Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
NovelToon tiene autorización de EllyaG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El fuego que consume todo.
El silencio se volvió insoportable.
—Acepto —dijo al final.
Sin emoción.
Rodrigo tomó su mano con cuidado.
Colocó el anillo en su dedo anular con una torpeza casi imperceptible, pero suficiente para delatar la importancia del momento. Después, llevó su mano a sus labios y dejó un beso breve, respetuoso.
—Avisaré a nuestros padres. Deberías escribirles también —dijo, incorporándose—. Te buscaré esta noche. Iremos a la fogata… debes lucir ese anillo.
Isabela lo observó un instante.
—¿Quieres que vaya?
Rodrigo frunció ligeramente el ceño.
—¿No quieres ir?
Hizo una pequeña pausa.
—No pretendo obligarte. Si estás cansada, podemos quedarnos.
—No —respondió ella con una sonrisa medida—. Solo me sorprendió. Buscaré un vestido… avísame cuando estés listo.
—Perfecto —asintió—. Enviaré unas cartas y volveré por ti. Te verás hermosa.
Se inclinó una vez más, besó su mano y se retiró.
Sin entender del todo lo que acababa de ocurrir, Isabela se dirigió a su habitación.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Había algo en su pecho… una presión incómoda, casi asfixiante.
El anillo era ligero.
Pero para ella, pesaba demasiado.
Tan pequeño… y, aun así, se sentía como una prisión silenciosa.
—Isa.
Sofía la esperaba junto a la puerta.
—¿Y bien? —preguntó con una sonrisa llena de expectativa.
Isabela alzó la mano.
El brillo del anillo respondió antes que sus palabras.
—Estoy comprometida.
Por un instante, Sofía se quedó inmóvil… y luego sonrió con evidente emoción.
—¡Felicidades! Lo sabía… sabía que se iba a declarar. Era evidente, estaba tan nervioso —rió con suavidad.
—Gracias —asintió Isabela con suavidad.
Sofía tomó su mano con entusiasmo, observando el anillo con detenimiento.
—Es hermoso… creo que era de mi abuela. Es una joya familiar.
Abrió la puerta de la habitación de Isabela y ambas entraron.
—Hace poco lo vi hablando con mi padre —continuó—. Él guarda estas cosas en la reserva familiar. Vi que también estaba mi madre… buscaban algo. Cuando pregunté, me echaron —rió—. Pero lo sospeché. Sabía que era un anillo.
Isabela la miró.
—¿Por qué no me dijiste?
—No iba a arruinar tu sorpresa —respondió con una sonrisa cómplice.
Volvió a observar la joya.
—Es de los más bonitos que hay en mi familia… y te queda perfecto.
Le dedicó una sonrisa sincera.
—De verdad me alegra mucho por ustedes.
—¿Irás a la fogata? —preguntó Isabela, cambiando de tema. Ya no podía sostener aquella conversación.
—No pensaba ir… —respondió Sofía—, pero ahora que estás comprometida, debemos hacerlo —sonrió, claramente emocionada.
—Rodrigo me pidió que fuera con él… ¿me ayudas? —preguntó Isabela.
Sofía asintió de inmediato.
—Serás la más hermosa de la noche. Todas morirán de envidia.
Isabela dejó escapar un suspiro leve.
—La verdad no traje muchos vestidos. No le vi sentido en su momento… Solo tengo los que están en el armario. ¿Crees que alguno funcione?
Sofía los observó con atención —Son demasiado elegantes. Para una fogata… no creo que todas vayan tan arregladas.
—Podría mandar por uno. Tengo muchos más en la mansión de campo —propuso Isabela.
Sofía negó suavemente, con una sonrisa cómplice.
—Podrías… pero no lo harás.
Le tomó la mano.
—Usa uno de los míos. Son nuevos y estoy segura de que te quedarán perfectos.
Sin esperar respuesta, la condujo hacia la habitación de enfrente.
La noche no tardó en caer.
Poco a poco, los jóvenes comenzaron a reunirse. Algunos tomaban asiento, otros conversaban en pequeños grupos, dejando que el murmullo de voces llenara el espacio.
Se había anunciado como una fogata… pero la realidad era distinta.
No había una sola.
Cada mesa contaba con su propio fuego, contenido en elegantes braseros que iluminaban suavemente el entorno. Las llamas danzaban con delicadeza, envolviendo el ambiente en una calidez casi hipnótica.
Isabela, al final, decidió usar el vestido que Sofía le había ofrecido.
Era blanco, de encaje fino, con ligeras transparencias en las mangas. El corset estaba adornado con detalles en plata que capturaban la luz del fuego, mientras el tul caía con suavidad, reflejando destellos sutiles a cada movimiento.
Llevaba el cabello recogido en una trenza.
Entre los mechones, pequeñas perlas se entrelazaban con naturalidad, aportando un brillo discreto… perfecto.
Rodrigo la esperaba de pie en la entrada, sosteniendo una margarita entre los dedos.
Al verla, sonrió.
—Isabela… luces hermosa.
Le ofreció la flor.
Aunque ella fingía no notarlo, las miradas comenzaban a posarse sobre ella.
—Gracias —respondió, aceptándola con suavidad.
—Yo la arreglé —intervino Sofía con orgullo, dirigiéndose a su primo.
Rodrigo la miró con una sonrisa breve.
—Isabela es muy bella… pero tú hiciste que esa belleza resaltara aún más.
Sofía, satisfecha con el cumplido, se adelantó para apartar una mesa.
Rodrigo volvió su atención a Isabela.
Le ofreció la mano.
No el antebrazo, como dictaba lo habitual.
La mano.
Esperando que ella la tomara… para poder sostenerla él.
Isabela tomó su mano.
Rodrigo entrelazó sus dedos con los de ella sin dudar, guiándola entre miradas curiosas hasta la mesa que Sofía había apartado.
Retiró la silla para ella y esperó a que se sentara antes de tomar la suya.
Poco a poco, comenzaron a acercarse.
—Muchas felicidades.
—¿Se comprometieron? ¿Desde cuándo?
—¿La corteja hace mucho?
—¿Cuándo será la boda?
Las voces se superponían, mezclando curiosidad con entusiasmo.
Su compromiso no pasó desapercibido.
No como otros.
No eran nobles cualquiera.
El apellido de Isabela… y el de Rodrigo… pesaban lo suficiente como para convertir un gesto privado en un anuncio público.
Y más aún, considerando el lugar.
La sala de cortejo no dejaba espacio para dudas.
Esto debía saberse.
Incluso algunos profesores se acercaron.
Felicitaciones formales.
Buenos deseos.
Sonrisas medidas.
Había de todo en el aire:
envidia, interés, aprobación… emoción sincera.
Y entre todas esas miradas…
hubo una que Isabela no pudo ignorar.
Dante.
Al otro extremo del jardín.
Inmóvil.
Observándola.
Pero no como antes.
Había algo distinto en su expresión.
Más frío.
Más contenido.
Impenetrable.
Isabela no supo definirlo.
¿Celos?
¿Molestia?
¿Ambas?
Pero había algo que sí era claro.
No estaba feliz. Y no era el único que lo había notado.
Algunas miradas comenzaron a dirigirse hacia él.
Los murmullos… cambiaron de tono. Los rumores empezaban a moverse.