En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 3
La primera semana en la mansión De la Vega fue una lección magistral de invisibilidad. Me despertaba cada mañana con la esperanza renovada de que, tal vez, si me esforzaba lo suficiente, si modulaba mi voz o si aprendía a caminar con la ligereza de un espectro, mi padre me miraría con el mismo orgullo con el que observaba el balance de sus empresas. Pero la realidad en esa casa no se construía con esfuerzos, sino con una moneda que yo no poseía: la gracia artificial de Isabella.
El desayuno era el primer campo de batalla del día. Arturo leía el periódico financiero mientras Beatriz supervisaba el menú con el ama de llaves. Isabella, siempre radiante incluso a las ocho de la mañana, devoraba una ensalada de frutas como si fuera un manjar sagrado.
—Marina —dijo mi madre sin levantar la vista de su tableta—, hoy tenemos la reunión del comité de la Gala de la Ópera. Isabella dará el discurso de apertura. He pensado que podrías acompañarnos, pero por favor, mantente en un segundo plano. Tus opiniones sobre... —hizo una pausa buscando la palabra— macroeconomía no son apropiadas para el té de las señoras.
—Solo intentaba explicar cómo el mercado de divisas afecta a las donaciones, mamá —respondí, tratando de mantener la voz firme.
Arturo bajó el periódico. Sus ojos se clavaron en los míos, fríos como láminas de granito.
—Marina, en este círculo, la inteligencia se demuestra sabiendo cuándo callar. Isabella entiende que la caridad es una cuestión de imagen, no de hojas de cálculo. Aprende de ella. Ella tiene los modales refinados que este apellido exige. Tú... todavía hueles a internado público.
Isabella me dedicó una sonrisa de falsa compasión mientras pinchaba una frambuesa.
—No seas tan duro con ella, papi. Marina es brillante, de una forma... académica. Quizás algún día pueda ser la contadora de la fundación, ¿no crees? Pero por ahora, déjala que aprenda a sostener una taza de té sin parecer que está empuñando una pala.
La risa de mi padre fue el golpe de gracia. Me atraganté con el café, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello. En esa mesa, yo no era una hija; era un proyecto fallido de restauración.
La sombra de la hija ideal
Durante la tarde, Isabella decidió que era momento de mi "clase de etiqueta". Me llevó al gran salón de baile, un espacio circular rodeado de espejos que multiplicaban mi incomodidad al infinito.
—Camina, Marina. De hombros hacia atrás, como si llevaras un hilo invisible tirando de tu coronilla —ordenó Isabella, sentada en un diván con las piernas elegantemente cruzadas.
Lo intenté. Crucé el salón una, dos, tres veces. Mis pasos sonaban pesados, reales, humanos. Los de ella, cuando se levantó para demostrarme cómo se hacía, eran silenciosos, como si flotara sobre el mármol.
—Ves, es una cuestión de actitud —dijo ella, deteniéndose frente a uno de los espejos—. Mira nuestro reflejo.
Nos miramos. Éramos polos opuestos. Ella, con su cabello rubio cayendo en ondas perfectas y su piel que parecía emitir luz propia; yo, con mi cabello oscuro recogido en una coleta práctica y mis ojos cansados de buscar una grieta de afecto.
—Mis padres me eligieron, Marina —susurró, acercándose tanto que pude oler su perfume de vainilla y veneno—. No fue un accidente biológico. Fue una elección estética y estratégica. Ellos querían una hija que fuera el reflejo de sus ambiciones, y yo me convertí en eso. Tú solo eres el recordatorio de un pasado que preferirían borrar. ¿Por qué te esfuerzas tanto? Nunca vas a ser yo.
—No quiero ser tú, Isabella. Solo quiero que me reconozcan como lo que soy: su hija.
Isabella soltó una carcajada que resonó en las paredes de cristal.
—Pobre ilusa. Aquí no importa lo que eres, sino lo que pareces. Y tú pareces... ordinaria. No importa cuántos vestidos de seda te ponga, siempre serás la niña que fue enviada lejos porque no encajaba en el cuadro.
Se dio la vuelta y salió del salón, dejándome a solas con mi reflejo. Me quedé mirando mis manos. Eran manos fuertes, capaces de resolver ecuaciones complejas y de trabajar duro, pero en este mundo de cristal, mis fortalezas eran consideradas deformidades.
El evento benéfico: La confirmación del destierro
Esa noche, la mansión se llenó de lo más granado de la alta sociedad. El aire estaba saturado de perfumes caros y risas forzadas. Yo vestía un traje negro que Isabella había seleccionado para mí, diciendo que era "discreto". En realidad, me hacía parecer una sombra moviéndose entre pavos reales.
Me quedé en una esquina del salón, observando cómo mis padres presentaban a Isabella a un grupo de inversores extranjeros. La trataban con una reverencia casi religiosa. Arturo le ponía la mano en el hombro con un orgullo que nunca me había mostrado a mí.
—Y aquí tienen a nuestra joya, Isabella —decía mi padre—. Ella es quien realmente lleva el espíritu de los De la Vega a la nueva generación.
—¿Y la otra joven? —preguntó un hombre de cabello canoso, señalándome con la mirada.
Beatriz soltó una risa nerviosa, ajustándose el collar de esmeraldas.
—Oh, ella es Marina. Una pariente... que ha venido a pasar una temporada con nosotros. Todavía se está adaptando a la ciudad. Es un poco tímida, ya saben, cosas de la juventud.
"Una pariente". La palabra se clavó en mi pecho como un puñal de hielo. Ni siquiera se atrevieron a decir "hija". Para ellos, yo era una visita incómoda, un secreto que tenían que gestionar hasta que las firmas legales estuvieran estampadas en los documentos del fideicomiso.
Caminé hacia la cocina, buscando un refugio del ruido hipócrita del salón. Allí me encontré con Marta, una de las cocineras de más edad. Ella me miró con ojos tristes mientras secaba unas copas de cristal.
—No debería estar aquí, señorita Marina —dijo en voz baja—. Usted pertenece allá arriba.
—Parece que nadie está de acuerdo con eso, Marta —respondí, apoyándome en la encimera.
—Los señores... ellos se han acostumbrado a la luz de la señorita Isabella. Ella sabe cómo brillar para que los demás queden a oscuras. Pero no se deje engañar, el brillo no siempre significa que haya algo valioso dentro.
Agradecí sus palabras, pero el vacío en mi estómago no se llenaba con consuelos. Regresé al salón justo a tiempo para ver el discurso de Isabella. Ella subió al pequeño podio improvisado, radiante bajo los focos. Habló de compasión, de ayudar a los necesitados, de la responsabilidad de los privilegiados. Todo era perfecto. Sus pausas, sus gestos, la forma en que humedecía sus labios antes de soltar una frase contundente.
—...porque en la familia De la Vega, creemos que la verdadera riqueza es la que se comparte —concluyó Isabella, provocando una ovación cerrada.
Arturo y Beatriz la abrazaron en el escenario. Yo estaba a pocos metros, pero me sentía a kilómetros de distancia. Era un espectador en la vida que me pertenecía.
La grieta en la perfección
Al final de la noche, cuando los invitados empezaron a marcharse, me retiré a la biblioteca. Necesitaba el silencio de los libros para calmar el estruendo de mi mente. Pero la puerta no estaba cerrada del todo. Desde el interior, escuché la voz de Arturo.
—Ha sido un éxito. Los inversores están encantados con Isabella. Su compromiso con Federico asegurará la fusión con el Banco Continental antes de que termine el trimestre.
—¿Y qué haremos con Marina? —preguntó Beatriz—. Empieza a hacer preguntas sobre las cuentas de la fundación. Es demasiado lista para su propio bien, Arturo.
—Ya te lo dije. En cuanto cumpla los veintiuno y firme la cesión de derechos sobre las tierras del abuelo, le daré una asignación mensual y la enviaré de vuelta al extranjero. Quizás a Suiza o a Londres. Lejos de aquí. No podemos permitir que su presencia enturbie la imagen de Isabella. El contraste es demasiado evidente, Beatriz. Marina es... terrenal. Y nosotros necesitamos divinidades para mantener este imperio.
Me alejé de la puerta antes de que me descubrieran. Mis pies apenas tocaban el suelo mientras subía las escaleras hacia mi cuarto. El dolor ya no era una punzada aguda; era una marea sorda que lo cubría todo. Mis propios padres me veían como una amenaza para la "perfección" de su hija adoptiva. Me veían como una mancha que debía ser borrada una vez que cumpliera su función legal.
Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave. Por primera vez desde que llegué, no intenté practicar mi postura ni mi sonrisa. Me senté en el suelo, rodeada de las bolsas de compras de diseñador que Isabella había elegido para "disfrazarme" de alguien que no era.
Me di cuenta de que mi lucha por encajar era una batalla perdida. No importaba cuánto me refinara, cuánto aprendiera sobre vinos o cuánto dominara el protocolo; para ellos, yo siempre sería la intrusa, la sombra, la "pariente" incómoda.
Isabella tenía razón en algo: en ese palacio solo había espacio para una corona. Pero lo que ella y mis padres no sabían era que, cuando a una persona se le quita todo —el nombre, el afecto, la identidad—, lo único que queda es una determinación de acero.
Esa noche, mientras observaba las luces de la ciudad desde mi ventana, dejé de intentar ser una De la Vega. Si ellos querían que fuera una sombra, aprendería a moverme en la oscuridad. Si querían que fuera invisible, observaría cada uno de sus movimientos sin ser vista.
Anoté en un pequeño cuaderno que guardaba bajo el colchón las cifras que había escuchado en la biblioteca y los nombres de los bancos mencionados. Mi mente matemática, esa que mi padre despreciaba por ser "poco refinada", empezó a trazar conexiones. Si yo era solo un activo financiero para ellos, entonces aprendería a leer sus balances mejor que nadie.
Isabella seguía riendo en el pasillo, su voz resonando con la seguridad de quien se cree intocable. Yo apagué la luz y me quedé en silencio. El espejismo de la felicidad inicial se había disuelto por completo, dejando al descubierto los cimientos podridos de mi familia.
"Mañana será otro día", pensé. Otro día para observar, para aprender y para esperar. No sabía que el destino me daría una oportunidad mucho más pronto de lo que imaginaba. Una noche de fiesta, un coche a toda velocidad y una decisión que cambiaría nuestras vidas para siempre estaba a la vuelta de la esquina.
El tercer capítulo de mi estancia en la mansión terminó con una certeza: yo no era una de ellos. Y esa, paradójicamente, era mi única ventaja. Porque cuando no tienes nada que perder, eres capaz de todo.