Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
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Capítulo 3 — El adiós
El cielo permanecía nublado y caía una llovizna ligera.
Como si el mundo entero estuviera en silencio para honrar la partida de Eleonor Belmont.
La capilla del cementerio estaba colmada de arreglos de lirios blancos, rosas claras y velas delicadas que temblaban suavemente con la brisa fría que entraba por las ventanas entreabiertas.
En el centro del salón, el ataúd blanco descansaba rodeado de flores.
Ella reposaba ahora con un semblante sereno, pero elegante.
Eduardo estaba de pie frente a él.
Inmóvil.
Vestido con un traje negro impecable, sus ojos fríos ocultaban una tormenta.
En brazos, la pequeña Clara dormía tranquila, envuelta en una manta rosada.
Tan pequeña.
Tan inocente.
Sin saber que esa era la última vez que estaría tan cerca de su madre.
Eduardo bajó la mirada hacia el rostro sereno de Eleonor.
Parecía simplemente dormida.
Hermosa y delicada.
Como siempre lo fue.
Un recuerdo atravesó su mente como un golpe.
Ella sonriendo en el jardín de la mansión, con la mano posada sobre su vientre aún pequeño, contándole que esperaban una niña.
El pecho se le apretó.
—Se parece a ti… —murmuró, mirando a Clara—. Tiene tus ojos.
La voz le salió baja, ronca, casi inaudible.
Por un segundo, sintió ganas de recostarse junto a ella y desaparecer junto con todo ese dolor.
Pero entonces Clara se movió levemente en sus brazos.
Y él recordó la promesa.
"Cuida de nuestra niña."
Sus ojos se cerraron con fuerza.
—Lo prometí.
Detrás de él, Clarisse observaba la escena con lágrimas silenciosas.
Su corazón de madre se partía al ver a su hijo intentando mantenerse en pie.
Xavier permanecía a su lado, con la mano firme sobre los hombros de su esposa.
Cuando la ceremonia llegó a su fin, los asistentes comenzaron a despedirse en silencio.
Guilherme y Pedro fueron los únicos amigos que se quedaron.
Solo la familia permaneció.
Y entonces llegó el momento más difícil.
Clarisse se acercó a Eduardo despacio.
Los ojos enrojecidos.
La voz entrecortada.
—Hijo mío… tenemos que volver mañana temprano.
Eduardo permaneció en silencio.
Ella le tocó el brazo con delicadeza.
—No quisiera irme así.
Sus ojos fueron hacia la pequeña Clara.
—Quisiera quedarme.
La voz le falló.
—Quisiera cuidar de ustedes.
Eduardo respiró hondo.
La mirada fija en el ataúd.
—Lo sé, mamá.
Clarisse dejó que las lágrimas cayeran libremente.
—Pero dejaste claro que quieres vivir esto solo.
Él no respondió.
Porque era verdad.
El dolor dentro de él era demasiado grande para compartir.
Xavier se acercó y abrazó brevemente a su hijo.
—Sé fuerte, hijo.
La respuesta llegó seca.
—Siempre lo fui.
Pero por dentro estaba en ruinas.
Antes de irse, Clarisse llamó a Doña Adelaide.
El ama de llaves se acercó con Clara en brazos.
La bebé, ahora despierta, observaba todo con sus ojitos curiosos.
Clarisse tomó las manos de Adelaide.
—Por favor… cuide de ellos por nosotros.
La voz le salió cargada de emoción.
—Cuide de mi hijo… aunque él diga que no necesita a nadie.
Respiró hondo.
—Y cuide de la pequeña Clara como si fuera su nietecita.
Doña Adelaide asintió, con los ojos empañados.
—Se lo prometo, doña Clarisse.
La madre de Eduardo besó la frente de la bebé.
Después miró una última vez a su hijo.
—Cuando estés listo… búscanos.
Eduardo apenas asintió.
Sin palabras.
Sin fuerzas.
Clarisse salió de la capilla apoyada en Xavier, con el pecho apretado por dejar a su hijo en ese estado.
Afuera, la lluvia volvió a caer.
Como lágrimas del cielo.
Cuando todos se fueron, solo quedaron Eduardo, Clara y Doña Adelaide.
El silencio era ensordecedor.
Él se acercó al ataúd una última vez.
Acarició la madera blanca con la punta de los dedos.
—Adiós, mi amor.
La voz se le quebró.
—No sé cómo vivir sin ti.
Una lágrima rodó.
La primera frente a todos.
Y Clara, como si sintiera el dolor de su padre, soltó un pequeño llanto.
Eduardo la tomó en brazos.
Apretó a su hija contra el pecho.
Y por primera vez desde la muerte de Eleonor, entendió que no podía caer.
No del todo.
Porque ahora su razón para seguir respirando estaba en sus brazos.