"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 7
La Fortaleza de Ébano era una estructura brutalista de hormigón y cristal negro que parecía brotar de la tierra misma, devorada por la vegetación del Amazonas. El calor allí no era un clima, era un asalto físico; una humedad pesada que se pegaba a la piel como una segunda boca.
Mía llevaba tres días encerrada en ese laberinto verde. Había intentado mantener su actitud desafiante, pero el calor la estaba volviendo loca. En un acto de rebeldía pura, había usado un clip para sabotear los sensores del termostato central de la suite principal.
—Si yo me aso, él se asa conmigo —había murmurado.
Pero el plan salió mal. El aire acondicionado no solo se detuvo en su habitación, sino que el sistema colapsó en todo el ala este, dejando a la mansión como un horno de cristal bajo el sol ecuatorial.
Buscando alivio, Mía escapó hacia el atrio central, un jardín botánico privado donde una cascada de agua natural caía desde una altura de diez metros sobre una poza de piedra volcánica. Creyéndose sola, se deshizo de la túnica de seda blanca que Renzo la obligaba a usar. Se quedó desnuda, sintiendo el aire húmedo en su piel antes de sumergirse en el agua helada.
El choque térmico la hizo jadear. Se echó el cabello hacia atrás, cerrando los ojos bajo el chorro de agua, disfrutando del primer momento de paz en semanas.
—Sabes... sabotear el aire acondicionado para obligarme a salir de mi oficina es un truco bastante sucio, Mía. Aunque debo admitir que el resultado visual es... gratificante.
Mía abrió los ojos de golpe. Renzo estaba de pie al borde de la poza. No llevaba camisa, solo unos pantalones de lino negro. El sudor hacía que sus músculos brillaran bajo la luz filtrada por las hojas gigantes. En su mano sostenía una carpeta de cuero y un teléfono satelital.
—Vete al carajo, Cavalli —dijo ella, hundiéndose en el agua hasta los hombros—. Solo quería no morir de un golpe de calor por tu culpa.
—Te gusta el fuego, gatita. No mientas —Renzo dejó la carpeta en una roca y caminó hacia el agua, entrando con sus pantalones puestos. Sus ojos oscuros estaban fijos en los hombros pálidos de Mía—. Pero hay algo que deberías saber antes de que sigas jugando a las escondidas conmigo.
Renzo se acercó hasta que el agua les llegó al pecho. El ambiente estaba cargado de una electricidad primitiva. Él extendió su mano y atrapó un mechón de cabello mojado de Mía, enrollándolo en su dedo con una posesividad que la hizo temblar.
—He localizado a tu hermano, Leo.
Mía se quedó helada. El nombre de su hermano fue como una descarga de adrenalina que anuló cualquier tensión sexual. Agarró a Renzo por los antebrazos, sus uñas clavándose en su piel.
—¿Dónde está? ¿Está bien? Si le pusiste un dedo encima, te juro que...
—Cálmate —la interrumpió él, disfrutando de la cercanía de sus cuerpos bajo el agua—. Tus amigos del cartel no son tan eficientes como yo. No lo mataron. Lo tienen en una casa de seguridad en la frontera. Lo están usando como palanca. Creen que si lo mantienen vivo, yo les devolveré su "mercancía" preferida. O sea, tú.
—Tengo que ir por él —dijo Mía, intentando salir de la poza, pero Renzo la sujetó por la cintura, pegándola a su torso desnudo. El contacto del agua fría y sus cuerpos calientes era erótico y doloroso a la vez.
—No vas a ir a ningún lado —susurró él contra sus labios, su voz cargada de una posesividad enfermiza—. Leo está bajo mi vigilancia ahora. Mis hombres están rodeando el lugar. Pero su vida tiene un precio, Mía. Y no hablo de dinero.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
—Quiero que dejes de luchar. Quiero que cuando te toque, no busques una razón para odiarme. Quiero tu rendición total. Si me das lo que quiero, si aceptas que eres mía por voluntad y no por contrato, tu hermano llegará a esta mansión mañana mismo. Sano y salvo.
Mía lo miró con puro odio, pero también con una desesperación creciente. Renzo bajó la mano por su espalda bajo el agua, apretando sus nalgas con una fuerza que le arrancó un gemido.
—Eres un monstruo —susurró ella.
—Soy tu monstruo —corrigió él, antes de capturar sus labios en un beso que sabía a cloro, a selva y a una obsesión que amenazaba con consumirlos a ambos—. Elige, Mía. ¿Su libertad por tu alma?
Mía cerró los ojos y, por primera vez, no lo empujó. Le devolvió el beso con una ferocidad hambrienta, mezclando su llanto con la humedad del ambiente. En ese momento, en medio de la selva, Mía comprendió que para salvar a lo único que amaba, tendría que aprender a amar al hombre que la había destruido.