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Bilogía Rivales

Bilogía Rivales

Status: En proceso
Genre:Atracción entre enemigos
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

1 - El Juego Prohibido de los Rivales:

En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.

2 - El Juego Mortal de los Rivales:

Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.

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Capítulo 9: La Caída de los Sterling

La caída del rey era inminente, pero Alistair no celebraba. El estruendo de las sirenas en la Quinta Avenida se mezclaba con el repicar de una lluvia gélida que parecía querer lavar la suciedad de una década de pecados. Caminábamos rápido, casi corriendo, alejándonos de la mole de cristal y acero que había sido el escenario de nuestra ejecución pública y social. Mis pulmones ardían, no por el esfuerzo físico, sino por la comprensión súbita de que el suelo que pisaba ya no me pertenecía. No tenía nombre, no tenía herencia, y lo que era más aterrador, no tenía un lugar a donde volver.

Alistair me llevaba de la mano, su agarre era tan fuerte que me dolían los huesos, pero no me quejé. Su mano era el único ancla que me impedía salir volando hacia el abismo de la incertidumbre. Doblamos en una esquina sombría, lejos de los focos de las noticias que ya estarían transmitiendo el fin de la dinastía Sterling.

—Alistair, detente —jadeé, apoyándome contra una pared de ladrillos húmedos—. Necesito... necesito respirar.

Él se detuvo y se giró hacia mí. Su rostro, iluminado por el parpadeo de un neón moribundo, era un mapa de desesperación y triunfo amargo. La sangre de su labio se había secado, dejando un rastro oscuro.

—No podemos detenernos, Elena. Tu padre tiene amigos que no llevan placa. La policía es el menor de nuestros problemas ahora. Hemos destruido un nido de avispas y todavía tenemos el veneno en la piel.

—Lo he visto —susurré, cerrando los ojos. La imagen de mi padre, Julian, siendo escoltado por el FBI, su sonrisa desapareciendo para ser reemplazada por una mueca de puro terror...— Lo he destruido, Alistair. Mi propio padre.

—Él se destruyó a sí mismo hace mucho tiempo, Elena. Tú solo encendiste la luz para que el mundo viera los escombros.

Se acercó a mí, acortando el espacio entre nuestros cuerpos. El calor que emanaba de él era lo único real en esa noche de pesadilla. Puso sus manos en mis mejillas, obligándome a mirarlo. Sus ojos azules, antes tan calculadores, ahora estaban empañados por una emoción que no supe descifrar: ¿era culpa o era una forma retorcida de amor?

—Escúchame bien —dijo, su voz ronca—. Lo que hicimos allá adentro... no tiene vuelta atrás. Mañana, los Sterling serán sinónimo de basura. Tu madre, tu padre... todos acabarán en una celda de cuatro por cuatro. Y nosotros... nosotros seremos fantasmas. ¿Estás lista para ser nadie?

—Ya era nadie cuando era una Sterling, Alistair. Solo era un adorno. Al menos ahora, el vacío es mío.

Él asintió, un gesto corto y seco. Me condujo hacia un coche negro estacionado en un callejón, un vehículo que no gritaba lujo, sino anonimato. Al volante estaba un hombre joven que reconoci de la isla, uno de los pocos leales que le quedaban a Alistair.

—A la casa de seguridad —ordenó Alistair al entrar.

Mientras el coche se deslizaba por el tráfico de Manhattan, encendí la pantalla del reposacabezas. El mundo estaba ardiendo. *"Caída histórica de las acciones de Sterling-Vane"*, *"Escándalo de corrupción mundial"*, *"La heredera Elena Sterling y Alistair Vane, desaparecidos tras filtrar pruebas cruciales"*.

—Mira —dije, señalando la pantalla—. Dicen que estamos desaparecidos.

—Es una forma elegante de decir que somos objetivos —respondió él, mirando por la ventana—. Mi padre no irá a la cárcel sin intentar cobrarse nuestra cabeza. Arthur Vane es un animal herido, y esos son los más peligrosos.

Llegamos a un apartamento pequeño en Brooklyn, un lugar que olía a polvo y a pintura vieja. Era el polo opuesto al ático donde me había criado. Alistair cerró la puerta con tres cerrojos y se dejó caer en un sofá desvencijado, cubriéndose la cara con las manos. El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que no habíamos dicho.

—¿Por qué lo hiciste realmente, Alistair? —pregunté, rompiendo la calma—. Podrías haberte quedado con la inmunidad que te ofreció mi padre. Podrías haber sido el nuevo rey de los Vane bajo su protección.

Él bajó las manos y me miró. Había una tristeza profunda en su expresión, una que me hizo darme cuenta de que él también había perdido algo esencial esa noche.

—Porque el trono estaba manchado con tu sangre, Elena. Cada vez que te miraba en esa gala, cada vez que veía ese zafiro en tu mano, recordaba que yo mismo te había puesto esas cadenas. No quería ser un rey si tú ibas a ser mi prisionera.

—Me traicionaste en la isla —le recordé, sintiendo que la rabia volvía a brotar—. Me hiciste odiarte.

—Tenía que hacerlo —dijo, levantándose y caminando hacia mí—. Si no te hubiera entregado a tu madre, te habrían matado allí mismo. Necesitaba tiempo para infiltrarme en el servidor de tu padre, para encontrar el punto débil de su supuesta "inmunidad". El odio era tu mejor armadura, Elena. Si hubieras sabido la verdad, tu rostro te habría delatado frente a Julian.

—Me dolió —susurré, las lágrimas finalmente desbordándose—. Me dolió más que cualquier cosa que mi padre me hubiera hecho. Sentir que tú eras igual que ellos...

Alistair acortó la distancia y me rodeó con sus brazos. Esta vez no hubo resistencia. Me hundí en su pecho, sollozando contra su esmoquin arruinado. Sentí sus manos acariciando mi cabello, un gesto tan tierno que me rompió por completo.

—Lo sé —murmuró contra mi oído—. Y es una carga que llevaré siempre. Pero ahora estamos fuera del laberinto. Estamos en las cenizas, pero son nuestras cenizas.

Pasamos el resto de la noche en vela, vigilando las noticias y revisando los documentos que Alistair todavía tenía en su poder. Cada archivo era un clavo más en el ataúd de nuestras familias. Vimos cómo detenían a Arthur Vane en su mansión, cómo mi madre intentaba huir en un helicóptero solo para ser interceptada en la pista.

Era el fin de una era. Los nombres que antes abrían todas las puertas de Nueva York ahora eran escupidos con asco por los mismos periodistas que antes nos adulaban.

—¿Qué queda ahora? —pregunté, viendo cómo el sol empezaba a asomar tímidamente tras los edificios de Brooklyn.

—Queda sobrevivir —respondió Alistair—. Tenemos que encontrar a Sofía y sacarla del país. Luego, cambiaremos de nombre, de rostro si hace falta.

Me miré en un pequeño espejo roto que colgaba en la pared del pasillo. La mujer que me devolvía la mirada tenía los ojos rojos, el pelo revuelto y el maquillaje corrido. Pero por primera vez en mi vida, no vi a una Sterling. Vi a una sobreviviente.

—Perderlo todo es liberador, ¿verdad? —dije, casi para mí misma.

Alistair se acercó y puso su mano sobre mi hombro. Su reflejo se unió al mío en el cristal quebrado.

—Es el precio más alto que podíamos pagar, Elena. Pero es lo que necesitábamos. Tuvimos que perder para ganar.

Me giré hacia él, buscando sus labios. Fue un beso amargo, que sabía a lluvia, a cansancio y a una esperanza desesperada. Un beso que sellaba nuestro nuevo pacto, uno que no estaba escrito en contratos ni en chips subcutáneos, sino en la piel que ahora empezaba a sanar.

Habíamos destruido los imperios de nuestros padres, habíamos quemado nuestros puentes y habíamos dejado que el mundo nos viera caer. Pero mientras el sol iluminaba la habitación desordenada, supe que no me importaba.

Perder para ganar fue la lección más dolorosa de este juego prohibido, pero era la única forma de que Alistair y yo pudiéramos, por fin, empezar a vivir.

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