Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 18 En la caballeriza
Ernesto había escuchado la llegada de la carreta. Desde la puerta del cuartito que don Elías le había prestado, vio a la mujer regordeta bajar del pescante y abrazar a Sabina.
No supo quién era, pero intuyó que era alguien importante. Por la forma en que Sabina se había ablandado. Por ese tono de voz que él nunca había escuchado.
Una aliada, pensó. Otra mujer fuerte en la vida de Sabina.
Se quedó mirando las estrellas un rato, pensando en todo lo que había visto ese día: la pelea en la finca, el intento de secuestro del niño, la violencia de ese hombre contra doña Alicia, la furia helada de Sabina.
¿Qué es lo que esconde? —se preguntó una vez más—. ¿Por qué su propia hermana quiere quitarle al niño?
No tenía respuestas. Pero sabía que, tarde o temprano, las iba a encontrar.
Y cuando eso pasara, nada volvería a ser igual.
*_*
Sabina subió a acostarse, pero antes de entrar a su cuarto, se asomó a la habitación de Abel.
El niño dormía profundamente ahora, con una mano fuera de la cobija y el rostro tranquilo, como si la pesadilla del día hubiera sido solo un mal sueño.
Se arrodilló junto a la cama y apoyó la frente en el borde.
—No te voy a fallar —susurró—. Nunca. Te lo prometo por la vida que me diste. Por la sangre que compartimos. Eres mío. Solo mío.
Afuera, el viento soplaba entre los árboles. Y en la oscuridad, alguien —o algo— parecía escuchar.
El sol apenas comenzaba a asomarse detrás de los cerros cuando una carreta se detuvo frente a la casona.
No era una carreta cualquiera.
Las del pueblo eran rústicas, de madera sin pintar, con ruedas macizas que chirriaban en el camino.
Esta era distinta: elegante, moderna, pintada de un rojo oscuro con detalles en dorado.
Los caballos que la tiraban eran de paso largo, de esos que se crían en las ciudades grandes, con crines trenzadas y cascos herrados.
Sabina estaba en el patio, revisando las cuentas del mes, cuando vio llegar el vehículo. Frunció el ceño. No esperaba visitas, y las visitas elegantes siempre traían problemas.
Ernesto apareció a su lado sin que ella lo oyera llegar. Se había levantado temprano para terminar de limpiar las caballerizas, y traía la camisa manchada de sudor y paja.
—Otro admirador, señora —susurró, con un dejo de burla en la voz, acercándose tanto que Sabina sintió su aliento en la nuca.
Ella dio un respingo. No por miedo, sino por la sorpresa de tenerlo tan cerca sin haberlo percibido. Lo fulminó con la mirada.
—No sea necio —respondió en voz baja—. No es mi pretendiente. Es de mi tía.
Ernesto levantó una ceja, incrédulo. Pero cuando la puerta de la casona se abrió y Martina salió al patio arreglándose el moño, comprendió que Sabina no mentía.
El hombre que bajó de la carreta era de mediana edad, quizá unos cincuenta y cinco años. Alto, delgado, con el cabello cano peinado hacia atrás y una barba recortada con esmero.
Vestía un traje distinguido de paño oscuro, chaleco de seda y reloj de bolsillo con cadena de oro.
En una mano llevaba un ramo de flores —rosas rojas, frescas, atadas con un lazo de terciopelo— y en la otra, un maletín de cuero que parecía muy pesado.
Cuando vio a Martina, sus ojos se iluminaron como los de un muchacho de quince años.
—¡Doña Martina! —exclamó, casi trotando hacia ella—. ¡Qué alegría verla!
Se detuvo frente a la mujer regordeta y le entregó el ramo con una reverencia que habría sido ridícula en un hombre de su edad, pero que en él resultaba entrañable.
—Don Eusebio —dijo Martina, sonriendo con un dejo de coquetería que Sabina no le conocía—. Qué bueno verlo. Pase, pase, ya desayunó?
—No he podido probar bocado, doña Martina. Desde que recibí su mensaje, salí de la capital sin mirar atrás. Ocho horas de camino, pero las he hecho en seis. Mis caballos están rendidos, pero yo… yo estoy rejuvenecido.
Sabina intercambió una mirada con Ernesto. El joven Montenegro tenía el ceño fruncido, tratando de recordar dónde había escuchado ese nombre.
—Eusebio Galván —murmuró—. ¿El magistrado?
—El mismo —respondió Sabina en voz baja—. Magistrado de justicia en la capital. Y desde hace años, el pretendiente más fiel de mi tía.
—¿Tu tía? ¿Ella también tiene un pasado invisible?
Sabina no respondió. Estaba demasiado entretenida observando la escena.
Martina, que nunca se andaba con vueltas, ya había tomado a don Eusebio del brazo y lo conducía hacia la cocina como si fuera un perrito faldero.
—Don Eusebio, siéntese ahí. Doña Alicia, tráigale un café bien cargado y esas empanadas que hizo ayer. El hombre viene de lejos y necesita reponer fuerzas.
—Doña Martina, no se moleste…
—No me molestó. Siéntese y escuche. Tengo un asunto que tratar con usted.
El magistrado obedeció sin chistar. Se sentó en la silla que ella le señaló, colocó el maletín a sus pies y esperó, con la mirada fija en la mujer de sus sueños, como si ella fuera la cosa más importante del mundo.
*_*
Eusebio Galván era viudo hacía casi veinte años. Su esposa había muerto joven, de una fiebre que se llevó también a su único hijo, un niño de apenas tres años.
Desde entonces, don Eusebio vivía solo en una casa grande de la capital, dedicado por completo a su trabajo en los tribunales.
Nunca pensó volver a enamorarse. Hasta que conoció a Martina Roca.
Fue en el mercado de la capital, de casualidad. Ella vendía sus bordados y él andaba comprando fruta.
Algo en su sonrisa, en su forma de hablar, en la manera en que regateaba los precios sin perder la dignidad, lo cautivó por completo.
Desde entonces, cada vez que podía, viajaba a verla. Le llevaba flores, libros, telas bonitas para que bordara. Martina lo aceptaba con cortesía, pero sin comprometerse.
Le gustaba su compañía, sí. Le agradaba la forma en que la trataba, con respeto y sin exigencias. Pero no estaba segura de querer volver a casarse.
—Ya soy vieja para esos trotes —le decía cuando él insinuaba algo más—. Y usted también, don Eusebio. Mejor quedémonos como estamos.
Pero él no se rendía. Y esa mañana, cuando recibió el mensaje de Martina pidiéndole que viniera urgente a la finca de los Montenegro, no lo dudó ni un segundo.
Si ella me necesita, ahí estaré, pensó mientras empacaba su maletín.
Aunque solo sea para ayudarla con un problema legal. Aunque después me despida con un apretón de manos y nada más.
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