1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Laberintos de Cristal II
Miré a Alistair, esperando ver su sonrisa de triunfo, pero su expresión era de puro terror. Él no había llamado a la policía. No todavía.
—¿Alistair? —susurré.
Él me miró, y en ese momento comprendí. Alguien se nos había adelantado. Alguien había roto el laberinto antes que nosotros.
Mis ojos se dirigieron a mi padre. Julian Sterling no estaba asustado. Estaba sonriendo. Miraba a Arthur Vane con una expresión de pura malicia.
—¿Creías que iba a dejar que un Vane tomara el control de mi imperio mediante una fusión, Arthur? —dijo mi padre, su voz saliendo por los altavoces—. He estado alimentando al FBI con vuestros secretos durante meses. Cada movimiento que hacías, cada soborno... yo se los entregaba.
—¡Tú también caerás, Julian! —rugió Arthur—. ¡Estás implicado en todo!
—Oh, no. Yo tengo inmunidad —respondió mi padre con una calma aterradora—. He entregado a todos los peces gordos. Yo soy el testigo principal. Me quedaré con todo lo que queda de los Vane por un centavo de dólar una vez que estéis en prisión.
Fue un jaque mate. Mi padre, el hombre que me había criado en el silencio y la obediencia, había estado planeando la caída del rey Vane desde el principio. Y nos había usado a Alistair y a mí como el cebo perfecto para mantener a Arthur distraído.
—¡Elena, muévete! —gritó Alistair.
Pero el salón era un caos. La gente gritaba, los agentes intentaban controlar a los guardaespaldas de las familias que habían sacado sus armas. Alistair me agarró del brazo y me arrastró hacia la salida de emergencia, pero mi padre se interpuso en nuestro camino, escoltado por sus propios agentes federales "personales".
—¿A dónde vas, querida? —preguntó Julian Sterling. Sus ojos eran como dos trozos de carbón—. El espectáculo acaba de empezar.
—¡Eres un monstruo! —le grité—. ¡Has destruido a mamá, has destruido a todos!
—He asegurado el apellido Sterling, Elena. Deberías agradecérmelo. En cuanto a tu amiguito Alistair... me temo que no hay lugar para él en mi nuevo mundo.
Varios agentes se lanzaron sobre Alistair. Él luchó como un animal, pero eran demasiados. Lo inmovilizaron contra el suelo de mármol, justo en medio del círculo de espejos.
—¡Alistair! —intenté correr hacia él, pero mi padre me sujetó por el brazo con una fuerza que me hizo gemir de dolor.
—Mira bien, Elena —me susurró al oído—. Este es el final de los reyes. Y tú vas a ser mi única heredera. La reina de las cenizas.
Alistair levantó la vista desde el suelo. Su rostro estaba ensangrentado, pero sus ojos seguían fijos en los míos.
—¡Rómpe el cristal, Elena! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Rómpe el cristal!
En ese momento, recordé el dispositivo que Alistair me había mencionado. Él no lo tenía en el bolsillo. Lo había escondido en mi propio vestido, cosido en el dobladillo del encaje, durante los "ensayos" que tuvimos. Mi mano bajó frenéticamente hacia la tela.
Lo encontré. Un pequeño botón metálico.
—Si yo caigo, tú caes conmigo, padre —dije, mirando a Julian a los ojos.
Pulsé el botón.
No hubo una explosión de luz. Hubo un silencio absoluto. De repente, todas las pantallas del salón, todos los teléfonos de los invitados, todas las tablets de los periodistas que esperaban fuera, empezaron a emitir un flujo ininterrumpido de datos. Pero no eran solo los crímenes de los Vane. Eran los audios de mi padre negociando su "inmunidad" a cambio de sacrificar a su esposa y a su hija. Eran los registros de sus propios asesinatos olvidados.
Alistair no me había dado solo una llave para la libertad. Me había dado el arma para destruir a todos los monstruos, incluido el mío.
El rostro de mi padre pasó de la arrogancia al pavor absoluto en un segundo. Vio su propia voz grabada, su propia letra firmando sentencias de muerte, proyectada para que todo el mundo la viera. La inmunidad del FBI se desvaneció en el aire; ninguna agencia podía proteger a un hombre cuya traición era ahora el video más visto del planeta.
En el caos que siguió, mientras los agentes detenían también a mi padre, Alistair logró zafarse de sus captores. Corrió hacia mí y me tomó en sus brazos.
—Tenemos que salir de aquí —dijo, su voz entrecortada—. Ahora.
Corrimos a través del laberinto de cristal, rompiendo espejos, derribando mesas de champán, ignorando los gritos de nuestros padres que ahora eran solo ecos de un pasado muerto. Salimos a la fría noche de Nueva York, donde la lluvia empezaba a limpiar la sangre y el hollín de nuestras ropas.
No había coches esperando. No había planes maestros. Solo estábamos nosotros dos, en medio de la Quinta Avenida, rodeados por el sonido de las sirenas que convergían en el hotel.
Miré hacia atrás. El edificio Sterling-Vane brillaba en la distancia, pero ya no parecía un palacio. Parecía un mausoleo.
La caída del rey era inminente, pero Alistair no celebraba. Se limitó a abrazarme, mientras el mundo que conocíamos se desmoronaba a nuestras espaldas.
—Lo hemos hecho —susurré, sintiendo el peso de la libertad por primera vez—. Se acabó.
—No, Elena —respondió él, mirando hacia la oscuridad del callejón donde tendríamos que desaparecer—. Esto no es el final. Es solo el comienzo de nuestra caída.
Un laberinto sin salida se extendía entre sus promesas y mi realidad, pero ahora, al menos, las paredes eran de carne y hueso, no de cristal frío. Y mientras caminábamos hacia lo desconocido, supe que la caída del rey sería el evento más hermoso de nuestras vidas.
Porque nada es gratis, y nosotros acabábamos de pagar con todo lo que teníamos para ganar el derecho a no ser nadie.