer la pareja del año: el magnate inaccesible y la heredera rebelde, unidos por un amor fulminante. Solo yo sabía que mi corazón latía desbocado por el miedo y que sus músculos estaban en tensión, como si tocarme fuera una tarea desagradable que debía cumplir.
—¡Perfecto! ¡Esa es la toma! —exclamó Pierre—. Ahora, una última en el estudio de arte. Me han dicho que la señora Volkov es una gran aficionada.
El pánico me atenazó. Mi "estudio" en esta casa era una habitación llena de lienzos en blanco que yo no me había atrevido a tocar, temiendo que mi técnica delatara que no era Elena.
—No creo que sea necesario... —empecé a decir, pero Dante me interrumpió.
—Vamos —dijo él, su voz cargada de un sarcasmo que solo yo capté—. Veamos ese talento oculto del que tanto alardeas.
Caminamos hacia la habitación que Arthur había acondicionado. Al entrar, el olor a pintura fresca me golpeó, despertando una nostalgia dolorosa. Había un caballete en el centro con un lienzo vacío. Pierre me pidió que tomara una paleta y un pincel y que hiciera como si estuviera terminando una obra.
Me acerqué al lienzo, sintiendo el peso del pincel en mi mano. Era un pincel de cerdas naturales, de los caros. Durante un segundo, olvidé a los fotógrafos, olvidé el contrato y olvidé a Dante. Mis dedos acariciaron el mango de madera y una necesidad física de crear me recorrió los brazos.
Sin pensar, mojé el pincel en un azul cobalto y tracé una línea firme en el lienzo. Luego un poco de blanco, creando un degradado que recordaba al cielo antes de una tormenta. Fue un movimiento fluido, experto, lleno de una confianza que Elena jamás habría tenido. Ella solo pintaba flores abstractas y manchas sin sentido para decir que era "artista". Lo que yo estaba haciendo era real.
El silencio en la habitación se volvió denso. Pierre seguía disparando la cámara, pero Dante... Dante se había quedado inmóvil junto a la puerta. Su mirada estaba fija en mi mano, siguiendo cada movimiento del pincel con una fijeza perturbadora.
—Ya es suficiente —dijo Dante de repente, su voz sonando más áspera de lo habitual—. Arthur, acompaña a Pierre y a su equipo a la salida. Mi esposa necesita descansar.
Me quedé allí, con el pincel aún en la mano, mirando la mancha azul en el lienzo blanco. Pierre se fue deshaciéndose en halagos, pero yo no podía apartar la vista de Dante. Él caminó hacia mí lentamente, deteniéndose justo frente al caballete.
—No sabía que Elena de la Vega supiera mezclar colores de esa manera —dijo, su mirada saltando del lienzo a mis ojos—. Siempre pensé que tus cuadros eran... mediocres.
—La gente cambia, Dante —respondí, tratando de recuperar mi tono altivo—. Quizás nunca te tomaste el tiempo de mirar realmente lo que yo hacía.
—O quizás —dio un paso más, acorralándome entre su cuerpo y el caballete—, me estoy dando cuenta de que no tengo ni la más remota idea de quién es la mujer que duerme bajo mi techo.
Su mano subió y tomó mi mentón, obligándome a sostenerle la mirada. Por un momento, el mundo exterior desapareció. No había cámaras, ni deudas, ni hermanas gemelas. Solo estábamos él y yo, y una tensión tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Su pulgar acarició mi labio inferior de forma inconsciente, y vi cómo sus ojos descendían hacia mi boca. Mi respiración se volvió errática. Mi cuerpo, traicionero, se inclinó hacia el suyo, buscando ese calor prohibido.
Dante se tensó, como si acabara de despertar de un trance. Soltó mi rostro bruscamente y retrocedió, su máscara de hielo volviendo a su lugar con una velocidad aterradora.
—Límpiate las manos. El almuerzo se servirá en diez minutos —dijo con frialdad, dándose la vuelta para salir.
Me quedé allí, temblando, mirando mi reflejo borroso en el cristal de la ventana. Mis dedos estaban manchados de azul, el mismo azul de la tormenta que acababa de estallar en mis venas. Dante Volkov era un hombre peligroso, no por su dinero ni por su poder, sino porque era capaz de hacerme olvidar quién era yo con un solo roce. Y eso, en este juego de suplantación, era lo más peligroso que me podía pasar.
Me lavé las manos con furia, tratando de borrar el rastro de la pintura y el rastro de su toque. Tenía que ser más cuidadosa. Si él empezaba a dudar, si empezaba a ver a Zoe a través de la piel de Elena, todo se acabaría. Y mi madre... mi madre moriría por mi culpa.
Cuando bajé al almuerzo, la mesa estaba puesta de nuevo con esa perfección clínica que odiaba. Dante estaba allí, pero esta vez no había periódicos ni tabletas. Me observaba en silencio mientras me sentaba. El ambiente era diferente; ya no era solo desprecio lo que sentía emanar de él. Era sospecha.
—He cancelado tus tarjetas de crédito —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Arthur me informó que ayer intentaste hacer una compra de materiales de arte en una tienda de los suburbios, no en la galería de lujo donde sueles ir.
Mi corazón se detuvo. Había cometido un error de principiante. Elena jamás pondría un pie en una tienda de barrio.
—Me apetecía algo diferente —mentí, forzando una sonrisa despreocupada—. A veces me canso de lo previsible, Dante. ¿No te pasa a ti?
Él se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos largos sobre la mesa.
—A mí me gusta lo previsible, Elena. Me gusta saber exactamente qué esperar de las personas que contrato. Y tú... tú te estás volviendo un problema de variables que no puedo controlar.
No dije nada. Seguí comiendo, aunque la comida me supiera a ceniza. La batalla apenas comenzaba, y yo estaba atrapada en un castillo de cristal con un hombre que no solo era mi carcelero, sino que empezaba a ser el dueño de mis pensamientos más oscuros. Aquella noche, mientras me refugiaba en mi habitación, escuché sus pasos en el pasillo. Se detuvieron frente a mi puerta durante un tiempo que me pareció una eternidad. Contuve el aliento, con la mano sobre el pomo, sin saber si deseaba que la abriera o que se marchara para siempre. Al final, el sonido de sus pasos se alejó, dejándome sola con el eco de mi propio corazón y la certeza de que el glaciar estaba empezando a resquebrajarse, y yo corría el riesgo de ser aplastada por los pedazos.