El Mafioso y la Promesa Rota
Dante nunca quiso tener hijos.
Y mucho menos una familia.
Pero todo cambia cuando una joven llega con dos adolescentes, y una verdad increíble:
Ellos son sus hijos.
Como si fuera poco, ella también es perseguida por un hombre peligroso… y Dante es el único que puede protegerlos.
Ahora, obligados a convivir, lo que empieza con desconfianza se transforma en algo mucho más intenso.
Porque Dante no confía en ella.
Y ella lo odia.
Pero cuanto más intentan alejarse el uno del otro…
más peligrosa se vuelve su conexión.
🔥 Entre secretos, promesas rotas y un deseo imposible de ignorar…
Algunas historias no empiezan con amor.
Empiezan con el caos.
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Capítulo 1
Visión de Rebecca
Mi nombre es Rebecca.
Tengo 25 años.
Y, si hay algo que aprendí pronto… es que la vida no espera a que estés lista.
Yo no fui criada por mis padres.
De hecho, apenas me acuerdo de ellos.
Quien me crió fue mi hermana mayor.
Ella era todo.
Madre.
Padre.
Hogar.
Protección.
Ella renunció a su propia vida para cuidarme… y después a sus hijos.
A mis niños.
Heitor y Henrique.
Los dos nacieron cuando yo todavía era prácticamente una niña, pero desde el primer día supe que haría cualquier cosa por ellos.
Son gemelos.
Pero completamente diferentes.
Heitor es impulsivo, cabeza caliente… parece que la sangre le hierve más rápido de lo normal.
Henrique ya es lo opuesto.
Calmado.
Observador.
Del tipo que piensa antes de actuar.
¿Y yo?
Yo soy el término medio intentando no enloquecer.
Solté un suspiro bajo, recordando.
Porque no siempre fue así.
Cuando cumplieron 15 años… todo cambió.
Mi hermana comenzó a sentirse cansada.
Más de lo normal.
Al principio, decía que era solo estrés… trabajo… rutina.
Pero yo lo sabía.
Siempre lo supe.
Y cuando llegó el diagnóstico…
Cáncer.
La palabra todavía duele.
Ella luchó.
Con todo lo que tenía.
Pero no siempre luchar es suficiente.
En el hospital… ya al final…
Ella tomó mi mano.
Débil.
Pero con aquella mirada firme de siempre.
— Cuídalos por mí.
Mi garganta se cerró.
— Los cuidaré.
— Promételo.
— Lo prometo.
Ella respiró hondo.
Y entonces dijo algo que nunca olvidaré.
— El padre de ellos…
Mi corazón se aceleró.
Nunca hablamos sobre él.
Nunca.
— Él es peligroso.
Aquello me heló.
— Muy peligroso.
— Entonces, ¿por qué…?
— Promete que nunca lo vas a buscar.
Apreté su mano.
Confusa.
Con miedo.
— Promételo.
La miré.
Y aun sin entender todo…
Lo prometí.
— Lo prometo.
Ella cerró los ojos después de eso.
Y pocos días después…
Ella se fue.
Tragué saliva con dificultad.
Todavía duele.
Siempre dolerá.
Pero seguí adelante.
Porque no tenía elección.
Asumí la custodia de los niños.
Aprendí a la fuerza.
Trabajé en todo lo que aparecía.
Pasé noches sin dormir.
Días sin comer bien.
Pero nunca les faltó nada.
Nunca.
Porque ellos son mi familia.
Y le debo todo a ella.
—
Pero todo comenzó a salir mal…
Hace algunas semanas.
Yo estaba en mi turno en el club nocturno.
Nueva York nunca duerme.
Y aquel lugar lo demostraba.
Música alta.
Luces.
Demasiada gente.
Y yo detrás de la barra.
Haciendo mi trabajo.
Sin mirar mucho a nadie.
Sin dar pie.
Era la regla.
Y yo la seguía.
Hasta que él apareció.
Se sentó en el mostrador.
Y comenzó a sacar tema de conversación.
— Deberías sonreír más.
Ignoré.
Continué limpiando un vaso.
— Una chica guapa como tú no debería…
— ¿Qué va a querer beber?
Corté directo.
Fría.
Él sonrió.
Pero no era una sonrisa normal.
Era… extraña.
— A ti.
Puse los ojos en blanco.
— No está en el menú.
Él rió.
Pero no insistió.
En aquel momento.
Terminó la bebida.
Pagó.
Y se fue.
Y yo pensé que había terminado allí.
Pero no fue así.
Al día siguiente…
Llegó un paquete al apartamento.
Sin remitente.
Fruncí el ceño.
Abrí.
Una caja simple.
Dentro…
Flores.
Y una nota.
“Aun ignorándome ayer… estabas linda.”
Mi estómago se revolvió.
Un frío subió por mi espina dorsal.
No era tierno.
No era romántico.
Estaba mal.
Muy mal.
Arrugué la nota.
Tiré todo a la basura.
E intenté olvidar.
Pero no pude.
Porque, en los días siguientes…
Comencé a notar.
Coches.
Siempre los mismos.
Pasando despacio.
Parando demasiado cerca.
Personas mirando.
Observando.
Y él.
Siempre él.
Apareciendo.
En la calle.
En el trabajo.
En la esquina.
— ¿Coincidencia?
Él preguntaba.
Pero yo sabía que no lo era.
Comencé a caminar más rápido.
A mirar por encima del hombro.
A cerrar la puerta dos veces.
Tres.
Fui hasta la policía.
Expliqué todo.
Mostré mensajes.
Relaté las situaciones.
Pero ellos solo se encogieron de hombros.
— ¿Él ha hecho algo directamente?
— Aún no.
— Entonces no podemos hacer mucho.
Aún no.
Aquellas palabras quedaron en mi cabeza.
Y entonces…
Él comenzó.
Los mensajes cambiaron.
Las flores se convirtieron en amenazas.
Y un día…
Llegó una foto.
Mi corazón se detuvo.
Heitor y Henrique.
Saliendo de la escuela.
De lejos.
Pero nítido.
Demasiado nítido.
Mis manos comenzaron a temblar.
“Ellos son lindos.”
Me faltó el aire.
“Sería una pena si algo sucediera.”
Sentí que el mundo se derrumbaba.
Yo podía aguantar cualquier cosa.
Cualquier miedo.
Cualquier persecución.
Pero no a ellos.
Nunca a ellos.
Comencé a rechazar trabajos.
A evitar salir.
A cambiar rutas.
Pero no servía de nada.
Porque él siempre sabía.
Siempre estaba un paso adelante.
Y entonces…
Entendí.
Esto no iba a parar.
No solo.
Y si yo no hacía nada…
Él los lastimaría.
Cerré los ojos.
Respirando hondo.
Intentando pensar.
Una solución.
Cualquiera.
Y fue ahí que un nombre volvió.
Un nombre que yo prometí olvidar.
El padre de ellos.
La única persona que podría ser más peligrosa…
Que el hombre que estaba detrás de mí.
Mi pecho se apretó.
La promesa resonando en mi cabeza.
“Promete que nunca lo vas a buscar.”
Yo lo prometí.
Lo juré.
Pero…
¿Y si esa promesa cuesta la vida de ellos?
Abrí los ojos.
Determinada.
Con miedo.
Con culpa.
Pero sin elección.
Porque, si es preciso…
Yo rompo cualquier promesa.
Para protegerlos.