Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 22: Un año después
Hoy se cumple un año.
Un año desde que empezó todo… y desde que terminó también.
Me desperté temprano, pero no tenía ganas de nada. Ni de levantarme, ni de bañarme, ni de ir a la oficina. Nada.
Me quedé mirando el techo un buen rato.
—Hoy se acababa el contrato… —murmuré.
Esa frase se me quedó dando vueltas.
Irónico… porque ni siquiera llegamos hasta ese día juntos.
—Mejor que se haya ido antes… —dije bajito—. capaz le hacía sufrir otra vez.
Suspiré.
Me senté en la cama y miré alrededor.
La habitación… ya no se sentía igual.
Todo estaba en su lugar, todo limpio, todo perfecto… pero vacío.
—Sin ella esto no es nada… —murmuré.
Me levanté despacio.
Abrí el clóset y agarré lo primero que vi. Ropa cómoda. Nada elegante, nada de oficina.
—¿Pa’ qué arreglarse hoy? —dije.
Me cambié sin ganas.
Mientras me ponía la camisa, me quedé viendo un punto fijo.
—Hace un año… —susurré.
Y todo volvió a mi cabeza.
Su forma de hablar.
Su risa.
Sus peleas.
Sus ojos cuando me decía lo que sentía.
Cerré el clóset de golpe.
—Ya, Benjamín… —me dije—. deje de pensar.
Pero no podía.
Salí de la habitación y caminé por el pasillo.
El silencio de la casa era incómodo.
Antes había ruido… vida… alguien hablando, preguntando, riéndose.
Ahora… nada.
Bajé las escaleras sin prisa.
Iba directo al despacho.
No sabía a qué… pero era lo único que hacía últimamente.
Llegué a la puerta.
Antes de entrar, Martina apareció.
—Señor…
La miré.
—¿Qué pasó?
—¿Quiere desayunar?
Negué con la cabeza.
—No… no tengo ganas.
Ella dudó un poco.
—Señor… debería comer algo.
—Le dije que no —respondí, sin ganas de discutir.
Bajó la mirada.
—Como ordene…
Abrí la puerta del despacho.
—Y no me molesten —añadí.
Entré.
Cerré.
Otra vez el mismo lugar.
El mismo silencio.
La misma soledad.
Me acerqué al escritorio y me dejé caer en la silla.
Miré todo… sin ver nada realmente.
—Qué vida tan berraca… —murmuré.
Abrí el cajón.
Ahí estaba.
La botella.
Siempre en el mismo lugar.
La saqué.
La miré unos segundos.
—Otra vez… —dije.
La abrí.
Esta vez sí serví en un vaso.
—Salud… —murmuré, sin ganas.
Me lo tomé.
El sabor ya ni me molestaba.
Era costumbre.
Serví otro.
—Antes ni tomaba así… —dije—. vea pues en lo que me convertí.
Solté una risa sin gracia.
—Todo por no saber decir lo que sentía.
Tomé otro trago.
Me recosté en la silla.
—Si se hubiera quedado… —murmuré—. tal vez…
No terminé la frase.
Porque ya no había “tal vez”.
Ella se fue.
Y no volvió.
Miré hacia la puerta.
—¿Estará bien? —dije bajito.
Silencio.
—Seguro sí… —añadí—. ella sí sabe salir adelante.
Sonreí leve.
—Más fuerte que yo… fijo.
Tomé otro trago.
La cabeza empezaba a pesar.
—Y yo aquí… —dije—. con empresa, plata, todo… y vacío.
Me quedé mirando el techo.
—Qué ironía… —murmuré.
Pasaron los minutos.
O tal vez horas.
No sé.
El tiempo ahí adentro no importaba.
—Hoy se acababa… —repetí.
Cerré los ojos.
—Y ni siquiera estamos juntos.
Sentí ese nudo otra vez.
—La embarré… —dije—. y no hubo segunda oportunidad.
Tomé el último trago del vaso.
—O tal vez sí… —murmuré—. pero yo no la busqué.
Silencio.
—Cobarde… —me dije.
Apoyé la cabeza hacia atrás.
—Muy cobarde.
Respiré profundo.
—Pero ya qué… —añadí—. lo hecho, hecho está.
Miré la botella.
—Y esto… —dije levantándola—. lo único que queda pa’ aguantar.
Me serví otro.
—Porque olvidar… —murmuré—. no he podido.
El despacho volvió a quedarse en silencio.
Y yo…
Ahí.
Con un vaso en la mano.
Y el recuerdo de alguien…
Que ya no estaba.