Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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La elección: parte I
Antes de llegar a la puerta principal, Dante e Isabela se separaron. Habían decidido entrar por separado, evitando así levantar rumores innecesarios.
Isabela apenas cruzaba el umbral cuando se detuvo.
El director Osmar la estaba esperando.
—Buenas tardes, Lady Isabela —saludó con formalidad.
—Buenas tardes —respondió ella, manteniendo la compostura.
—¿Podría acompañarme a mi oficina?
El gesto de su mano fue suficiente.
No era una invitación.
Era una orden.
El corazón de Isabela se aceleró.
—¿Hice algo malo? —preguntó, incapaz de ocultar del todo el nerviosismo.
Su mente ya corría más rápido que ella.
¿La habían visto?
¿Sabían lo de Dante?
¿La expulsarían?
—Sígame, por favor.
Nada más.
Ni una explicación.
Ni una mirada que ofreciera consuelo… o siquiera una pista.
El camino hasta la oficina se sintió más largo de lo normal.
Cada paso pesaba más que el anterior.
Y entonces lo vio.
El duque Eduardo De La Torre.
Su abuelo.
De pie.
Imponente.
Con un periódico en la mano y una expresión que no dejaba espacio para dudas.
No estaba contento.
—Excelencia, me retiro —dijo el director.
Cerró la puerta tras de sí, dejándolos a solas.
—Abuelo, ¿cuándo llega…? —Isabela no terminó la frase.
—Silencio.
La palabra cayó como una orden.
Fría.
Inapelable.
Isabela bajó la mirada de inmediato.
—Sí, excelencia.
El duque sostuvo el periódico entre sus manos, sin ofrecérselo aún.
—No sabes lo sorprendido que estoy —comenzó, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito— cuando este… ridículo periódico escolar llegó a mi hogar.
Hizo una breve pausa.
—Un periódico de este instituto… con nuestro nombre como comidilla del reino.
Entonces la miró.
Directamente.
—Isabela Calipse De La Torre… ¿qué significa esto?
El corazón de Isabela latía con fuerza.
—Abuelo… perdóname —dijo en voz baja—. Nunca fue mi intención que la familia se viera envuelta en rumores.
El duque no reaccionó de inmediato.
—¿Son rumores? —preguntó.
Silencio.
Isabela negó con la cabeza.
—No sé qué dice el periódico… pero puedo imaginarlo.
—¿Y bien? —preguntó el duque, sin suavizar el tono.
—No sé cómo explicarme… —confesó, avergonzada, con la mirada fija en el suelo.
—Entonces empieza por el principio —añadió Eduardo, tomando asiento con una calma que pesaba más que cualquier enojo.
Isabela respiró hondo.
—Conocí a alguien… —dijo al fin—. Dante Belmonte. Es un joven de una de mis clases. Es inteligente… amable…
Hizo una pausa.
—Apenas lo estoy conociendo, pero…
Su voz tembló apenas. —Creo que estoy enamorada.
—¿Belmonte? —repitió el duque, sorprendido—. ¿El heredero de un condado pequeño… y en ruinas?
Isabela alzó la mirada, confundida.
—¿En ruinas?
Eduardo asintió, serio.
—Su condado es reciente. Su abuelo vendió gran parte de sus tierras a los Medinaceli y, con lo que quedó, intentó explotarlas. Es un territorio árido. Infértil. Sin verdadero valor.
Isabela bajó la mirada un segundo.
—No lo sabía… —admitió.
Luego volvió a levantarla.
—Pero ese no es el punto.
El silencio que siguió fue breve… pero denso.
—Sé que me pediste ser sensata —continuó, con más firmeza—. Y lo he sido. He cumplido… en todo.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Pero… ¿no es este el propósito de la vida?
La pregunta quedó suspendida entre ellos.
—Me dijiste que querías eso para mí… —su voz se quebró apenas—. Amor.
Lo miró directamente.
—Y creo que ya lo encontré.
El duque negó con la cabeza.
No había enojo en su rostro.
Había algo peor.
Decepción.
—Isabela… —dijo con una tristeza contenida—. Ese joven te está usando.
Ella se tensó.
—Tienes todo lo que su familia necesita —continuó él—: título, tierras, poder… y una dote que podría salvarlos.
La miró fijamente.
—¿De verdad no lo ves?
—Te equivocas… —se defendió Isabela—. Él me ama. Yo lo sé.
El duque la observó en silencio un instante.
—Puede que tengas razón —respondió al fin—. Y sería muy conveniente para él… ganaría todo: una esposa rica… y muy bella.
Hizo una breve pausa.
—Pero es cierto. Ese no es el punto
—¿Me dejarás estar con él? —preguntó Isabela, con una esperanza frágil.
Eduardo suspiró.
—Te daré algo mejor… una lección.
Se levantó lentamente.
—Yo te amo como si fueras mi hija —continuó—. Quiero lo mejor para ti.
Isabela asintió, conteniendo el aire.
—Y precisamente por eso… no voy a quitarte nada. No te voy a castigar. Siempre seremos familia.
Sus ojos se endurecieron apenas.
—Pero debes entender algo.
—Aunque amo a mi familia… tengo un deber.
—Con el reino. Con la reina… y con la gente que depende de mí.
—Entiendo… —murmuró Isabela.
—No —respondió él, sin elevar la voz—. No lo haces.
La miró fijamente.
—Pero lo harás.
Hubo un breve silencio.
—Puedes continuar estudiando aquí —prosiguió Eduardo—. Ese joven puede declararse tu pretendiente oficial.
Isabela levantó la mirada.
—Pueden anunciar sus intenciones de casarse cuando termines tus estudios. En vacaciones, incluso podría acompañarnos y cortejarte públicamente en sociedad.
Su tono era completamente serio.
—Eso callaría los rumores.
Hizo una pausa.
—Y tendrías mi apoyo.
Isabela sonrió.
—Abuelo… gracias—
—Calla.
La palabra no fue dura… pero sí definitiva
—Pero perderás tu lugar como mi heredera.
Su mundo… se detuvo.
—El ducado pasará a tu hermana.
La sonrisa desapareció del rostro de Isabela.
—¿Perdería… el derecho a sucederte como duquesa?
—Es correcto.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
—¿Es… mi única opción? —preguntó, con la voz rota.
Eduardo negó con la cabeza.
—No.
Se acercó un paso.
—Hay otra.
—Ignoramos este escándalo.
—Hacemos como si nunca hubiera ocurrido.
—Regresas a casa conmigo.
—Pasas las vacaciones en la casa de campo.
—Te presentas en sociedad durante el compromiso de tu hermana.
—Conoces pretendientes adecuados.
—Les das una oportunidad.
Su mirada no se apartó de la de ella.
De esa manera…
—Protegemos el ducado.
—Lo ponemos en primer lugar.
Y entonces, con una calma casi cruel, concluyó:
—Te conviertes en la duquesa perfecta.
—Y todo… sigue como hasta ahora….