Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 12: REY DE LA COSTA OESTE [+18]
El vacío de poder que dejó la purga de Zakhar no duró ni veinticuatro horas. Si la masacre en la zona baja había recordado a la Costa Oeste quién era el depredador alfa, los días siguientes le enseñaron a la ciudad quién sostenía la correa.
Damiano Moretti dejó de ser simplemente el "esposo del líder". Reclamó el ala este de la mansión, transformando un antiguo salón de fumadores en su centro de operaciones estratégicas. Con una mente afilada y una crueldad financiera que rivalizaba con la violencia física de su esposo, Damiano comenzó a estrangular las rutas comerciales que la Yakuza había dejado desprotegidas.
Aquella tarde, un capitán de los muelles del norte, un hombre curtido llamado Boris, cometió el error de saltarse la cadena de mando.
Entró al despacho de Damiano exigiendo hablar con Zakhar sobre un cargamento de armas retenido, llamando a Damiano "el niño de seda".
Damiano no levantó la voz. Simplemente tecleó en su portátil, congeló todas las cuentas bancarias de las que dependía la red de Boris y envió un mensaje a sus acreedores revelando su ubicación.
– Tienes exactamente tres horas antes de que los prestamistas de Las Vegas vengan a romperte las piernas, Boris – le dijo Damiano, sirviéndose un espresso con una calma letal. – O puedes arrodillarte ahora mismo, jurarme lealtad directamente a mí, y yo liberaré los fondos. Tu decides a quién prefieres pertenecer.
Cuando Zakhar llegó una hora después, encontró al capitán arrodillado frente al escritorio de Damiano, besando el anillo de su esposo con lágrimas de humillación en los ojos.
Zakhar se quedó allí, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada oscura fija en la escena. El capitán, un hombre endurecido por años de batallas, temblaba ligeramente mientras sus labios rozaban el anillo de oro negro en la mano de Damiano. Las lágrimas de humillación brillaban en sus mejillas, pero no se atrevía a levantar la vista. Damiano, sentado tras el escritorio como un rey en su trono, lo observaba con fría satisfacción, sus dedos largos tamborileando suavemente sobre la madera pulida.
– Suficiente – dijo Damiano con voz baja y autoritaria. – Levántate y lárgate. Recuerda a quién le debes lealtad.
El capitán se puso de pie tambaleante, sin decir una palabra, y salió de la habitación sin mirar atrás. Solo entonces Zakhar cerró la puerta tras él con un clic suave pero definitivo.
Damiano levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios al notar el bulto evidente en los pantalones de su esposo.
– ¿Te ha gustado el espectáculo, amore mio? – preguntó, reclinándose en la silla.
Zakhar se acercó con pasos deliberados, desabrochándose el cinturón mientras caminaba. Se detuvo frente al escritorio, se inclinó hacia adelante y agarró a Damiano por la corbata, tirando de él para besarlo con fuerza. El beso fue brutal, lleno de hambre y posesión. Lenguas se enredaron, dientes chocaron, y un gemido ronco escapó de la garganta de Damiano.
– Verte así… dominando – gruñó Zakhar contra su boca. – Me pone jodidamente duro.
Sin darle tiempo a responder, Zakhar rodeó el escritorio, levantó a Damiano de la silla como si no pesara nada y lo empujó contra la superficie de madera. Papeles y objetos cayeron al suelo. Damiano rio bajito, excitado por la brusquedad, y separó las piernas para dejar que su esposo se colocara entre ellas.
Las manos de Zakhar fueron rápidas: desabrochó los pantalones de Damiano y liberó su polla ya dura, gruesa y palpitante. Se arrodilló un instante solo para tomarla en su boca hasta el fondo, chupando con avidez mientras sus dedos se clavaban en los muslos de su marido. Damiano echó la cabeza hacia atrás, gimiendo, una mano enredada en el cabello oscuro de Zakhar.
—Joder… Zakhar…
Zakhar se incorporó, se bajó los pantalones lo suficiente para liberar su propia erección, gruesa y venosa, ya mojada en la punta. Escupió en su mano, lubricó su miembro y levantó una de las piernas de Damiano sobre su hombro. Empujó dentro de él de un solo movimiento profundo, arrancándole un grito ahogado de placer y dolor mezclado.
Empezó a follarlo con fuerza sobre el escritorio, cada embestida haciendo que el mueble crujiera. Damiano se aferraba a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de la camisa, jadeando con cada golpe contra su próstata.
– Más duro – exigió Damiano, la voz rota por el placer.
Zakhar gruñó, acelerando el ritmo. Una mano rodeó la garganta de Damiano, apretando lo justo para que sintiera el control, mientras la otra masturbaba su polla al mismo compás. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba la habitación junto con sus gemidos y maldiciones entrecortadas.
Damiano fue el primero en correrse, con un gemido largo y tembloroso, eyaculando sobre su propio abdomen y la mano de Zakhar. Sus músculos internos se contrajeron alrededor de la polla de su esposo, llevándolo al límite. Zakhar lo folló unas cuantas veces más, profundo y salvaje, antes de derramarse dentro de él con un rugido gutural, llenándolo con chorros calientes.
Se quedaron así un momento, jadeando, sudorosos, unidos. Zakhar se inclinó y besó a Damiano con más ternura esta vez, mordiendo suavemente su labio inferior.
—Eres mío —susurró contra su boca—. Y me encanta verte gobernar… casi tanto como follarte después.
Damiano sonrió, todavía recuperando el aliento.
[Esa misma noche]
Para celebrar el nuevo nivel de control de Damiano, Zakhar cerró el restaurante más exclusivo de los acantilados de la costa. No reservó una mesa; alquiló el edificio entero.
Damiano llevaba un traje sastre negro con un escote en V profundo, adornado únicamente con una gargantilla de diamantes negros que Zakhar le había regalado. Mientras degustaban langosta y un vino que costaba lo mismo que un auto deportivo, la tensión sexual todavia era palpable entre ambos.
– ví lo que le hiciste a Boris hoy – murmuró Zakhar, inclinándose sobre la mesa iluminada por velas, sus ojos devorando a Damiano. – Mis hombres te tienen más miedo a ti que a mí. Eres mi puto rey.
– Yo no ensucio el piso con sangre, cariño. Yo los quiebro desde adentro. – Damiano sonrió, deslizando un pie por debajo de la mesa hasta rozar la entrepierna de su esposo. – Tú eres el músculo. Yo soy el cerebro que decide a quién vas a morder.
La cena terminó precipitadamente. Zakhar no podía quitarle las manos de encima.
De regreso en la mansión, cambiaron los trajes de diseñador por pantalones de chándal grises y camisetas holgadas, dirigiéndose a la sala de cine privada en el sótano de la propiedad. Era un contraste ridículo: los dos hombres más peligrosos y temidos de toda la Costa Oeste, acurrucados en sillones de cuero reclinables con un tazón gigante de palomitas trufadas.
La pantalla gigante se iluminó con el inconfundible sonido de la intro de Law & Order: SVU.
Era la serie favorita de Damiano, su ritual de confort. Zakhar no entendía la fascinación de su esposo por un grupo de detectives resolviendo crímenes cuando ellos mismos los cometían a diario, pero se acomodó detrás de él, envolviendo sus enormes brazos alrededor de la cintura de Damiano y enterrando el rostro en su cuello.
Damiano se relajó contra el pecho de Zakhar, comentando las decisiones de los detectives con indignación, mientras su esposo , el asesino más letal de la mafia rusa, le acariciaba el cabello con una ternura que el mundo exterior juraría que era imposible.