“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: Una noche para despejar la mente
Narra Katrina Villacres
Ese día estaba aburrida, mi llave. Pero aburrida de verdad. Llevaba días encerrada pensando demasiado y ya sentía que mi cabeza iba a explotar.
Mi mamá estaba en una reunión elegante de esas donde todos fingen sonreír y hablan de plata, mi papá seguía trabajando como siempre y la casa se sentía demasiado silenciosa.
Y cuando yo pienso demasiado…
todo termina en Gregorio.
Así que agarré el celular y llamé a Sabrina.
Ella contestó rapidito como siempre.
—¿Q tal mi loca? —dijo apenas respondió.
Yo sonreí un poquito.
—Bien… aburrida.
Ella soltó una risa.
—Ay nojoda, esa voz parece de mujer recién divorciada.
—Cállese —le respondí riéndome.
Ella siguió molestando.
—¿Y ahora qué le pasó a la niña rica de Barranquilla?
Yo me tiré en la cama.
—Nada… solo quiero salir un rato.
Sabrina no dudó ni dos segundos.
—Entonces vamos pa’ una discoteca a rumbear y vamos por unas polas.
Yo me quedé pensando un segundo.
La verdad sí necesitaba despejarme.
Así que respondí:
—Dale, de una.
—Esooo, así me gusta —gritó ella emocionada—. La recojo en una hora.
—Bueno.
—Y arréglese bonita porque después anda toda simple.
Yo me reí.
—Fastidiosa.
—La amo también —dijo ella antes de colgar.
Cuando terminó la llamada me levanté de la cama sintiéndome un poquito mejor.
Fui al clóset buscando algo cómodo pero bonito. No tenía ganas de vestirme súper elegante esa noche. Solo quería sentirme normal.
Al final me puse unos jeans claros, una blusa negra sencilla y me dejé el cabello suelto.
Cuando bajé, mi mamá me miró desde la sala.
—¿Y para dónde vas así?
—Voy a salir con Sabrina un rato.
Ella me miró de arriba abajo.
—Por lo menos arréglate más.
Yo rodé los ojos.
—Mamá, voy a una discoteca, no a Miss Universo.
Ella suspiró.
—Bueno, pero compórtate.
—Sí, señora.
A los pocos minutos escuché la bocina afuera.
Era Sabrina.
Salí rápido y apenas me vio bajó el vidrio del carro.
—¡Uy, milagro! Hoy parece persona humilde —me molestó.
Yo me reí entrando al carro.
—Maneje y deje el show.
Sabrina llevaba un vestido morado corto y unos aretes enormes. Literal parecía lista para conquistar media Barranquilla.
—¿Y esa producción? —le pregunté.
Ella acomodó el espejo.
—Uno nunca sabe dónde puede conocer al amor de su vida.
—Usted dice eso todos los fines de semana.
—Y seguiré insistiendo.
Las dos empezamos a reírnos.
Mientras manejábamos, Barranquilla estaba llena de luces y movimiento. La música sonaba en muchos lados, la gente caminaba arreglada y el ambiente se sentía alegre.
Llegamos a una discoteca bastante famosa.
La música se escuchaba durísimo desde afuera.
Sabrina apenas se bajó dijo:
—Ahora sí, llegó el verdadero ambiente.
Entramos y de una nos pegó el aire frío mezclado con música, luces y gente bailando.
La discoteca estaba llena.
Unas personas bailaban reggaetón, otras cantaban las canciones a grito herido y algunos ya estaban medio borrachos.
Nos sentamos en una mesa cerca de la pista.
Un muchacho se acercó.
—¿Qué les sirvo, niñas?
Sabrina habló de una vez.
—Dos polas bien frías, mi rey.
El muchacho asintió y se fue.
Yo miraba todo alrededor intentando distraerme.
Y por un momento sí funcionó.
Porque Sabrina no me dejaba pensar demasiado.
—Bueno, ahora sí hable —dijo ella mirándome fijo.
—¿Qué cosa?
Ella levantó una ceja.
—Usted sabe perfectamente qué cosa.
Yo suspiré.
—Ay no…
Ella sonrió maliciosa.
—Gregorio.
Escuchar su nombre me puso nerviosa enseguida.
—No empiece.
—Sí empiezo. Porque desde hace rato usted anda rara.
En ese momento llegaron las polas.
Sabrina agarró la suya y levantó la botella.
—Por los hombres que nos dañan la estabilidad emocional.
Yo me reí.
—Bruta.
Chocamos las botellas suavemente y tomamos un poco.
La música seguía sonando fuerte.
Sabrina volvió al tema.
—Entonces… ¿ya lo volvió a ver?
Yo dudé un segundo.
—Sí.
Ella abrió los ojos.
—¡¿Qué?!
Yo me reí nerviosa.
—Fue casualidad.
—Cuente todo ya.
Y ahí empecé a contarle lo del carro dañado y cómo Gregorio apareció para ayudarme.
Mientras hablaba, Sabrina me miraba como viendo una novela.
—Ay no, Katrina… eso parece destino.
—No diga eso.
—Pero es verdad.
Yo bajé la mirada jugando con la botella.
—No sé qué me pasa.
Sabrina se puso un poquito más seria.
—¿Y Gerson?
Ahí sentí incomodidad.
—No sé…
Ella suspiró.
—Usted está metida en un problema grande.
Yo tomé otro poquito de cerveza.
—Lo sé.
Sabrina me agarró la mano.
—Pero haga lo que haga… no se mienta a usted misma.
Esas palabras me dejaron pensando.
Porque tal vez eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Mentirme.
Intentar fingir sentimientos que ya no se sentían igual.
La música cambió a una más movida y Sabrina se levantó de una.
—Bueno ya basta de drama. Vamos a bailar.
Yo me reí.
—Usted no se cansa nunca.
—Jamás.
Me agarró de la mano y prácticamente me arrastró a la pista.
Y por primera vez en mucho tiempo…
me reí de verdad.