En una ciudad gris donde la lluvia parece no terminar nunca, dos chicos completamente distintos terminan cruzando caminos en un instituto marcado por el silencio, los rumores y la soledad.
Kai es un joven reservado y rebelde que suele escapar al techo del colegio para tocar su guitarra lejos del ruido del mundo. Detrás de su actitud fría guarda heridas, secretos y una tristeza que casi nadie nota.
Noah, en cambio, parece más tranquilo y observador. Es nuevo, callado y diferente al resto. Desde el primer momento siente que hay algo extraño en Kai… algo roto, pero también auténtico.
Mientras ambos comienzan a acercarse lentamente bajo cielos grises y luces nocturnas de la ciudad, empiezan a ocurrir situaciones inquietantes: sombras observándolos, rincones oscuros del instituto y presencias que parecen seguirlos cuando cae la noche.
Entre música, lluvia, conflictos escolares y emociones que ninguno sabe expresar, Kai y Noah descubrirán que algunas personas llegan a tu vida justo cuando es
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El chico del techo
La lluvia caía sobre la ciudad de Montevideo como si nunca fuera a detenerse.
Las luces de los carteles se reflejaban en los charcos mientras los autos cruzaban las avenidas dejando estelas brillantes en el asfalto mojado.
Noah odiaba los días de lluvia.
Porque los días de lluvia siempre le recordaban a él.
—Llegas tarde otra vez —dijo la profesora apenas entró al salón.
Noah no respondió. Solo caminó hacia el fondo de la clase con los auriculares colgando del cuello y la capucha todavía puesta.
Era nuevo en el liceo.
Y todos lo miraban como si hubiera aparecido de otro planeta.
Se sentó junto a la ventana y apoyó la cabeza en el vidrio frío.
Entonces lo vio.
En la azotea del edificio de enfrente.
Un chico.
Cabello negro.
Uniforme desabrochado.
Empapado bajo la lluvia.
Y aun así… sonriendo.
Noah frunció el ceño.
—¿Qué hace ese idiota…?
Cuando volvió a mirar, el chico ya no estaba.
El recreo fue igual de incómodo que toda su semana.
Gente susurrando.
Miradas.
Risas.
Noah estaba acostumbrado.
Siempre cambiaba de liceo antes de que las cosas empeoraran demasiado.
Mientras caminaba por el pasillo, alguien chocó contra él.
Los libros cayeron al piso.
—¡Ah! Perdón, perdón, perdón —dijo una voz apresurada.
Noah levantó la mirada.
Era él.
El chico de la azotea.
De cerca parecía incluso más extraño.
Tenía una pequeña venda en la mejilla y los ojos gris oscuro, casi plateados.
Pero lo peor era su sonrisa.
Era demasiado brillante.
—Tú eres el nuevo, ¿verdad? —preguntó el chico mientras recogía los libros—. Soy Kai.
Noah tomó sus cosas rápidamente.
—No me interesa.
—Qué frío.
—Y tú hablas demasiado.
Kai soltó una pequeña risa.
—Entonces sí eres interesante.
Noah giró los ojos y siguió caminando.
Pero Kai lo siguió.
—¿Siempre eres así de antisocial?
—¿Siempre persigues personas?
—Solo las que me llaman la atención.
Noah se detuvo.
Por primera vez alguien le había dicho algo así sin burlarse.
Kai inclinó un poco la cabeza.
—Tienes ojos tristes.
El pecho de Noah se tensó.
—No
—No sabes nada de mí —murmuró Noah, apartando la mirada.
Kai dejó de sonreír por un instante.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que Noah notara algo extraño en él.
Algo vacío.
Como si esa sonrisa estuviera escondiendo demasiadas cosas.
El ruido del pasillo continuaba alrededor de ellos, pero por alguna razón se sentía lejano, apagado.
Kai observó a Noah unos segundos antes de hablar otra vez.
—Tal vez tengas razón.
Su voz sonó más tranquila ahora.
Más seria.
—Pero conozco esa expresión.
Noah frunció el ceño.
—¿Qué expresión?
Kai acomodó uno de los libros que todavía sostenía entre las manos.
—La de alguien que está cansado incluso cuando acaba de empezar el día.
El pecho de Noah volvió a tensarse.
Odiaba cuando la gente intentaba entenderlo.
Porque normalmente lo hacían para después usarlo en su contra.
Pero Kai no parecía burlarse.
Ni tener lástima.
Eso era lo raro.
—Te equivocas —dijo Noah con frialdad mientras le quitaba el libro de las manos.
Kai levantó apenas los hombros.
—Puede ser.
Por un momento ninguno habló.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando las
ventanas del pasillo y las voces lejanas de otros estudiantes.
Entonces Kai sonrió otra vez.
Más pequeña esta vez.
Más real.
—Aun así me caes bien, Noah.
Noah abrió los ojos apenas, sorprendido.
No estaba acostumbrado a escuchar algo así.
Mucho menos de alguien que acababa de conocer.
—Estás loco —murmuró.
Kai soltó una risa suave.
—Eso dicen.
Antes de que Noah pudiera responder, dos chicos pasaron cerca de ellos chocando el hombro de Kai a propósito.
—Muévete, rarito.
Kai bajó la mirada sin responder.
La sonrisa desapareció de inmediato.
Noah notó cómo los dedos de Kai se apretaban alrededor de la correa de su mochila.
Y por primera vez entendió que tal vez no era el único escondiendo cosas detrás de una cara indiferente.
Los chicos siguieron caminando entre risas.
Kai suspiró como si estuviera acostumbrado.
Después volvió a mirar a Noah, intentando sonreír otra vez.
—Bueno… supongo que nos veremos luego.
Y se alejó por el pasillo.
Noah se quedó quieto observándolo.
Sin entender por qué esa sensación incómoda seguía creciendo dentro de su pecho.
Como si acabara de encontrar algo importante.
O peligroso.