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El Frágil Lazo De Ciela

El Frágil Lazo De Ciela

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.

NovelToon tiene autorización de SherlyBlanco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: El Santuario de Cristal

​El coche de Miriam frenó en seco frente a la residencia de Elena y Roberto. Lo que debería haber sido un regreso triunfal para Ciela se convirtió en una pesadilla visual: la puerta principal estaba desencajada y un sobre azul, el sello inconfundible de la red de Valenzuela, estaba clavado con un cuchillo en la madera noble.

​Diego bajó primero, protegiendo a Lucía y Ciela tras de sí. Al entrar, el desastre era total. No habían robado objetos de valor; habían destrozado las fotografías familiares. Los retratos de Ciela de niña estaban tachados con pintura roja.

​—¡Mi casa! —gritó Elena, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Roberto, llamemos a la policía!

​—No servirá de nada, tía —dijo Miriam, recogiendo el sobre con cuidado—. Miren esto.

​Dentro del sobre no había una carta, sino una foto de la celda de la prisión... vacía. Un mensaje escrito a mano en el reverso decía: "El que nace para jaula, siempre encuentra la llave. Los veo pronto".

​—Se escapó... —susurró Diego, sintiendo un frío gélido—. Valenzuela se escapó durante el cambio de turno de la tarde. El encuentro con Lucía fue solo una distracción para que sus hombres afuera coordinaran el ataque al transporte.

​El pánico se apoderó de Elena, quien empezó a hiperventilar. Pero fue Beatriz quien dio un paso al frente. Ya no era la mujer frágil de la bata de hospital; vestía un traje elegante que Miriam le había conseguido y su mirada recuperaba la autoridad de su linaje.

​—Nadie se queda aquí —sentenció Beatriz con una voz que no admitía réplicas—. Valenzuela conoce esta casa, conoce sus rutinas y tiene las llaves de cada rincón de sus vidas. Si quieren estar a salvo, se vienen conmigo ahora mismo.

​—¿Contigo? ¿A dónde? —preguntó Elena, con los ojos entrecerrados por la desconfianza.

​—A "La Heredad", mi propiedad en las afueras —respondió Beatriz con frialdad—. Es una fortaleza privada con seguridad propia que mi padre nunca pudo tocar porque legalmente está a mi nombre desde los dieciocho años. Allí, Valenzuela no puede entrar.

​Elena apretó los puños. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies. No solo Beatriz le estaba "quitando" el afecto de Ciela, sino que ahora ella, la dueña de casa, la mujer que siempre tuvo el control, tenía que refugiarse bajo el ala de la mujer a la que siempre vio como una "tragedia del pasado".

​—No podemos irnos así como así... —balbuceó Elena, pero Ciela la interrumpió.

​—Mamá, él entró aquí —dijo Ciela, señalando las fotos destrozadas—. Casi muero una vez por sus secretos, no voy a morir una segunda vez por orgullo. Nos vamos con Beatriz.

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​La llegada al Santuario

​El viaje fue silencioso. Al llegar a "La Heredad", todos quedaron mudos. Era una mansión de arquitectura moderna y clásica a la vez, rodeada de hectáreas de bosque privado y protegida por un muro de piedra y seguridad electrónica. Era el mundo que Beatriz debió habitar siempre si no hubiera sido por la traición.

​Al entrar, el contraste fue inmediato. Mientras Lucía corría a explorar lo que ahora sería su hogar, Ciela caminaba por los pasillos con una mezcla de asombro y melancolía.

​—¿Cómo te sientes, Ciela? —le preguntó Diego, acercándose a ella en el gran salón de ventanales inmensos.

​—Extraña, Diego —respondió ella, mirando su reflejo en el cristal—. Hace dos días no tenía riñón y hoy tengo dos madres, una hermana y vivo en una mansión de la que nunca escuché hablar. Siento que mi vida anterior era una mentira cómoda, y esta verdad... esta verdad es un lujo que me asusta.

​En la cocina, la tensión estalló. Elena miraba con desprecio las encimeras de mármol y la servidumbre que Beatriz manejaba con naturalidad.

​—Es muy conveniente, ¿no? —soltó Elena mientras Beatriz servía un té—. Apareces con tus millones y tus casas, y de repente nosotros somos los invitados pobres en la vida de nuestra propia hija.

​Beatriz dejó la taza con un golpe seco.

—Elena, deja de competir. Yo no elegí que Valenzuela me secuestrara, ni elegí que ustedes compraran a mi hija. Si estamos aquí es porque un psicópata está suelto y quiere matarnos a todos. Si prefieres tu orgullo a la seguridad de Ciela, la puerta está abierta. Pero ella se queda aquí, conmigo.

​Elena retrocedió, herida en lo más profundo. Sabía que Beatriz tenía razón, y eso era lo que más le dolía. Sus celos no eran solo por el amor de Ciela, sino por la evidencia de que Beatriz, a pesar de todo, seguía siendo la dueña de un mundo al que Elena nunca pertenecería del todo.

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