Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.
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Capítulo 9: Lo que no se fue con el tiempo
Un año completo desde aquel día en el salón, desde la pizarra, desde la conversación que me dejó con más preguntas que respuestas.
Y ahora… ya no era estudiante.
Me había graduado del liceo.
Ese día de la graduación fue raro. Todo el mundo estaba feliz, tomándose fotos, riéndose, celebrando que por fin habíamos terminado esa etapa. Mis amigas estaban emocionadas, abrazándose, diciendo que ahora sí empezaba “la vida de verdad”.
Pero yo… yo no estaba así.
Yo tenía un nudo en la garganta desde que llegué.
Veía todo, escuchaba todo… pero por dentro estaba en otra parte.
Cuando dijeron mi nombre y pasé a recibir el diploma, sentí un vacío extraño. Como si algo importante se estuviera cerrando… y no precisamente de la manera que yo quería.
Porque sí, terminé el liceo.
Pero también dejaba atrás algo que nunca pude resolver.
A él.
Al profesor Rafael.
Después de la ceremonia, todos salieron al patio. Fotos, abrazos, risas. Yo traté de sonreír, pero no me salía natural.
Mis amigas se dieron cuenta.
—“Aracely, ¿qué te pasa? Deberías estar feliz,” me dijeron.
Yo asentí, pero no respondí mucho.
Porque la verdad… yo estaba aguantando las lágrimas.
Cuando llegué a mi casa, ya no pude más.
Me encerré en mi cuarto y empecé a llorar.
Llorar de verdad.
No era un llanto suave. Era de esos que te sacuden el pecho, que te hacen respirar mal, que te dejan sin fuerza.
Porque había pasado un año… y yo no había dejado de sentir lo mismo.
Yo seguía enamorada de Rafael.
Y eso era lo que más me dolía.
Que el tiempo no lo borró.
Me senté en la cama con el diploma al lado.
—“¿Por qué sigo así…?” dije en voz baja.
Recordaba todo.
Las clases.
Las miradas.
La forma en que hablaba.
La conversación que tuvimos después de clases.
Todo.
Y lo peor era que él tenía razón.
Era algo que no podía pasar.
Pero eso no hacía que doliera menos.
En medio de mi llanto, alguien tocó la puerta.
—“Aracely, ¿puedo pasar?” era mi mamá .
—“Pasa…”
Ella entró despacio y me vio llorando.
—“¿Y eso? ¿No que hoy era un día feliz?”
No respondí.
Ella se sentó a mi lado.
—“¿Es por el liceo… o por alguien?”
Yo la miré.
Y ahí ya no pude esconderlo.
—“Por él…”
—“¿Él quién?”
—“Rafael…”
Mi hermana suspiró.
—“¿El profesor?”
Asentí.
Ella se quedó en silencio unos segundos.
—“Aracely…”
—“No he podido olvidarlo,” dije entre lágrimas.
—“Ha pasado un año…”
—“Lo sé… pero no se me quita.”
Mi hermana me miró con seriedad, pero sin juzgarme.
—“Mira… lo que tú sientes no es mentira. Pero eso no significa que sea algo que debas seguir alimentando.”
—“Pero yo no lo busqué…”
—“No, pero ahora tienes que decidir qué haces con eso.”
Me limpié las lágrimas.
—“Yo pensé que al graduarme se me iba a pasar.”
—“A veces no es así.”
Mi hermana se acomodó mejor.
—“Aracely, eso que tú sientes fue algo prohibido desde el principio.”
Esa palabra me pegó.
—“Prohibido…”
—“Sí. Era tu profesor. Había una diferencia de edad, de posición… de todo.”
—“Yo sé… él también me lo dijo.”
—“Y tenía razón.”
Me quedé callada.
—“No es que tú hiciste algo malo por sentir,” continuó ella. “Pero sí tienes que entender que hay cosas que no pueden darse.”
—“Entonces, ¿qué hago?”
—“Seguir adelante.”
—“¿Así de fácil?”
—“No es fácil. Pero es necesario.”
Miré el diploma otra vez.
—“Yo quería que esto fuera diferente…”
—“Lo sé,” dijo mi hermana. “Pero la vida no siempre va por donde uno quiere.”
—“Yo de verdad lo quise…”
—“Y eso está bien. Eso te enseñó algo.”
—“¿Qué cosa?”
Ella sonrió un poco.
—“Que eres capaz de sentir fuerte. Pero también tienes que aprender a soltar.”
Me quedé en silencio.
Pensando.
Sintiendo ese vacío otra vez.
—“¿Y si nunca se me pasa?”
Mi hermana me miró con calma.
—“Se te va a transformar. No va a ser lo mismo siempre.”
—“Pero ahorita duele…”
—“Y va a doler un tiempo más.”
Apoyé la cabeza en su hombro.
—“No quería terminar así…”
—“No terminaste mal,” me dijo. “Terminaste una etapa.”
Respiré profundo.
Las lágrimas seguían, pero más suaves.
—“Supongo que toca seguir…”
—“Exacto. Seguir.”
Esa noche entendí algo.
Que no todo amor está hecho para quedarse.
Que hay historias que empiezan… pero no continúan.
Y aunque duela, aunque uno quiera otra cosa…
A veces lo correcto es dejarlo ir.
Y yo… apenas estaba empezando a hacerlo.