Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo IV El blanco
Daniela permaneció en la sala, concentrada en la limpieza de las heridas de Leonardo. El cansancio comenzaba a pesarle en los hombros; lo único que deseaba en ese momento era cerrar los ojos y olvidar el caos del día.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Leonardo, observándola con una mezcla de intriga y sospecha.
—Es mi trabajo: cuidar de las personas, especialmente si son mis pacientes —respondió Daniela, manteniendo el tono profesional mientras ajustaba con destreza el vendaje.
—Más bien parece que buscas algo de emoción en tu vida —soltó Leonardo, fijando su mirada en ella, intentando descifrar qué se escondía tras esa fachada de doctora perfecta.
Daniela evitó su mirada y terminó de asegurar la venda.
—Ya terminé. Iré a descansar; le sugiero que haga lo mismo. Mañana, dependiendo de cómo evolucionen sus heridas, podrán seguir su camino.
Se retiró a su habitación, pero la pregunta de Leonardo quedó resonando en su cabeza como un eco persistente. ¿Por qué lo hacía realmente? ¿Acaso, en el fondo, estaba harta de lo monótona y predecible que se había vuelto su vida?
Por su parte, Leonardo se quedó sumido en sus pensamientos. Era consciente de que involucrar a la doctora en su guerra personal era sentenciarla a muerte. En un inusual acto de conciencia, decidió que lo mejor era alejarse de ella lo antes posible, antes de que el daño fuera irreversible.
Leonardo observaba el techo del apartamento de Daniela mientras el efecto del analgésico comenzaba a ceder. A pesar de la atracción que sentía por la joven doctora, su instinto de supervivencia le dictaba una sola cosa: debía irse. No podía permitir que su sed de venganza manchara la pulcritud de la vida de Daniela. Ella era luz, y él era una sombra que arrastraba una tormenta tras de sí.
—Andrés —llamó Leonardo con voz ronca, haciendo un esfuerzo por incorporarse en el sofá. Su mano derecha apareció de inmediato desde la cocina—. Prepara todo. Nos vamos en cuanto amanezca. No podemos dejar que ella siga involucrada en este enredo. Ya ha hecho suficiente.
Andrés, sin embargo, no se movió para acatar la orden. Su rostro, habitualmente impasible, mostraba una rigidez que encendió las alarmas de Leonardo. El guardaespaldas sostenía una tableta con las manos temblorosas y su mirada estaba fija en la pantalla.
—Me temo que ya es tarde para eso, jefe —respondió Andrés, acercándose y entregándole el dispositivo.
Leonardo frunció el ceño y observó la imagen. Era una captura de las cámaras de seguridad del hospital, pero con un filtro de reconocimiento biométrico.
El círculo rojo no estaba sobre él, sino sobre el rostro de Daniela mientras lo ayudaba a caminar por el pasillo secreto. Debajo de la foto, un mensaje interceptado de la red enemiga confirmaba sus peores miedos.
—La han identificado —sentenció Andrés con gravedad—. Saben quién es la doctora que lo ayudó a escapar.
Ahora mismo, ella es un blanco tan prioritario como usted. Los hombres que nos buscan no la ven como una civil, sino como un cómplice que sabe demasiado.
En ese momento, Daniela entró en la sala con una bandeja de suministros médicos, deteniéndose al notar la tensión en el ambiente.
—¿Qué sucede? —preguntó, mirando de Leonardo a Andrés—. Señor Sterling, le dije que no debía moverse.
Leonardo la miró con una mezcla de culpa y ferocidad. La joven independiente que quería distanciarse de su poderosa familia para forjar su propio camino, acababa de entrar, sin saberlo, en una jaula de la que no sería fácil salir.
—Doctora, apague las luces y aléjese de las ventanas —ordenó Leonardo, su tono de coqueteo había desaparecido, reemplazado por la frialdad de un hombre protector—. Ya no está aquí por voluntad propia. A partir de este segundo, su vida depende de que no se separe de mí ni un solo centímetro.
Daniela dejó caer la bandeja. El sonido del metal chocando contra el suelo resonó en el apartamento como un disparo.
—¿De qué está hablando? —logró articular, mientras su teléfono comenzaba a vibrar frenéticamente en su bolsillo. Era un mensaje de Diego, pero por primera vez en meses, tuvo miedo de contestar.
Daniela, aún procesando la noticia de que su rostro estaba en manos de criminales, tomó el dispositivo con manos temblorosas. Al encender la pantalla, el nombre de Diego Spencer apareció en una serie de notificaciones acumuladas.
El último mensaje era el más duro:
“Daniela, no puedo creer que me hayas dejado plantado sin siquiera una explicación. Te estuve esperando toda la noche. Entiendo que tu trabajo es importante, pero mi tiempo también lo es. Si así es como vas a manejar nuestra relación, me parece una falta de respeto total. No te molestes en llamar si no tienes una excusa real”.
Daniela sintió un nudo en la garganta. Quiso escribir, quiso decirle que la habían retenido a la fuerza, que hombres armados la perseguían y que estaba escondiendo a un fugitivo en su sala, pero se detuvo en seco. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado.
—No le contestes —la voz de Leonardo, ahora gélida y autoritaria, la sacó de sus pensamientos. Él la observaba desde el sofá, habiendo notado el cambio en su expresión.
—Es mi novio, Leonardo. Está enojado porque no aparecí —replicó ella con la voz quebrada por la frustración—. Tengo que decirle que estoy bien, él no tiene nada que ver con esto.
—Precisamente por eso no puedes escribirle —intervino Andrés, quien seguía monitoreando la tableta—. Si respondes ahora, cualquier señal de GPS podría revelar nuestra ubicación exacta. Además, si ellos saben quién es usted, pronto sabrán quién es él. Un mensaje tuyo podría ser la sentencia de muerte para ese tal Diego.
Daniela bajó el teléfono, sintiendo cómo su vida se desmoronaba por segundos. El hombre al que amaba la creía una irresponsable, mientras que el hombre al que acababa de salvar la vida se convertía en su única protección.
—Apaga el teléfono, Daniela —ordenó Leonardo, esta vez con una suavidad que resultaba casi más aterradora—. En este mundo, el silencio es lo único que nos mantiene vivos. Tu vida anterior acaba de terminar.