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La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:114
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

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CAPÍTULO 19

Capítulo 19 — La Respuesta

No dormí bien.

Seguía despertándome, mirando el techo, cerrando los ojos, abriéndolos de nuevo. El potito de brigadeiro vacío en el tocador me miraba de vuelta como testigo silencioso de todo lo que había leído en esas horas. La carpeta al lado con todas esas cláusulas adentro que había memorizado sin querer, porque mi cabeza se aferra a lo que es importante aunque yo prefiriera que no se aferrara.

Cinco millones de dólares.

Rodó en mi cabeza toda la noche ese número. No de codicia, juro que no era eso. Era de alivio y de peso al mismo tiempo, esa combinación extraña que aparece cuando la solución de tu problema tiene un costo que todavía no has calculado del todo.

Me levanté a las cinco y media, fui al baño, me miré en el espejo por más tiempo de lo normal.

No le dije nada a mi propia cara.

No era necesario.

---

Trabajé toda la mañana con esa carpeta rondándome la cabeza en cada cuarto, en cada baño, en cada detalle que acomodaba en su lugar. Doña Beth me miró al almuerzo con esa expresión de quien lleva esperando desde la noche anterior y no preguntó nada. Apretó mi mano sobre la mesa cuando terminé de comer y yo le agradecí con los ojos porque mi voz no estaba disponible para eso en ese momento.

A las tres de la tarde agarré la carpeta.

Subí las escaleras.

Toqué dos veces en la puerta del estudio de él.

—Adelante.

---

Estaba en el escritorio con la laptop abierta, esa línea entre las cejas de cuando los números le estaban hablando. Levantó los ojos cuando entré.

Fui hasta el escritorio.

Puse la carpeta frente a él con una calma que había construido desde la mañana y que sostenía con las dos manos por dentro.

—Leí su contrato, Petronius.

Él se quedó callado mirándome.

Sonreí.

De esa sonrisa amarga que no tiene ninguna gracia, de la que aparece cuando la situación es demasiado absurda y ya pasaste el punto de indignarte.

—¿Sabe lo que quería? —dije. —Quería poder tomar ese papel, enrollarlo bien, y mandarle a usted a que lo masticara hasta tragarlo. Hablar de mi carácter como si yo fuera ese tipo de persona, como si fuera el tipo de mujer que vende su presencia por contrato numerado con logo membretado.

Él no respondió.

—Pero no voy a ser hipócrita. —continué, y mi voz salió más firme de lo que esperaba, de ese modo que ocurre cuando estás diciendo una verdad cruda y la verdad cruda no necesita esfuerzo para salir derecha. —Necesito el dinero. No los cinco millones, nunca pedí cinco millones. Necesitaba setecientos cincuenta mil dólares para pagar el hospital. Solo eso. Eso fue lo que vine a pedir aquí esa noche.

Pausa.

—Pero entonces leí este contrato. —miré la carpeta sobre el escritorio entre nosotros. —Y me di cuenta de que ya estaba listo. No fue usted quien improvisó esto después de que salí de aquí. Ya estaba listo. —levanté los ojos hacia él. —Usted me iba a hacer esta propuesta de todas formas, ¿verdad?

—Sí. —respondió directo sin parpadear. —Eres perfecta para esto.

Me quedé mirándolo por un segundo.

Y respiré.

Esa respiración de quien recibe la confirmación de algo que ya sabía pero que necesitaba escuchar en voz alta para poder seguir adelante.

—Entiendo. —dije. Y sonreí de nuevo, esa sonrisa amarga que esta vez tenía una capa de algo que no era solo amargura. —Eso me deja más tranquila, de hecho.

Él frunció levemente el ceño.

—Porque si usted me lo iba a proponer de todas formas, —continué, —significa que no llegué aquí de rodillas. Llegué por otro camino pero llegué al mismo lugar. Y eso cambia cómo me siento respecto a firmar.

Silencio.

—Dicho eso. —tomé la carpeta, la abrí en la cláusula tres, la giré para que él la viera. —Cláusula tres punto uno. Usted me prohibió tener novio. Escribió eso con número y todo en un documento con logo membretado.

—La coherencia del—

—Déjeme terminar. —corté con esa suavidad que era más firme que un grito. —Cláusula cuatro punto tres. Respeto y cortesía en sus obligaciones. Usted tuvo que escribirlo porque sin papel no lo hace de forma natural y los dos lo sabemos. —pasé otra página. —Cláusula cuatro punto cuatro. Servicios de naturaleza íntima no previstos y no consentidos expresamente. No previstos, señor Petronius. Usted dejó una ventana abierta en esa cláusula.

Él me miró sin expresión.

—Esa ventana está cerrada. Con llave. Con reja y cámara de seguridad. ¿Entendido? Yo no estoy vendiendo mi cuerpo, señor; estoy negociando mi imagen y mi colaboración para una mentira. No crea que va a salir ganando, ¿entendió?

Ese gesto en la comisura de su boca. Esa casi sonrisa que yo odiaba porque aparecía siempre en el momento más inconveniente y siempre me desarmaba más que cualquier cosa que dijera en voz alta.

—Entendido. —dijo.

—Mis condiciones. —continué antes de que esa casi sonrisa hiciera más daño. —Dos. Innegociables. Si usted no acepta las dos no hay acuerdo, no hay contrato, no hay nada hecho, y yo salgo de aquí y busco otra solución.

Él asintió una vez. Seco. Dándome el espacio.

—Primera. El dinero de la cirugía va al Hospital de los Ángeles antes de que yo firme cualquier cosa. No junto, no después. Antes. Mi firma no sale de ese papel mientras el hospital no confirme el depósito.

Silencio.

—Segunda. Fuera de los eventos y situaciones del contrato yo sigo siendo Antonieta Gimenez, empleada de esta casa. No prometida, no personaje, no socia estratégica temporal. —usé sus palabras con esa precisión deliberada y vi que él lo notó. —Usted trata el trabajo como trabajo y el contrato como contrato. Sin mezclar los dos. Sin usar uno para presionar al otro. Y si se le ocurre seguir humillándome por ser de los que no tenemos nada, lo arruino en dos tiempos; lanzo todo esto al aire aunque me priven de la libertad, no lo pienso dos veces antes de manchar esa imagen suya de CEO tiburón.

El silencio que vino después tenía textura.

Él me miró por tiempo suficiente como para hacerme querer llenar el silencio, y yo no lo llené porque aprendí que el silencio de él era parte de la negociación y no iba a ceder en eso.

—Acepto las dos condiciones. —dijo por fin, y había una tensión en la voz que me indicó que le había costado más aceptar de lo que estaba mostrando.

Tomé la pluma que estaba sobre el escritorio.

Pensé en la abuela Cida.

En el pañuelo blanco en la cabeza. En la mano que apretaba la mía. En la voz débil diciendo mi nombre en ese baño en el suelo.

Firmé.

La mano no tembló.

Había decidido que no iba a temblar.

Devolví la pluma. Me erguí. Lo miré.

Él tomó el contrato, miró la firma por un segundo, y entonces dijo:

—Voy a depositar el dinero directamente en la cuenta del Hospital de los Ángeles. Yo mismo solicitaré la transferencia, señorita Gimenez.

Algo dentro de mí se aflojó de una manera que no esperaba, ese aflojamiento de quien ha sostenido algo pesado por demasiado tiempo y de repente siente que el peso cambia de manos.

—El resto será acreditado en su cuenta en un plazo de cuarenta y ocho horas. —continuó con esa objetividad de siempre. —El sábado la llevaré a cenar. Glória la recibirá en la mansión antes para algunas orientaciones sobre estos ambientes.

Respiré.

—Bien, señor Petronius. —dije. —Hasta el sábado.

Me di la vuelta.

Fui hasta la puerta.

Salí sin mirar atrás porque si miraba atrás iba a ver esa casi sonrisa de nuevo y necesitaba al menos cuarenta y ocho horas sin esa casi sonrisa para poder pensar con claridad sobre lo que acababa de hacer.

Cerré la puerta.

Fui directo al baño del corredor.

Abrí el grifo. Me eché agua fría en el rostro. Me miré en el espejo con esa agua todavía escurriendo.

La abuela iba a operarse.

Era real.

El resto lo resolvería después.

...Continúa......

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